Baldomera Larra, inventora de las estafas piramidales


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Doña Baldomera Larra ha sido absuelta. Siempre me habí­a parecido a mí­ que el tomar dinero no era materia penable. Y el Tribunal Supremo de Justicia acaba de ratificarme en mi opinión. Se asegura, no sabemos con qué fundamento, que varios de sus antiguos imponentes, los más agradecidos, piensan obsequiar a dicha señora con una serenata el dí­a que sea puesta en libertad. Una de las piezas del programa será la popular Canción de la Lola, con una pequeña variación en la letra: El dinero que era nuestro, Baldomera se llevó. Baldomera ha aparecido, pero nuestros cuartos no.

E. Navarro Gonzalvo. Madrid Cómico, 6 de Febrero de 1881.

POR ALEJANDRO POLANCO

El toque socarrón con que Madrid Cómico trató el tema de la absolución de la Baldomera muestra como uno de los casos de estafa más famosos de la historia de España fue vivido entre el estupor y la gracia.
 
Permí­taseme hoy traer a esta sección, dedicada comúnmente a grandes nombres de la ciencia o la tecnologí­a de España, a un personaje que demostró tener un gran ingenio, aunque fuera para el delito porque, si hay algo tí­pico en el caminar de los siglos en esta Iberia nuestra, es la proliferación de listillos y pí­caros. Baldomera podrí­a ser considerada como la patrona pagana de todos ellos y, aunque su ingenio no fuera en provecho del progreso de sus congéneres, no viene mal volver atrás la vista y comprobar que, en todo tiempo, han nacido y crecido a gusto este tipo de estafas.

 
Tinglados financieros
 
Cuando la economí­a crece no suelen descubrirse estas cosas. ¡Ay!, pero llegado el momento en que las vacas flacas están a la vista, las ratas abandonan barcos en proceso de hundimiento y, lo que hasta entonces era llamado “ingenierí­a financiera” o, simplemente, “gran oportunidad de negocio”, ahora es una simple y llana estafa. Que se lo digan a quienes invirtieron en el tinglado millonario del gurú Bernard Madoff, artí­fice de una ingeniosa estafa piramidal tan vieja como el propio sistema del que se ha beneficiado. Esto no es nada nuevo y, si hubiera que buscar un caso precursor y paradigmático, lo más socorrido será mirar atrás, a mediados del siglo XIX, a la que, a veces, es considerada como inventora de las estafas piramidales. Puede que no fuera el primer caso, pero el ruido que armó ha llegado a nuestros dí­as, aunque muchos parecen no aprender y caen en tramas similares todaví­a.
 
Cuando el tinglado de Doña Baldomera fue puesto en duda, la policí­a cayó implacablemente sobre el edificio madrileño donde se encontraba su Casa de Imposiciones, pero por mucho que buscaron, no pudieron localizar a la acusada de estafa y, además, habí­an desaparecido los dineros depositados en la citada casa. El pueblo, presente como testigo asombrado de la intervención, increpó a la autoridad gritando “es nuestra Providencia, es la madre de los pobres.” El asalto tuvo lugar en 1876, aunque a pocos sorprendió porque, ¿acaso alguien en su sano juicio puede pensar en lograr imposiciones del 30 por ciento al mes sin que haya trampa de algún tipo? Baldomera se habí­a fugado, dejando detrás a gran número de ambiciosos con el saco roto. Se hablaba de conseguir ganancias del seiscientos por ciento en un año, hubo quien cobró veinte reales diarios por un desembolso de mil doscientos. Pura jauja, las gentes se agolpaban en la ventanilla, habí­a que aprovechar el chollo mientras durara, pero como ha sucedido ahora con Madoff, la cosa no podí­a mantenerse eternamente.
 
Hija de Larra
 
¿Quién era la ingeniosa artí­fice de tan monumental estafa? Ni más ni menos que la última hija de El Pobrecito Hablador, el í­nclito escritor y periodista Mariano José de Larra y de Josefa Wetoret. Doña Baldomera Larra Wetoret creó su Caja de Imposiciones casi por accidente, fruto de la necesidad. El mecanismo del tinglado era muy sencillo, se depositaba allí­ dinero y, a cambio, se recibí­an intereses sorprendentemente altos. Pocos preguntaron de dónde salí­an, porque al ver que tales intereses eran abonados puntualmente, no habí­a motivo para queja alguna. Baldomera carecí­a de licencia para llevar a cabo su negocio, pero en plena fiebre especuladora, en una época en que se habí­an levantado muchos lí­mites sobre los intereses del capital, una gran mayorí­a quiso beneficiarse de la gallina de los huevos de oro.

