El mortífero ataque lanzado por los talibanes contra un hotel de lujo de Kabul, abierto con bombo y platillo hace dos años como un lugar seguro para la elite de la ciudad, ha perjudicado la confianza en una nación donde las zonas peligrosas no cesan de aumentar.
Este ataque conmocionó a la capital afgana, donde todos se preguntan cómo un comando de insurgentes islamistas pudo entrar en el hotel más vigilado de Kabul, El Serena, considerado hasta entonces como oasis de paz y lujo en un país convulso.
«Muchos clientes decían que nunca habrían venido a Kabul si el Serena no hubiese existido», explicó un responsable del hotel. «Por supuesto, para ellos, en el futuro será más difícil volver», agregó.
Que los asaltantes lograsen entrar en el hotel y matar a ocho personas, entre ellas un ciudadano noruego, un estadounidense y una filipina, en el momento en que el ministro noruego de Relaciones Exteriores se disponía a dar una cena «tendrá también consecuencias», reconoció este responsable, que requirió el anonimato.
El nivel de seguridad del establecimiento era tan elavado que la embajada de Australia había instalado allí sus dependencias. Su personal ha hecho ahora las maletas.
El Serena era el único hotel de Kabul que ofrecía medidas de seguridad suficientes para la organización de acontecimientos internacionales y de la agencia de promoción de la exportación, un organismo gubernamental afgano, subraya su presidente Suleman Fatimie.
«Daba una buena impresión del nuevo Afganistán, un símbolo del regreso a los negocios después de 30 años de guerra», declaró.
«Esto da a pensar que pueden estar en todas partes», considera por su parte Roshan Jadivi, un portavoz de UNICEF. «Después uno se pregunta qué sucederá el resto del año si sólo estamos a principios de 2008», agrega.
Por su parte, Adrian Edwards, un portavoz de la ONU, subraya que los talibanes atentaron de lleno contra la comunidad internacional.
«Cuando se produce algo así, esto daña a la confianza», afirma. «Pero es una parte intrínseca de nuestro entorno», agrega.
Tras el ataque del lunes, los insurgentes islamistas amenazaron con atentar contra otros lugares frecuentados por los extranjeros en Afganistán, como por ejemplo los restaurantes.
Así, algunas embajadas y organizaciones internacionales aumentaron sus medidas de seguridad prohibiendo a sus empleados ir a lugares que hasta ahora se consideraba como seguros.
El personal de la ONU recibió un llamamiento a la prudencia pero de momento «esto no cambia en nada nuestros planes», afirmó Edwards.
Y en la misión diplomática británica, la seguridad es más estricta pero «funcionamos totalmente como una embajada», precisan.
Entre los extranjeros que viven en Kabul hay opiniones encontradas. «No es más peligroso hoy de lo que era ayer», dice un occidental. Pero otro, que pide mantener el anonimato, considera que «todo podría desmoronarse o cambiar completamente si los extranjeros ya no pueden salir».