Aunque me digan terco, continúo afirmando que los guatemaltecos seguimos viviendo más de lo mismo. Si no es el discurso demagógico de que ¡ahora sí! vamos a tener libre el acceso a la información, lo que a los pocos días la misma Presidencia de la República es la que contradice sus propósitos, «reservando» la información de todos sus archivos y de su Secretaría Privada; es la triste situación en que sigue la inseguridad alimentaria porque no se han podido llevar a cabo los planes para eliminarla por no tener suficientes fondos disponibles, aunque por otro lado sigamos observando los chorros de dinero solo para hacer cada vez más propaganda inútil como inoperante.
Nadie con dos dedos de frente puede dudar de la falta que hace el dinero y mucho por cierto, para cubrir tantas necesidades y carencias de la población guatemalteca. Es por ello que en tiempos de «vacas flacas» reviste todavía más importancia el saber gastar el poco dinero con que se cuente. El gobierno entonces, que vive lloriqueando porque necesita más fondos para esto o para lo otro, debiera ser el primero en sentar cátedra para no contradecirse a sí mismo. Debiera ser austero y utilizar el mejor raciocinio para emplearlo solo en aquello que pueda rendir frutos al bien común.
Disculpen que vuelva a insistir en la propuesta que una y mil veces he formulado en esta columna: ¿qué beneficios representa para el país seguir siendo miembro del inútil e inoperante reducto del Parlacen? Ese dinero que por tantos años ha ido a parar inconteniblemente a los tragantes politiqueros, muy bien pudo haberse empleado para evitar que muchas salas del Hospital Roosevelt sigan prestando precarios servicios a nuestra comunidad e igual cosa, para el Hospital General San Juan de Dios y no digamos para tantos centros de Salud del interior de la República.
¿Tanto cuesta ponerse a pensar que si no se hubiera dilapidado tanto dinero en el Parlacen seguramente al menos se hubiera podido solventar la crisis alimentaria de 400 poblados, un diez por ciento de las 4,059 comunidades en donde sus niños se encuentran muriéndose de hambre? No, me resisto a pensar que forzosamente debiéramos importar a los siete sabios de Grecia para manejar bien los fondos públicos de Guatemala. Aparte de la indispensable honradez, me parece que es suficiente utilizar la austeridad y el buen raciocinio para pasar el vendaval de carencia y necesidades por la que estamos atravesando. Por ello pregunto ¿qué están esperando para cantarle las golondrinas al Parlacen?, ¿es que a los chapines solo nos queda admirar la inteligencia en gobernantes como el de Panamá que tuvo la brillantez y el arrojo de decirles -váyanse con su inoperancia a otra parte?