Aventura chapina en nevados mexicanos


Iztaccihuatl, 700 horas, al fondo el volcán Popocatepelt.

¿Cómo iniciar un reportaje, una crónica?, ¿por dónde empezar? Son tantas cosas, que quisiera saltarme las trancas y gritar lo que vivimos, lo que verdaderamente vivimos al máximo. Decí­rselo a todo el mundo para que sienta lo que yo sentí­, siento y seguiré sintiendo, ese amor por la montaña, por la aventura, por compartir el sentimiento, por disfrutar el cansancio, por el éxtasis de la anhelada cumbre, por el abrazo, por el llanto, por el gusto de compartir con quienes me hicieron el favor de su presencia.


Llegando a la cumbre Sobre la cumbre En la cumbre principal En marcha sobre el glaciar de El descenso del Iztaccihuatl donde al fondo se observa el esplendor del Popocatepetl.Coronación de la cumbre del Iztaccihuatl de 5 mil 250 metros sobre el nivel del mar.Regresando de la cumbre del Iztaccihuatl.Descanso a mitad del glaciar del Citlaltepetl.Final de la expedición en

Dí­as previo a la salida se siente ese nerviosismo por lo que nos aguarda. Pero ese dí­a llega y fue el 26 de diciembre del año pasado, cuando reunidos en horas de la tarde en el Aeropuerto Internacional La Aurora, recuerdo que nos cambiamos de playera, porque habí­a que ir a la expedición del color de la ruta, naranja, porque de lo contrario, ¿cómo nos identificarí­amos?

El avión aterrizó en el aeropuerto de Toluca, México. Después de cumplir con el registro obligatorio, fuimos recibidos por Luis y Patricio, los hermanos de Don Ví­ctor – Que gente tan amable -. Realmente uno se queda anonadado de saber que existen personas como la familia Cuate-Ayala. Eso que ellos no practican el Montañismo pero comparten con nosotros cada momento vivido en la cima.

De inmediato nos trasladan a la población de Zinacantepec, lugar donde estarí­a ubicada nuestra sede para la escalada de los primeros dos volcanes. Dos habitaciones y el comedor a nuestra disposición, en realidad nos la pasamos servidos como reyes.

Un dí­a después (27 de diciembre), muy de mañana salimos para Toluca y luego al Distrito Federal. Un café junto a buen desayuno en «El Popular», así­ como la visita a la Basí­lica de la Virgen de Guadalupe, fue la tónica antes de enfrentar al primer coloso, el volcán Ajusto.

El dí­a 28 de diciembre de madrugada, cinco horas para ser exactos: dos taxis se desplazan sobre la carretera que bordea la gran ciudad de México. Pasamos por una serie de pueblos hasta llegar al punto de inicio, el restaurante «La Palapa».

Volcán Ajusco. Nos encontramos reunidos a la orilla de la carretera, elevando la oración del montañista, es la primera oración en tierras lejanas de este grupo de once montañistas.

Pasos lentos, seguidos, constantes, levantando polvo, abriéndonos paso entre el bosque por la tradicional «ruta del espolón», donde las piedras no se hacen esperar y doblan de vez en cuando el paso.

El ritmo impuesto es también tradicional, ganando altura hasta el tramo de la escalada -una pared de unos diez metros, en una roca frí­a-, luego otro tramo de pajonales y otra escalada, donde a continuación, sólo tierra fina y piedras, un abismo a la izquierda, serán nuestros acompañantes hasta llegar a la primera cumbre, la del íguila, que es de unos 4 mil metros sobre el nivel del mar.

La primera conquista se hace de uno en uno, porque así­ se da el ingreso. Son una serie de agujas rocosas y varios cruces que identifican el lugar. Un mí­nimo descanso y seguimos a la cumbre principal, con una desescalada y luego a atravesar la vereda de piedras con pajonales hasta desembocar en la cumbre del Márquez, que se dio igual, de uno en uno hasta llegar a la cumbre que mide los 4 mil 100 metros sobre el nivel del mar.

La cumbre es identificada por una cruz blanca, testigo fiel de ese llanto por la primera conquista, por el primer objetivo alcanzado, por el orgullo de ser guatemalteco, por ser la primera cumbre internacional y por gritar ¡¡Viva Guatemala!! Luego, las fotos, los abrazos, la admiración y todo lo que concierne a la algarabí­a del éxito.

Nevado de Toluca Es uno de los volcanes que ofrece un espectáculo impresionante a la vista, permitiendo gravar cada instante en la retina y en el corazón, para tener gravado en la memoria el léxico del montañista internacional, que ayuda a compartir lo vivido en cada expedición en la montaña.

