Atributos de la actitud cientí­fica


Suele denominarse «conocimiento cientí­fico» al que generan las llamadas «ciencias naturales». Es el caso de la fí­sica, la quí­mica y la biologí­a. ¿Hay, entonces, ciencias no naturales? Si las hay, ¿son ciencias artificiales? Serí­a el caso de la aritmética, la geometrí­a o la topologí­a. Evidentemente, serí­a absurdo clasificar las ciencias en ciencias naturales y ciencias artificiales. Serí­a absurdo, entonces, afirmar, por ejemplo, que la fí­sica es una ciencia natural, y la aritmética, una ciencia artificial.

Luis Enrique Pérez

Convendrí­a clasificar las ciencias de modo tal que no impliquen una oposición entre natural y no natural. En este sentido, es sensata la clasificación que propone Edmund Husserl. En esa clasificación, hay dos géneros de ciencias: las ciencias llamadas «fácticas» o de «hechos», y las ciencias llamadas «eidéticas» o de «esencias». La fí­sica es una ciencia de hechos; y uno de los hechos que son objeto de ella es la gravitación universal. Los hechos necesariamente son espacio-temporales. Empero, la aritmética es una ciencia de esencias; y una de las esencias que son objeto de ellas es la triangularidad. Las esencias no son espacio-temporales.

No creo que haya un método cientí­fico, es decir, un procedimiento único para generar conocimiento en las ciencias impropiamente llamadas «naturales». Si lo hubiera, presuntamente el procedimiento por el cual, por ejemplo, Galileo Galilei habrí­a conocido que la velocidad de caí­da de los cuerpos es independiente del peso, serí­a el mismo procedimiento por el cual Hans Christian Oersted habrí­a conocido que una corriente eléctrica puede provocar un campo magnético. Creo que hay una actitud cientí­fica; pero no un método cientí­fico.

Sospecho que hay por lo menos siete atributos de la actitud cientí­fica. El primero es la pasión por conocer qué son las cosas, o por qué ocurren, o cómo ocurren, o cuál es la ley que las rige. El segundo es la imaginación para proponer hipótesis; sobre lo cual Albert Einstein se ha expresado de esta manera: «La imaginación es más importante que el conocimiento.» El tercero es la preocupación por encontrar un medio de comprobar la verdad o la falsedad de la hipótesis. Si es imposible ese medio de comprobación, la hipótesis no es cientí­fica. Evoco, al respecto, a Karl Popper. El cuarto es estar dispuesto a dudar de las teorí­as ya aceptadas, porque pueden ser realmente falsas, o pueden ser perfeccionadas. El quinto es estar convencido de que, aunque hubiera una verdad absoluta, nadie puede tener certeza suficiente de que la posee. El sexto es reconocer que lo que conocemos es muy limitado con respecto a lo que todaví­a no conocemos. Sobre esta cuestión, Isaac Newton, quizá el más grande fí­sico en toda la historia de la humanidad, se expresó así­: «Soy como un muchacho que juega en la playa, y que se divierte con encontrar una piedra más lisa o una concha más bonita que las que ordinariamente ha encontrado, mientras el mar inmenso de la verdad yace ante mí­, aún oculto.» La séptima es la racionalidad. En la búsqueda de la verdad, la razón debe predominar. Puede ser muy importante lo que sentimos, o lo que queremos; pero si nuestra finalidad es conocer cientí­ficamente las cosas, entonces la razón es la facultad que debe predominar.

Post scriptum. ¿Hay progreso cientí­fico? Creo que lo hay; y que consiste en perfeccionar nuestro conocimiento sobre el mundo, con observaciones más cuidadosas, hipótesis más fecundas, mediciones más exactas y experimentos más completos.