Hay mil y una formas de vivir. Se puede pasar la vida trabajando como bestia, copulando como animal o simplemente no haciendo nada, pasándola. Uno decide qué hacer con su propia vida. Todos buscamos la fórmula que nos conduzca a una existencia dichosa y en eso gastamos nuestras energías. No hay fórmulas, cada uno va a tientas tratando de comprender este misterio en el que a saber quién demonios nos metió (con suerte Dios).
La vida, hay que admitirlo sin aspavientos ni con sentimientos de tragedia, es triste, dura, aburrida. En sí misma no vale un centavo. Hay dentro de la cotidianidad diaria del vivir un aire de pena, rutina y una sensación de absurdo. Trabajar, dormir, trabajar, dormir y, luego, con los años, morir. Si fuéramos honestos lo admitiríamos, pero nos da miedo y buscamos subterfugios, cosas que hagan de este peregrinar una experiencia menos fatigosa, suave.
Por fortuna está el amor. ¿Qué persona que ama quiere morir? Uno quiere morir, sí, pero en los brazos de la amada ?del amado-, fundidos, abrazados y diciéndose «te quiero». Para el que ama ni siquiera existe el tiempo, vuela, se esfuma de las manos. No hay nada mejor que una palabra, una caricia o simplemente el silencio de dos ojos que se dicen mucho sin apenas decirse nada. Parece poesía barata, pero así es. «Ama y haz lo que quieras», ahí está la fórmula para el buen vivir.
Claro, alguno dirá que esa experiencia es de adolescentes, pero no es cierto. Quien prueba el amor no quiere dejar de experimentarlo jamás. Es una sensación sabrosa que atraviesa la existencia y con la única que quizá se pueda sentir a Dios. ¿Hay otro acceso que no sea la vía del amor para llegar a Dios? Por eso hay amantes que son reincidentes (quien lo prueba, repito, no quiere jamás dejar de sentirlo). Tengo amigos que se han casado ?o unido- una, dos y hasta tres veces. «La amo como no tenés idea», me dijo un amigo que estaba por juntarse por tercera ocasión al cuestionarle su nueva aventura amorosa. «Siento el latir de mi corazón como la primera vez y no quiero privarme de este sentimiento con una mujer que siento fue hecha para mí», insistió.
Sólo cuando se ama se pueden decir palabras bonitas. Y solo quien ha amado puede sintonizar con ellas. El cavernícola, el macho latino «copulante», el que confunde amor con sexo, tiene un idioma que no puede alcanzar éste, no lo entiende. Estas cosas son «cursis», «medievales», «oscurantistas», carentes de sentido, fuera de la realidad, romanticismos de capilla. Y, claro, si no se ha amado, no se puede entender esa experiencia.
No todos, por desgracia, han conocido el amor. De ahí el deseo inmenso de estos espíritus tristes por aferrarse a lo que sea: el trabajo, Internet, las drogas, el licor, lo que sea. Todo es una especie de tabla de salvación. Cada acción de quien no ha amado, cada obsesión es un grito que revela una carencia fundamental, el amor. No lo saben, buscan amar y ser amados, pero no dan el primer paso. No saben que la cosa es sencilla, que para ser amado simplemente hay que empezar amando, sin complicaciones, con sencillez. Eso es todo. Lo demás viene tarde o temprano.