Aún hay buenos samaritanos


Vivimos acosados por un clima donde las fuerzas del mal echaron raí­ces. Tan profundas y por demás dañinas que no dan tregua, distantes de desaparecer alguna vez. Un sombrí­o panorama cubre totalmente los cuatro puntos cardinales del paí­s e imposibilita pueda revertirse. Empero, es nuestro paí­s.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Los comportamientos individuales apuntan hacia la desaparición de los valores humanos, piedra angular de la sociedad, raza, cultura e idioma. Dichas corrientes dominadoras gozan de seguidores por lo visto con caracterí­stica de fanatismo absoluto. Sin embargo, como en toda regla existen excepciones.

Que las hay, las hay, afortunadamente, capaces de disuadir en parte aquellos calificativos en desmedro de la calidad humana. De repente llevamos la impresión positiva cuando ejemplos evidentes demuestran el hecho singular y esperanzador en alto grado que aun hay «buenos samaritanos», aunque no se crea.

Entre la vorágine devenida del intensivo y descontrolado tráfico vehicular, aquí­ y allá, vemos con sumo agrado, digno de aplausos la actitud de jóvenes impetuosos. A tiempo de ver la imposibilidad de cruzar la calle a un adulto mayor, con limitaciones en la locomoción, le ayudan a pasar con paciencia.

Otro tanto nos hemos dado cuenta a menudo cómo una dama en pleno vigor orgánico y sobre todo con una voluntad de servicio, actúa en socorro de una fémina invidente. Del brazo y alegrí­a en el rostro placentero, facilita acompañar hasta su residencia, muy animosa a su amiga sin duda, y ofrece sus ojos bondadosamente.

En los vaivenes y ajetreos de alto peligro que constituyen el servicio urbano de autobuses, son protagonizados actos meritorios que quedan en el anonimato. A la altura de las paradas siempre aparecen gentes altruistas. Brindan su apoyo a los ancianos a subir, o bien, a bajar de las unidades a los connacionales.

Inclusive, al darse cuenta de las dificultades de algunas madres trabajadoras que elijan en ese medio de transporte, verdadero relajo, que llevan criaturas de pecho en su regazo y además acompañadas de otros hijos menores, ofrecen sus servicios invaluables al prestarse como mecenas para atenderlos.

Cuando por razones harto conocidas ocurren accidentes o hechos trágicos en plena ví­a pública, pronto llaman por teléfono a unidades beneméritas de bomberos, ajenos a solamente curiosear. Y si se trata de vecinos a la mayor brevedad posible avisan a familiares de las ví­ctimas. La solidaridad gana terreno.

De la solidaridad se propone y fomenta merced a la publicidad, arma poderosa en soporte de actividades a la población. Pasar de las palabras a los hechos es cosa aparte. En ese orden de ideas puntualizamos complementos solidarios, sin oropel ni cosa parecida. La buena vecindad aun persiste.

Que fallece alguien en la real quema (pobreza extrema) al momento oportuno e indispensable acuden con su óbolo generoso. Ayuda monetaria, ahora más dificultosa por la crisis imperante a la familia para los gastos del velatorio y sepelio. Colaboración mediante azúcar, pan, café entre otros no falta.

En resumen, el otro lado de la medalla, consistente en acciones del orden humanitario se hacen presentes cuando menos se imagina. Confortantes de consiguiente en encontrar comportamientos loables todaví­a. Podrán representar sin asomo de duda algo similar a buscar una aguja en un pajar, empero aún existen.