A las cinco horas del dí­a 29, nuevamente los carros y los mismos protagonistas en acción, cubiertos hasta los dientes por el frí­o y con un poco de sueño todaví­a, vamos por el boulevard del Pací­fico, con rumbo a nuestra segunda meta.

Después del tramo de asfalto, nos encontramos prácticamente ascendiendo sobre la carretera de terracerí­a, con los vidrios empañados por efecto del frí­o. Unas nubes amenazan sobre las cumbres, un mal dí­a, pero no nos detenemos, sino hasta estar frente al refugio.

Descendemos de los vehí­culos, preparamos nuestra mochila de asalto (ataque), una oración, cada frase repetida por once voces humanas, son la mejor muestra de nuestra confianza.

Pasos lentos y respiraciones rápidas dominan el ambiente, nadie pregunta nada, sólo avanzamos, hasta llegar a la orilla del cráter, cada uno se protege del viento y del frí­o, doblamos a la derecha, sin perder la vista sobre la laguna del «Sol» que refleja una luz blanca, efecto del espejo de hielo que se formó producto del descenso de la temperatura.

Un insipiente pajonal y piedras nos conduce a una arista pronunciada de arena. La inclinación y la altura nos hace jadear con mas frecuencia, pero no nos detenemos sino hasta llegar a la cima donde tenemos la vista hacia los lados, por uno, el fondo del cráter y la laguna del «Sol» y por el otro la carretera y el parque. Estamos ya a buena altura.

Continuamos por un pequeño descenso y justo antes del macizo rocoso de la cumbre del «íguila», nos detenemos para cumplir con las necesidades del hambre y la sed y poder juguetear con los manchones de nieve que nos rodean.

Luego de un breve receso, damos inicio al ascenso entre rocas. Hay que hacerlo sin guantes, ya que debemos utilizar los tres puntos de apoyo, movimientos y resbalones, rocas frí­as y mojadas, nieve y arena, viento y altura hasta tocar la cima del «íguila», primera de tres. Un saludo, un abrazo y las fotos.

El descenso se hace impresionante, porque nos enfrentamos a una pared de unos 30 metros que hace que la adrenalina fluya a borbotones. Manos a la obra y a bajar hasta poner los pies sobre las rocas y continuar, sobre rocas bordeando otro macizo, para iniciar el ascenso a la segunda cumbre, y así­, entre sube y baja se conquista la segunda cumbre «el Márquez». Una vez más, felicitaciones y las fotos.

Una aparente vereda nos conduce saltando de roca en roca, descendemos y ascendemos en una rampa de arena y de nuevo las rocas hasta que por fin una ruta de arena blanca, pasamos frente al «Acarreadero» (lugar de descenso a las lagunas). Proseguimos muy emocionados, porque llevamos buen tiempo. Las piedras apiladas nos señalan el ascenso a la cumbre, contamos los pasos como si contáramos las piedras. Se aprecia a la derecha el valle y a la izquierda el cráter con sus dos lagunas. Frente a nosotros están dos grandes moles de piedra que señalan la cumbre, por lo que es hora de conquistar los 4 mil 680 metros sobre el nivel del mar del «Fraile».

Es impresionante y a la vez indescriptible lo que se aprecia desde esta altura, nuestros ojos se humedecen, las lágrimas descienden y caen para confundirse con la nieve escondida entre las hendiduras de la fusión de varias rocas.

Es una cumbre pequeña, tenemos que hacer espacio a los compañeros que uno a uno llegan compartiendo esa sonrisa. Once compatriotas ondeando el Pabellón

Nacional gritando ¡¡¡Viva Guatemala!!!

Buscamos el mejor ángulo para la toma de fotografí­as, además de la foto de cumbre, cumplimos con otros actos protocolarios, entre estos nuestra oración de cumbre.

Hemos permanecido casi cuarenta minutos y debemos regresar, regresar por las mismas piedras apiladas pintadas de blanco por la nieve. Al llegar a la entrada del «Acarreadero» nos ponemos las «areneras» porque el descenso será muy rápido, bajaremos en cinco u ocho minutos por toda la arena suelta. -Así­ sucedió-.

Después de varias caí­das, estamos a la orilla de la laguna del «Sol», la que bordeamos para luego descansar y comer algo. Seguimos por un pequeño ascenso hasta la laguna de «La Luna», donde pasamos por su orilla occidental y nos dirigimos siempre en descenso, por veredas de arena y piedra hasta el punto donde iniciamos el ascenso del Toluca. Nos dirigimos hacia el parque donde quedaron varados los vehí­culos, cada quien a su propio ritmo porque ya no queda nada que nos exija el tiempo, porque la meta de llegar a los carros está cumplida. Cansada, meta cansada, pero muy satisfactoria.

