En los últimos meses hemos visto que las fuerzas de seguridad han logrado incrementar el monto de los decomisos de droga en cantidades que presentan oficialmente como altas pero cuyo monto real posiblemente nunca se llegue a saber, por aquello de los tumbes que parecieran ser parte de la tradición y costumbre no sólo en casos como el de los diputados del Parlamento Centroamericano, sino que en la normal operación de nuestras fuerzas del orden.
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Sin embargo, llama la atención cómo es que tales cantidades de droga que mueven en aviones, automóviles o furgones y que depositan en enormes bodegas, siempre están sin resguardo, como si no valieran un comino, porque nunca se logra la detención de nadie. Lo primero que uno tendría que pensar es que hay fuga de información en cada uno de los operativos porque de otra manera no se puede explicar ese tan extraño fenómeno, consistente además, de que los grandes cargamentos de estupefacientes que transitan por Guatemala siempre están a la deriva, sin un ser humano que los controle y transporte.
Cierto es que en la lucha contra el crimen para el común de los mortales siempre hay situaciones que parecen inexplicables derivadas de la forma en que se opera con sigilo y sin ir marcando los pasos para no alertar al enemigo. Pero el misterio de los autos, aviones y bodegas fantasmas es impresionante en nuestro país porque nunca, ni por equivocación, se logra la captura de nadie.
Algunas personas parecen encontrar respuesta a éstas y otras interrogantes en relación con el narcotráfico viendo la serie colombiana «El Cartel de los Sapos» que tiene gran cantidad de adeptos en nuestro país porque las coincidencias dicen que son extraordinarias. Otros, simplemente acuden al viejo criterio de pensar mal y acertar, que tan válido resulta cuando se aplica a nuestros funcionarios y autoridades, así como a autoridades de otros países que también vienen a «ayudar» a combatir ciertos flagelos.
Claro está que entre no agarrar ni droga ni a los traficantes, por lo menos las incautaciones sacan del mercado algo del producto que tanto daño le hace a nuestras sociedades, sea porque usan a nuestros países como carretera para el trasiego o porque también van generando aquí un cada vez más importante mercado de consumo que aumenta las utilidades de las operaciones.
Obviamente estamos frente a un poder demasiado grande como para pensar que un estado frágil, con instituciones totalmente fallidas, pueda hacerle frente a su poderío económico derivado del alto precio del producto cuando llega al gran mercado que es la demanda norteamericana. Estados Unidos ha empezado a hablar de una nueva política que comparte más la responsabilidad, pero todavía están en la etapa del discurso y faltará algún tiempo para concretar en hecho esa corresponsabilidad en el tema del narcotráfico, puesto que al final de cuentas lo que hace un emporio al negocio es la demanda que no disminuye y que tampoco se combate con energía en los lugares de menudeo.