El marido de Baldomera, médico de la Casa Real, decidió probar suerte en las colonias del otro lado del Atlántico. Se quedó la hija de Larra sin un céntimo y con varios hijos a los que alimentar, sola en Madrid. Cuentan las crónicas que, agudizado el ingenio por la complicada situación, pidió prestada una onza de oro a una conocida, prometiendo devolver duplicada tal cantidad al cabo de un mes. Así­ comenzó todo, porque cumplido el plazo y satisfecha la exigencia prometida, otros quisieron que se repitiera el “milagro”. Todo el mundo sabí­a que los intereses salí­an de las nuevas imposiciones, puro sistema piramidal, algo que no podí­a mantenerse por mucho tiempo, no habí­a inversión productiva alguna, simplemente se pagaba a los viejos clientes con el nuevo dinero que entraba. Colas interminables aseguraron, de momento, la entrada de capital fresco. En total, se estima que se movieron a lo largo de toda la operación más de veinte millones de reales y el número de impositores se contó por millares, todo ello cifras mareantes para la época.

Y, ciertamente, mareo sintieron muchos de los impositores, sobre todo los últimos que depositaron su dinero en la caja de Baldomera, ya conocida entonces como madre de los pobres, cuando intervino la autoridad policial por orden del Juez de Instrucción del Distrito de la Latina. El resultado del registro fue de escándalo, apenas unos cuantos miles de reales y unos asustados empleados que no tení­an ni idea de las operaciones ideadas por Baldomera, pues se dedicaban únicamente a ejercer de escribientes. El administrador fue detenido y se buscó a la estafadora por todas partes, pero no apareció. En un primer juicio, celebrado en 1879, fue declarada culpable de alzamiento de bienes y condenada a prisión pero, tras recurrir, logró ser absuelta en 1881.

La extradición de Baldomera

Contaba madrileño diario El Imparcial, del 14 de diciembre de 1894, cómo un agente de policí­a de Parí­s acababa de publicar unas memorias en las que narraba, entre otros casos sobresalientes de su carrera, el de Baldomera y su vida en Francia:

Baldomera era buscada por el mundo entero, mientras hallábase muy tranquila, en un delicioso pabellón que habí­a arrendado en Anteuil, con nombre supuesto. La calma de su vida fue turbada una vez por la denuncia de una criada a quien despidió. La criada, aunque no conocí­a completamente el pasado de doña Baldomera, poseí­a vagos informes sobre ella. Pero cuando se presentaron en su domicilio, el pájaro habí­a volado a Bruselas. Poco después regresó a Parí­s, arrendó otra villa y vivió en ella sin que nadie la molestara. Entretanto, la justicia continuaba sus pesquisas, excitada por las apremiantes instancias del gobierno español. El 10 de julio de 1878, en el momento en que por décima vez se respondí­a a España que la Baldomera no habí­a sido hallada, una carta anónima le reveló al procurador de la república su nuevo retiro. (…) Mientras [la detenida] hablaba, el magistrado comparaba su fisonomí­a con la fotografí­a de la Baldomera: la semejanza era sorprendente.

Sin embargo, -dí­jole Mr. Potier, -no puede darse mayor parecido que el de Vd. con este retrato de Baldomera Larra.

¿Es que en España no tenemos todas el mismo tipo? —replicó ella sin desconcertarse.

Pero dos delegados de la cancillerí­a se hallaban en el palacio de justicia. El magistrado llamó y ordenó que los introdujeran, así­ como a otras tres personas que habí­an conocido en Madrid a la prestamista y que, por casualidad, se hallaban en Parí­s. A la vista de estas personas, la detenida se turbó, perdiendo finalmente la calma cuando le refirieron varias circunstancias de su vida. No pudiendo resistir más, exclamó:

¡Pues bien, sí­, yo soy Baldomera Larra! ¡Después de todo, ya estoy harta de esta vida que llevo! ¡Prefiero que me juzguen!
La orden de extradición estaba ya extendida. Quince dí­as después, la presa fue enviada a Madrid en compañí­a de dos cajas conteniendo las alhajas y el dinero que se hallaron en su poder.