Dí­a 30 de diciembre. Nos despedimos de la familia guatemalteca Ayala. La nostalgia se hace presente en la cara de muchos porque no es fácil decir adiós a una familia que se ha portado muy bien con nosotros. Ellos quisieran que nos quedáramos más tiempo, pero somos aventureros de la montaña con un tiempo limitado. Son dos carros llenos de mochilas y once montañistas, diciendo hasta la próxima.

Ahora un bus nos dirige desde Zinacantepec, directo hacia el Distrito Federal, donde con una mochila en la espalda, otra en el pecho y una más en la mano, atravesamos una de las calles del D.F., rumbo a la estación San Lázaro, directo a la «Tapo», porque será allí­ donde abordaremos un autobús que nos lleve a Amecameca.

Nos estamos acercando al reto más importante de nuestra aventura, pero tenemos tiempo para comer algo y aprovechamos para hacerlo. En el trayecto a nuestro próximo destino, en el autobús se tuvo la oportunidad de cerrar los ojos y dormir o reponer el sueño. Para otros, la atención del trayecto fue leer, pero no importa, lo más importante es llegar.

Ya en nuestro destino, nos ubicamos en un hotel céntrico del lugar para pasar la noche y en donde además, se incorporó al equipo Siomara, quien viajó desde Guatemala para ascender juntos los volcanes nevados Izta y Orizaba.

Por la tarde o mejor dicho más tarde junto a Ariza visitamos a los amigos de montaña, Baruch y Jaime. Al lugar donde nos dirigimos nos informaron que podí­amos localizarlos hasta las ocho o nueve de la noche, y así­ lo hicimos, regresamos previo a una cena de pollo y atole en el parque de la localidad, que rico, valió la pena. Las sobras del pollo se las dimos a un perro del lugar que se revolcaba de agradecimiento.

En la Casa de José Luis Ariza, nos recibieron como siempre, muy amables, muy atentos, su esposa y sus hijos, más el rey de la casa (el nieto). Sostuvimos una charla muy amena y como siempre, los consejos sabios de un gran montañista internacional. Después unas fotos, acompañado de un vaso de ponche y el arreglo para el transporte del dí­a siguiente, además del préstamo de dos pares de crampones, pues los que alquilamos salieron mal (no revisamos).

IZTACCIHUATL, -MUJER DORMIDA- Ultimo dí­a del año 2007. Nosotros preparando el equipo. Son las seis de la mañana, el carro vendrá por nosotros, nos da tiempo para ir por un licuado con cereales, a otros les da tiempo para ir al banco.

Nueve treinta. El carro esta listo y las mochilas van para arriba, hay sorpresa en la cara de Ariza, quien dice sorprendida: – Que llevan, porque pesan mucho. Nada, respondemos, solo agua y la comida de tres dí­as y mucha ropa de abrigo.

PASO DE CORTES. Centro de atención al visitante, hay que pagar diez pesos por dí­a y por persona, como buenos chapines le pedimos que nos cobrara solo diez por los tres dí­as (¿?). Nos encontramos bajando las mochilas de la parrilla empolvadas a más no poder. El viento es fuerte y las pestañas son el filtro de nuestros ojos, nos despedimos de Israel.

Apretamos, aflojamos movemos, estiramos y todo lo que se hace para que la mochila este bien. Un cí­rculo de doce montañistas con reverencia eleva las frases: «Señor hoy inicio otra empresa en mi vida, y para lograrlo humildemente te pido…». Creí­ que Ariza bromeaba con el peso de las mochilas y no, no bromeaba, eran muy pesadas.

Un lodo espeso serpentea entre los pajonales, es la vereda de inicio hacia los portillos. De golpe ganamos altura, caminamos pausadamente para acomodarnos el peso y entrar en el calor que da el ejercicio. Sudar y avanzar es la rutina de este primer tramo extenso para llegar al primer «portillo». También es el descanso necesario para los primeros cuarenta minutos, el acostumbrado reagrupamiento y continuar por otra vereda con mucha piedra en un sube y baja hasta alcanzar el segundo «portillo». Otro descanso y un poco de abrigo. Las nubes tapan el sol, la temperatura baja considerablemente. Hemos venido avanzando sin sentir el aire, porque caminamos cubiertos por los farallones, pero al llegar al tercer «portillo», nos reagrupamos para descansar cubiertos por rocas por el fuerte viento que sopla a no poder más.

