Hay muchas cosas de las que se pueden escribir hoy a partir de las elecciones que recién acaban de concluir. Es urgente hacer una reflexión para ordenar las ideas y sistematizar una realidad que se antoja, como se muestra a veces, sin cabeza ni cola. Intentaré, entonces, con este artículo aclarar las cosas o, por lo menos, enturbiarlas más para que usted como lector pueda sacar sus propias conclusiones.
En primer lugar, todo parece indicar que las elecciones se desarrollaron en un ambiente de mucha tranquilidad. Cada vez con más frecuencia demostramos al mundo y a nosotros mismos que somos civilizados, que sabemos hacer las cosas y que en el fondo, aún con tanta violencia a la vista, detestamos el desorden y la muerte. Este es un mérito no sólo de la ciudadanía, sino del Tribunal Supremo Electoral que dispuso las cosas como se deben. Sin un órgano así de competente y extremadamente eficiente, sería imposible hablar de la virtud a la que nos referimos.
Punto dos. Volvimos a las andadas del abstencionismo. Me parece que la ciudadanía cada vez más asimila el valor de la participación ciudadana y le va tomando gusto a la democracia, pero con una campaña tan sucia como la que desarrollaron los contendientes no hay madurez que dé para tanto. La ausencia de muchos es el resultado del desánimo y del circo romano de los candidatos, así, muchos se sintieron defraudados y prefirieron quedarse en casa tranquilos, reposando y viendo mucha televisión.
Tercera idea. No es cierto que las encuestas entendieron lo que estaba sucediendo en el corazón de los votantes. Ahora se podrá decir cualquier cosa (y de hecho ya se defiende lo indefendible), pero lo cierto es que algunos de esos trabajos parecían más encargo de los propios candidatos que investigación sincera de beneficio ciudadano. Evidentemente, uno pareciera mal intencionado con semejante idea, pero esa es la percepción que muchos también tienen de esas famosas encuestas. ¿Habría que prohibirlas? Claro que no, pero no estaría mal que se abriera una discusión franca en varios sectores de la sociedad a efecto de ir madurando también en este campo.
Respecto al ganador de las elecciones, aunque lo más obvio es decir que fue ílvaro Colom, se puede interpretar las cosas expresando que fue el rechazo a la «mano dura» la que venció. No fue a Otto Pérez que la gente dijo no, sino a la política de entrarle a los problemas con puñetazos. Y aunque algunos digan lo contrario, me parece que este es un signo de que la ciudadanía va evolucionando y creciendo. Esto dice mucho de los guatemaltecos y evidencia madurez aunque las apariencias digan lo contrario.
Finalmente, también es digna de encomio la actitud del general Pérez al aceptar de manera tempranera su derrota electoral. Eso lo deja muy bien parado y lo muestra a los ojos de los guatemaltecos y del mundo como un personaje a quien hay que tomar en serio. No tengo la menor duda de que hay general para rato y que su presencia es un aporte importante para el país. Estoy seguro que dentro de cuatro años si continúa como lo ha hecho hasta ahora, con perseverancia y tenacidad, podrá ser el próximo presidente de Guatemala.
Hay otras cosas que he dejado de lado, pero ya saldrán poco a poco. Por ahora, sigamos atentos a lo que sucede en el país y pidámosle a Dios para que Guatemala encuentre finalmente el camino que nos saque a todos del lugar en donde estamos.