Definitivamente no se pueden tener todas las cualidades del mundo a la vez. No se puede ser inteligente, de buen hablar, gracioso, simpático, audaz, equilibrado, prudente y un etcétera fácilmente imaginable, siendo al mismo tiempo un gran escritor, una pluma privilegiada o un seductor de la pluma.

Me temo que este es el caso de Obama. El lector del presente libro, Los sueños de mi padre, no debe esperar un texto trascendente ni un discurso para la posteridad. Es sólo un libro de memorias (el primero escrito por el ahora presidente de los Estados Unidos), con la intención de recuperar los recuerdos de su padre, el hombre ausente, capital en la vida del político norteamericano.
El problema del relato consiste, a mi manera de ver, en la literalidad de la exposición, la falta de imaginación, la escasez de recursos literarios y el derroche cerebral. Estos accidentes no son banales porque impiden la construcción de un libro sólido, los elaborados con ladrillos alados que estimulan la fantasía y transportan a paraísos inexistentes.
Esa falta de pasión en la escritura suele traducirse en libros planos, aburridos y poco gozosos. Son esos textos en los que el lector disciplinado añora el punto final capaz de liberar del tormento intelectual vivido como eterno. Son narraciones carentes de poesía, quizá bien elaboradas, pero a la vez de escasa seducción. Y eso raya con lo grave.
Afortunadamente Obama tiene páginas salvadoras. Son esas en las que se sincera y habla de su padre con aparente honestidad. Las que hacen vibrar cuando se narra el viaje a Kenia. Las que transparentan indignación al referirse a los años de infancia. Aquí es donde su pluma cobra valor y el escritor asoma en todo su esplendor. Pero esa virtud, infortunadamente, no es pareja en toda la obra.
Pero si el Presidente de los Estados Unidos no es un virtuoso de la pluma, sí es un autor que deja entrever mucho de su experiencia vital. Y esto se aprecia. Como ya he dicho atrás, Obama narra en Los sueños de mi padre una infancia que cae en la categoría de lo «normal». Una niñez con alegrías, pero también con vicisitudes (nada raro en personas de carne y hueso).
Desde este ángulo, el libro es también emotivo. Dibuja un horizonte en el que la ausencia del padre es presencia y el vacío, plenitud. El libro urde una historia humana en el que un rompecabezas de muchas piezas se arma a pasos. Primero, con el silencio de la niñez, después con la búsqueda de sus raíces y, por último con el encuentro definitivo con su progenitor. Hay un peregrinaje en el que aparentemente hay un final feliz.
En medio de su búsqueda, el joven novicio de la política, escribe sus primeros garabatos de su vida pública. Obama se presenta como soñador, trabajador febril y de energía sin límite. Desde sus años de colegio se enrola en una especie de trabajo social que le transforma en lo que ahora es: un personaje de sensibilidad hacia los más débiles.
Evidentemente sufre la soledad de quien habita solo con sus abuelos, experimenta la vida como extranjero (en Indonesia) y aprende a compartir las penas con su madre. En él hay inteligencia vital: se sorprende de la naturaleza cuando se encuentra lejos, sabe hacer amigos con gente de otras culturas, madura estudiando por vías no convencionales y observa y analiza cada suceso que le acontece.
En la obra se encuentra la semilla de lo que florecerá con el tiempo en sus luces y sombras. Todo apunta que el tema familiar, lo político y el convencimiento de que no hay conquista fácil, son tres temas para él fundamentales. De aquí que sus páginas sean un itinerario en el que no hay punto final por su temporalidad. Aquí sólo hay un silencio que será llenado después.
Ese viaje emprendido por Obama a través de la escritura es recompensado con una paz que no es sino la corona final de su esfuerzo. El libro es una especie de purificación de un sentimiento que experimenta como adverso y en el que la lucha es obligada. El fuego por el que atraviesa lo enfrenta con coraje y surte un efecto que lo sana y le hace dar un salto a una vida más plena y de fe. El joven Barack lo dice de la siguiente manera: «Cuando finalmente me senté a escribir, me di cuenta de que mi mente se dejaba arrastrar hacia mares más tempestuosos. Las primeras nostalgias afloraron, haciendo latir mi corazón. Voces lejanas se hicieron presentes, desaparecían y volvían a resonar. Recordé las historias que de niño me contaban mi madre y mis abuelos, historias de una familia que trataba de comprenderse a sí misma. Recordé el primer año que trabajé como organizador comunitario en Chicago y mis primeros y torpes pasos hasta que me convertí en un hombre. Escuché cómo mi abuela, sentada a la sombra de un mango mientras trenzaba el cabello de mi hermana, me hablaba del padre al que nunca había conocido realmente».
La lucha del autor por comprender su sangre y aceptar el color de su piel hizo de sus primeros años de vida un joven suspicaz, desconfiado y a veces también amargado. En él hubo violencia y rebeldía, pero todo como producto no sólo de la química experimentada en su cuerpo de adolescente, sino por la opresión social que lo coaccionaba y exigía actuar contra su propia perspectiva vital. Esa presión lo obligó a razonar y ser autónomo.
«Sabemos demasiado, hemos visto demasiado, para considerar el breve matrimonio de mis padres -un negro y una mujer blanca, un africano y una norteamericana- como un valor absoluto. El resultado es que a ciertas personas les cuesta trabajo aceptarme tal y como soy. Cuando la gente que no me conoce bien, negro o blanco, descubre mis antecedentes (lo que normalmente es todo un descubrimiento, pues dejé de mencionar la raza de mi madre desde que tenía doce o trece años, cuando empecé a sospechar que al hacerlo me estaba congraciando con los blancos) puedo ver los ajustes que tienen que hacer en una fracción de segundo, y cómo buscan en mis ojos algún indicio revelador. Ya no saben quién soy. En privado, supongo, hacen cábalas sobre mi turbación interior (la mezcla de sangre, el corazón dividido, la tragedia del mulato atrapado entre dos mundos). Y si tuviera que explicar que no, que la tragedia no es mía, o al menos no sólo mía, sino que es vuestra, hijos e hijas de Plymouth Rock y de la Isla de Ellis, es vuestra, hijos de ífrica, es la tragedia tanto del primo de seis años de mi mujer como de sus compañeros blancos de clase de primer grado, así que no necesitáis tratar de encontrar lo que me perturba, lo podéis ver en los telediarios nocturnos, y si al menos pudiéramos reconocerlo, entonces el ciclo trágico comenzaría a romperse… Bueno, sospecho que parezco un ingenuo incurable, aferrado a una esperanza perdida, como esos comunistas que venden sus periódicos en los alrededores de las universidades de algunas ciudades. O peor, puede que parezca que intento esconderme de mí mismo».
Podríamos morir sin leer este libro, pero para quienes sienten pasión por la memoria de los protagonistas de la historia, éste es un escrito capital.