Este es el descanso mas largo por el reagrupamiento, pues no es nada fácil la vereda de arena en ascenso y con viento en contra. Ya estamos cerca de nuestro objetivo. La tarde desciende, en un dí­a nublado, el viento furioso enfrí­a nuestros cuerpos, hay una pelea entre él y nosotros que avanzamos lentamente hasta la cima del camellón.

Una luz tenue producto de la claridad del dí­a y el atardecer, rocas negras y cafés, una vereda marcada de arena nos conduce al «Refugio de los Cien», el cual se distingue bien por el color de la lámina. Cansados, llegamos satisfechos de nuestra primera meta, estamos solos, no hay nadie y tenemos a nuestra disposición las seis literas y la cocina, por lo que pasamos a acomodamos. Preparamos un té, platicamos de la estrategia en que atacaremos la cumbre y la hora. Después la cena, más té y así­ hasta que llega la hora de dormir, cerca de las nueve. Llegaron visitas, durante la cena y se quedaran para mañana. Feliz año, el abrazo no se puede dar hasta las doce, «debe ser ahora».

Tres de la mañana, del dí­a primero, del mes primero, del año 2008. Gracias a Dios estamos vivos para iniciar el año con una aventura de alta montaña, la conquista de la cumbre del Iztaccihuatl.

Nos levantamos, preparamos todo el equipo, hay frí­o, pero es soportable, esta es un área protegida del viento, se dan las instrucciones, la oración, acompañada de las luces en la oscuridad de la noche, nos da fuerza, para dar los primeros pasos en el ascenso arenoso, una mirada hacia atrás y el refugio se ve muy abajo. Caminamos pegados a las rocas para poder avanzar y protegernos un poco del viento, el primer reagrupamiento, acurrucados y cerca uno del otro esperamos que lleguen los últimos. Bordeamos un macizo rocoso para no caer en un abismo de unos cien metros e iniciamos el ascenso entre las rocas, debemos quitarnos los guantes y quedarnos sólo con los de primera piel para tener un poco de adherencia y con ayuda del piolet, subimos.

El ascenso lo comenzamos por los «pies de la mujer dormida». Encontramos un lugar propicio para un segundo reagrupamiento. No amanece y la marca de la ruta entre las rocas es difusa.

Continuamos, nos acercamos a una claridad sin amanecer hasta llegar al destruido refugio «Luis Méndez», que está establecido en puro hielo que se aferra a los hierros retorcidos. Del lado donde sopla el viento, la nieve se acumula, así­ como el hielo de formas caprichosas. Es poco el tiempo que tenemos para contemplar este refugio, pero si para reagruparnos y continuar sobre las aristas en dirección a la «Panza».

La claridad del dí­a sin amanecer nos permite ver en toda su dimensión el glaciar de la «Panza». Se aprecia mucho hielo y algo de escarcha. Para bajar sin crampones se ve un poco delicado y se decide calzar crampones, colocarse el arnés y bajar encordados. El viento agita los cuellos con fuerza, impide que nos pongamos el arnés y crampones con facilidad, los dedos se tullen, hay que soplarlos con la boca, para hacerlos entrar en calor. Una cuerda se estira con cuatro nudos ochos, luego la otra y la otra, para formar las cordadas, una a una bajan, los miembros de cada cordada experimentan caminar sobre hielo y con crampones en la pendiente, hasta llegar a la parte plana.

Caminar sobre el glaciar de «la Panza» es todo un verdadero placer. Perderse en el manto blanco es una experiencia única, atado a una cuerda con tres compañeros y dos cordadas más.

Doce montañistas atravesando el glaciar, es espectacular, porque formamos parte de ese paisaje con una fila multicolor por los trajes. Llegamos al final de «la Panza» y avanzamos sobre una arista de mucha escarcha de hielo de formas caprichosas que se van quebrando bajo nuestras pisadas. Al final de la arista encontramos un poco de nieve, son tramos grandes de nieve. Continuamos encordados hasta la arista de arena y roca, donde nos sorprende el amanecer. Se guardan las cuerdas y continuamos con crampones porque debajo de la arena hay hielo. Las fotos del amanecer son las primeras del dí­a, un tibio sol nos arrulla, pero no podemos abrir el zipper del anorak porque el viento sigue su curso, que al igual que nosotros, seguimos ascendiendo entre piedras, arena amarilla y tierra.

En la distancia se aprecia el glaciar del «Pecho». Nosotros vamos sobre la arista de la izquierda en dirección de la cumbre, la «cumbre» que es de de 5 mil 250 metros sobre el nivel del mar.

El último cramponazo se da para gritar ¡¡¡LO LOGRAMOS!!! Doce guatemaltecos estamos conquistando para Guatemala el primer nevado. El primer dí­a del año, las lágrimas se confunden con el sudor, los abrazos, las felicitaciones, es una maraña de alegrí­a, que despierta en cada uno de nosotros ese sentimiento de lo que somos capaces de hacer y que precisamente en este momento nos graduamos en la alta montaña, porque rebasamos los cinco mil metros, no hay manifestaciones del llamado «mal de montaña», sólo de alegrí­a, de éxito, de meta alcanzada. Tenemos un dí­a excelente, vemos el sol en toda su dimensión, pero hay frí­o y viento y en la distancia unas nubes. Bajamos al glaciar del «Pecho» para disfrutar más del hielo y la nieve, apreciar una de las grietas abiertas, retornar a la cima para las fotos de cumbre y los actos protocolarios.

Sentimos que estamos más cerca del cielo y nuestra oración de cumbre se eleva, entre el frí­o, viento y las nubes.

Cuarenta y cinco minutos en la cumbre, para apreciar esta enorme montaña, fueron suficientes. Ahora el descenso, por la misma ruta, con nosotros también desciende la temperatura y el Sol se esconde tras las nubes. Llegamos hasta la arista que llega a la entrada de la «Panza». Caminando sobre la arista el viento ha incrementado su velocidad, se hace necesario encordarse, para entrar así­ al glaciar de «la Panza», donde estamos un poco protegidos por el macizo del sarcófago.

Nos desplazamos lentamente para las fotos y poder ver el glaciar de Ayoloco. Termina «la Panza» y hay que guardar arnés, crampones y cuerda. Sólo llevamos el piolet al pecho porque faltan las aristas antes del refugio «Luis Méndez».

El tiempo cambio bruscamente, porque ha esta nublado, y hay más frí­o porque el viento se vislumbra muy furioso. Por momentos caminamos de lado empujándolo o tratando de no caer, así­ llegamos a los pies de la «Mujer Dormida». Iniciamos el descenso entre las rocas, rocas que son refugios clásicos, para protegerse del viento. Entre pasos, saltos, desescaladas, llegamos a la vereda de arena, donde se nos hace más fácil el desplazamiento hasta llegar al refugio de los Cien, donde estamos a tiempo porque empezó a caer nieve. El viento golpeaba con fuerza la puerta y la temperatura descendió hasta los tres grados por la tarde. Por la noche cinco grados adentro y afuera a menos cinco. Un almuerzo como nunca en la montaña, fue el festejo, así­ transcurrió la tarde con un sueño reparador, hasta que llegó el momento del té y más té y para salir, aunque por necesidades técnicas habí­a que pensarlo dos veces. Noche placentera entre plática y plática, ronquidos y más ronquidos.

DIA dos de enero. Cinco de la mañana. Es la hora de levantarse y preparar el equipo para el descenso. Seis con diez, iniciamos el descenso, el viento frí­o, permite que caminemos con soltura, sobre nieve, porque no hay vereda, fue borrada por agua nieve de anoche, las bajadas de arena y tierra muy resbalosas y los tramos de arena cubiertos por nieve muy traicioneros. Seguimos caminando con la esperanza de que salga el Sol.

Pocos fueron los descansos que hacemos en los «Portillos», casi sin detenernos, apreciando únicamente las conchas -lugares para acampar- que tienen entre las hendiduras figuras formadas por el hielo y son momentos para compartir una bebida.

Parados en el primer «Portillo» y reagrupamos para ingresar juntos a «La Joya», pues, desde aquí­ se ve el parqueo -nuestro carro no ha llegado-. Un vistazo hacia atrás y la cumbre esta llena de nubes oscuras, queremos dejar testimonio de este ascenso y tomamos un video de nuestro regreso a «La Joya», lugar donde finaliza la misión.

Rumbo al Orizabal, Luis Ariza nos aconseja que aplacemos un dí­a para no tener problemas en esta montaña que es la más alta de México. Agradecemos la sugerencia, nos despedimos, con la promesa de llegar a su casa al regresar de nuestra ultima actividad. í‰l se regresa a Amecameca y nosotros nos vamos hacia Puebla.

Después de instalarnos en la casa de Enrique, buscamos un lugar para un almuerzo sesión, porque discutimos el cambio de fecha y todos de acuerdo, decidimos trasladar el ascenso al Citlaltepetl para el dí­a cuatro.

Terminamos de almorzar, salimos tomamos nuestra mochila de asalto (ataque), directos a la terminal de buses y salir con dirección de Tlaxcala, Apisaco, en busca del hotel. Fue hasta entonces que logramos bañarnos y luego nos dimos una cena muy confortante, además del descanso en cama.

LA MALINCHE. Dí­a tres de enero. Seis de la mañana, cambiamos la decisión en la espera del hotel, donde comimos el postre antes del plato fuerte. Nos tiene levantados, con mochila de asalto (ataque), llevamos lo necesario para una actividad que suponemos será rápida y sencilla, pues según comentarios de otros compañeros, es así­.

Estamos sobre la carretera en dirección a Huamantla y vamos detrás del cuarto y último reto de la expedición

Este es el postre, que pensamos ascender en contra del mal tiempo que impera, donde los árboles tienen un vaivén, guiados por la música del viento, que en cada movimiento, los filamentos de las ramas de pino desprenden trocitos de hielo, las copas de los árboles están, pintadas de blanco, es un espectáculo, que la naturaleza nos brinda.

Una vez más estamos solos, caminando en este increí­ble bosque, que cada vez se hace mas largo y frí­o. Los árboles que murieron de pie, están tendidos en el camino de tierra, mudos testigos de nuestros cansados pasos, de nuestra fatiga. Cuanto más avanzamos, mas frí­o y viento. Por fin se termina el bosque, apreciamos desde este punto un macizo impresionante a la derecha, tiene algunos árboles en su cima, vestidos de blanco, rocas rebalsadas de nieve, al centro de nuestra mirada un camellón de arena y piedra, salpicadas de nieve, y más a nuestra izquierda otro macizo rocoso, antesala de la cumbre. Nos detenemos, porque un tibio Sol nos invita a desayunar.

Seguimos ahora sobre terreno descampado, solo arena y algunas piedras. Llegamos a las faldas del camellón. Tenemos dos opciones, subir por el acarreadero o hacerlo por el páramo salpicado de nieve y algo de piedra. Optamos por este último hasta su cima. Aquí­ enfrentamos el viento de lleno, es un camellón que permite ver la «población de Canoas», donde inquieta por su lado derecho y por el otro, Huamantla y San Lorenzo.

Nos acercamos al Macizo y como nos gusta escalar, nos divertimos un poco en sus frí­as y húmedas rocas. Al llegar a la parte alta divisamos el camino a la cumbre, son piedras apiladas, cada una de ellas alfombradas de nieve, no hay vereda marcada, nos paramos en las piedras al azar, ganando altura hasta las rocas que albergan la cumbre, las que tenemos que escalar, para su ingreso. Pararse en esta cumbre, compleja por los picos o salientes de las rocas es pararse en un escenario. Observar a los cuatro puntos cardinales en toda su dimensión, es tener a nuestro alcance los objetivos conquistados y el que nos falta, tenemos un dí­a único, a pesar del frí­o y viento. No hay nubes que se interpongan a nuestra vista, es la cumbre número 4 que conquistamos.

Estamos a 4 mil 503 metros sobre el nivel del mar y muy emocionados los doce, nos felicitamos con el tradicional apretón de manos y abrazos. En todo este protocolo, se comentó acerca de esta escalada, que fue una de las más difí­ciles, pero que al final de cuentas, gracias a Dios se logró. En instantes continuamos con el protocolo: las fotos de cumbre, las individuales, con banderí­n o con el pabellón, con rótulos y más.

Hay recuerdos muy emotivos de esta conquista, así­ transcurren los minutos, pocos, pero bien disfrutados, porque nuestra oración de cumbre inicia su ascenso para agradecerle al Gran Creador, por el privilegio de esta oportunidad.

El descenso, se toma con calma, las piedras están muy resbalosas y así­ de una en una llegamos al macizo, después el camellón y ahora el acarreadero, agárrense, porque será un descenso de solo cuatro o seis minutos en toda la rampa y continuar corriendo hasta el punto donde desayunamos; reagrupamiento y a continuar con el descenso. No hay reagrupamiento cada quien baja a su paso, estamos entre el bosque, siguiendo la misma ruta hasta la entrada al parque, buscando desesperadamente un café y una quesadillas, otro café y esperar el carro, que nos conducirá a la población de Apizaco, para luego abordar bus hacia Puebla.

CITLALTEPETL, -PICO DE ORIZABA- Puebla. Seis de la mañana. Nuevamente la mochila grande se va llenando con lo necesario -Equipo de alta- hasta quedar completa. Tenemos una sesión previa a la salida, hay comentarios y por ultimo llegan por nosotros para trasladarnos a la llamada Capu, estación de autobuses, donde abordamos el trasporte con destino a Tlachichuca.

Ya se nos hizo tarde y Don Felipe Espinosa nos está esperando con los carros de doble transmisión. Cargamos los vehí­culos y nos tomamos el tiempo justo para comprar almuerzo y algo más para llevar. Vamos cómodos, saliendo de la ciudad con un sol radiante, hasta donde se termina el asfalto. Luego la terracerí­a que se interna en el bosque. Son varios caminos de arena, done todo marcha bien hasta que encontramos nieve esparcida en el camino, los carros que pasaron antes la desplazaron y acumularon, así­ se ve en todo el camino entre manchones blancos y grises. Uno de los carros se adelanta sin problemas, mientras que el segundo busca desesperadamente ascender una pendiente y se queda, hay que retroceder y acelerar para vencer la subida pero nuevamente se queda, hay que ponerle cadenas a las llantas y aun así­ no logra subir. Tenemos que esperar que vengan por nosotros, lo que sucede casi una hora más tarde, esto nos cambia los planes porque llegamos casi a las cinco de la tarde al refugio «Piedra Grande».

Se toma la decisión de no subir al glaciar por recomendación de dos amigos guí­as, pues nos comentan que el tiempo no está muy bueno y que la «Morrena» esta muy nevada y con hielo, por lo que decidimos quedarnos y salir al dí­a siguiente a la una de la mañana.

Nos instalamos en las literas de arriba, pues hay mucha gente que se esta aclimatando para salir en los próximos dí­as, hacemos un pequeño recorrido para ver las expectativas del ambiente y conocer sus alrededores, preparamos una cena rápida y a dormir, porque hay que descansar.

Doce de la noche. Llegó la hora de levantarse, preparar la mochila de asalto (ataque). Tratamos de hacer el mayor silencio posible, nos reunimos fuera del refugio, se dan las recomendaciones, nos deseamos suerte a todos. La Oración, de forma ceremoniosa, todos con la reverencia, rostros inclinados y ojos cerrados, repetimos cada una de sus frases, que va llenando y fortaleciendo nuestro espí­ritu.

Una vereda de cemento marca a la una en punto nuestros primeros pasos de este ascenso, después la vereda es de tierra, arena y piedra, estamos sobre un camellón donde minuto a minuto ganamos altura. Después de unos cuarenta minutos encontramos nieve y mas adelante un poco de hielo, así­ continuamos hasta que se hace imposible caminar solo con las botas pues hay hielo debajo de la nieve y se hace necesario calzar crampones. No hemos llegado ni a la mitad de «la Morena» y prácticamente estamos con todo el equipo puesto, lo único que nos usamos son las cuerdas, pero si encontramos varias rampas de nieve, hasta que una de ellas nos lleva al glaciar de Jamapa.

El sarcófago ya nos queda a la derecha y abajo, todaví­a esta oscuro, realizamos un pequeño descanso que utilizamos para armar las dos cordadas, solo somos ocho de once, los que se quedaron lo hicieron por problemas o malestares del mencionado mal de montaña.

Encordados avanzamos por la ruta central y directa, zigzagueando, cien o doscientos metros dependiendo de la necesidad. A nuestra izquierda el sol nos guiña el primer ojo, presagio de buen tiempo, esta amaneciendo, es la hora de un descanso sobre esta inclinación. Dos cordadas y cada cordada sus miembros guardan la distancia y asegurados buscamos agua pura o bebida dulce, pero esta congelada, efecto del descenso de la temperatura (menos ocho grados). Una fruta o una granola y ahora debemos continuar, estamos acercándonos arriba del labio inferior, más cerca del superior pero todaví­a falta.

Dos cordadas que salieron casi con nosotros una de ellas esta más arriba de nosotros, nos rebasaron cuando descansamos, nos sirve de parámetro porque cuando vimos que cruzaron hacia el lado derecho supimos que estábamos a poco tiempo de alcanzar la orilla del cráter, efectivamente así­ fue, en quince minutos estábamos doblando hacia la cumbre, vamos detrás de ésta cordada, los vemos que ingresan a la cumbre, queremos caminar más rápido pero no es posible, estamos cansados, lo importante es que las dos cordadas de Guatemala estamos en el mismo ritmo y llegamos a la cumbre juntos.

Ocho guatemaltecos estamos conquistando la cumbre más alta de México, el volcán Citlaltepetl de 5 mil 750 metros sobre el nivel del mar.

Este volcán, el Orizaba, es el más alto y complicado, pero lo encontramos con suficiente nieve lo que hizo más práctico el ascenso, el viento fue benévolo, sólo en la cumbre sopló un poco fuerte, pero dejo que estuviéramos en movimiento para las felicitaciones, los abrazos por la ultima conquista, estamos extasiados, cada uno manifiesta su sentir y guarda unos segundos de tiempo para si mismo, para agradecer y valorar el esfuerzo realizado, para poder entender lo que está sucediendo, para meditar sobre esta cumbre, sobre esta altura.

Todos con cámara en mano, haciendo las mejores tomas de la cruz de metal que yace en el piso con sus hierros retorcidos, acción del tiempo y clima, ahora es un montón de chatarra que sirve para dejar amuletos y otros objetos que son testimonios de aquellos ascensos que en su momento hicieron que brotaran las lagrimas por cansancio y por la alegrí­a, lagrimas que también nosotros derramamos, esbozando la sonrisa de felicidad y el abrazo sincero, haciendo gala de ese esfuerzo y felicidad una bandera azul y blanco ondea libremente acompañada del banderí­n naranja de la escuela Kashem.

Los vecinos de cumbre toman nuestras cámaras para grabar uno a uno los testimonios de nuestra presencia en esta cumbre -la foto de la cumbre-.

Reunidos en circulo ocho guatemaltecos y dos extranjeros invitados, damos paso a nuestros acostumbrados actos de cumbre, que son acompañados de emotivos de las lagrimas y palabras entrecortadas, manifestando cada uno a su manera lo que siente estar parado en este lugar, también a la pareja de extranjeros, a la dama le rodaron las lagrimas porque nunca pensó que lograrí­a tal hazaña. Nuestra oración, la última en tierras mexicanas se eleva dejándonos fortalecidos, con mayor decisión.

La hora de descender, preparada, después de permanecer cuarenta y cinco minutos. Las cordadas se desplazan en la misma forma en que entraron con el cambio técnico, que el que guió en el ascenso hoy controla el descenso. Las cordadas van marcando un paso ligero debido a que la nieve esta un poco alta unos seis u ocho centí­metros de espesor, se hace siempre en zigzag y no hay descansos.

Faltando unos trescientos metros cuando la inclinación ya es leve (25 grados), nos desencordamos para guardar arneses y cuerda, beber algo (ahora sí­ se puede).

Practicamos las caí­das que se aprendieron en el volcán Pacaya para comprobar lo fácil que es resbalar en la nieve y la seguridad que da el piolet: Son trescientos metros que nos permite caminar solos, siempre atentos con el piolet en el pecho descendiendo, el glaciar se termina pero por la abundancia de nieve no se nota y nos encontramos caminando en la morrena, es un dí­a esplendoroso, con buen sol, cada quien toma la distancia que quiere, jugamos en las rampas de nieve, son los últimos pasos, ya entramos a la arena y las piedras. -Fuera crampones-

Poco a poco nos acercamos al refugio, estamos finalizando la faena y con ella nuestras actividades de montaña se siente agradable, pararse frente al refugio y voltear hacia atrás para ver lo que hicimos en doce horas, son las trece horas en punto, que satisfacción de haber terminado la jornada y con una monumental montaña de nieve.

Por fin fuera pantalón térmico, fuera anorak, fuera balaclava, (pasamontañas) fuera guantes y fuera zapatos de alta, «fuera» porque ya cumplieron su objetivo, le damos paso a la ropa liviana, siempre con primera piel abajo y con una gorra de visera, cargamos los carros con el equipo y salimos con rumbo a Tlachichuca, un hasta pronto a Don Felipe Espinosa. Abordamos el bus y a dormir, porque despertaremos hasta llegar a Puebla.

Un agradecimientomuy sincero a todas las personas que nos hicieron el favor de recibirnos en Toluca: Luis, Patricio, Don Ví­ctor, Doña Estela, (Familia Cuate Ayala). En Amecameca: Ariza, su Esposa, Israel y su Esposa, Daniel, Jaime, Baruch, Doña Marina.

En Puebla: a Enrique y su familia. En Tlachichuca: a la Familia Espinosa. En el Distrito Federal: a la familia Fuentes Arellano, Fernando.

Asimismo a México, por brindarnos la oportunidad de escalar sus montañas. A Guatemala y a todos los que hacen posible la escuela de andinismo Kaschem.

A mis compañeros que me permitieron compartir con cada uno de ellos esta expedición de alta montaña. Gracias a Georgina Sierra, Carmen Morataya, Ghandy Martí­nez, Siomara Pineda, Pablo Alecio, Carlos Ramos, Alejandro Escobar, Marví­n de la Cruz, Hardy Ordoñez, José Contreras y Walter Vásquez.