La niñez guatemalteca está en peligro de caer dentro de redes de trata y explotación sexual que operan en Guatemala y toda la región centroamericana con total impunidad. Estos delitos tienen diversas manifestaciones, por lo que el número de casos llega a miles, y es un fenómeno del cual poco o nada se hace en el país.
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Desde el 2004, se han presentado diversas iniciativas de ley en el Congreso de la República para aumentar las penas por estos delitos y tipificarlo, lo que los propios jueces y fiscales afirman que necesitan para poder combatir este flagelo.
La actual iniciativa de ley (Ley contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas), que fue presentada en agosto en el Congreso de la República, es una de las más serias y completas que se han planteado hasta el momento y ha sido consensuada con integrantes del poder judicial y con organizaciones de la sociedad civil que se dedican a la protección de la niñez.
En Guatemala es habitual encontrar menores de edad en los prostíbulos, tanto de la capital (zona 1, 12, 10 y 14), como de las áreas fronterizas o costeras del país. Muchas de estas niñas son nicaragí¼enses, salvadoreñas y hondureñas, pero también hay muchos casos de guatemaltecas. Asimismo, las adolescentes guatemaltecas tienden a ser trasladadas a bares mexicanos, haciendo casi imposible su ubicación.
Según estimaciones de las organizaciones que trabajan para prevenir este delito, cerca de 2 mil niñas y adolescentes son explotadas en 284 lupanares, bares y salas de masaje de la ciudad capital. Y a nivel nacional, el número podría alcanzar los 15 mil.
Y para muestra, presentamos dos testimonios reales de dos menores de edad que sufrieron de esta red de trata de personas.
Lidia tenía 14 años y ya había sido madre. Su futuro en Honduras no era muy prometedor y le faltaba el apoyo de su familia, así que decidió venir a Guatemala a trabajar como doméstica. «Una amiga de allá de Honduras me engañó porque me envió para acá diciendo que iba a tener trabajo y al final me la pasé encerrada en una casa cuidando a los hijos de una señora», cuenta.
Lidia fue víctima de explotación laboral sin saberlo, ya que llegó a Guatemala de forma ilegal y tuvo que trabajar forzada, por apenas un plato de comida. La joven decidió escapar de esta casa y pidió trabajo en un prostíbulo, pero duró poco.
«í‰l me regresó a Honduras, pero las cosas se complicaron allá otra vez con mi familia y decidí volver», cuenta, aunque esta vez ya tenía claro que iba a venir a prostituirse, pues «era para lo único que servía».
«Aunque tenía sólo 15 años, yo sabía que podía sola, así que me traje a mi bebé, que no lo estaban tratando bien en Honduras, y le pagué a una señora Q500 mensuales para que me la cuidara mientras yo trabajaba», recuerda.
Pero Lidia era perseguida por la mala suerte. La mujer que cuidaba a su bebé intentó quitársela para darla en adopción a cambio de dinero. «Debió ser un presentimiento porque el día que ella se iba a llevar a mi hija con todos sus papeles, yo llegué de sorpresa a la casa y tuvo que escapar», dice.
La hondureña volvió al prostíbulo porque nadie le preguntó qué edad tenía. «Los clientes no preguntan, si uno los trata bien, si no bromeas con ellos, no te hacen daño», asegura. En ese mismo burdel y con el afán de que alguien la salvara, Lidia conoció a un joven de 21 años de Quiché, que le prometió ayudarla a salir de la mala vida. Pero en vez de ayudarla la dejó embarazada.
Al enterarse de su embarazo, Lidia quiso cambiar de trabajo, así que consiguió un empleo en un hotel y empezó a ir a la iglesia. También trabajó un tiempo en un comedor, pero no conseguía ahorrar el dinero suficiente para poder volver a Honduras.
«El diablo me atacó de nuevo y volví al trabajo en el bar. En una semana ya tenía Q8 mil para volver a Honduras y llevarme a mi niña», cuenta. Pero pocos días después de que tomara esta decisión, Migración llegó al local, pero esta vez no le dio tiempo a esconderse.
«No creo que mi familia me acepte con otro hijo, así que no sé que voy a hacer», lamenta.
Renata no tuvo muchas oportunidades de estudiar porque ella y sus diez hermanos provienen de una familia de escasos recursos. A los 14 años se puso a trabajar como empleada doméstica en su cabecera departamental, pero sólo ganaba Q250 al mes.
Una amiga la convenció de probar suerte en la capital, donde ya iba a recibir por lo menos 1 mil 200 quetzales por sus labores. Tenía 16 años, pero el empleo no le duró mucho tiempo y tuvo que buscar trabajo en una cafetería del centro capitalino.
En el negocio se presentaron problemas, por lo que buscó trabajo en una cafetería, en donde conoció a una mujer nicaragí¼ense, que aparentemente tenía problemas con las drogas. «La mujer cambió de repente de aspecto, llegaba más arreglada y me dijo que le estaba yendo bien, que si necesitaba ayuda que la llamara por teléfono», recuerda Renata.
El 25 de noviembre de 2007, la adolescente aceptó el ofrecimiento de la ayuda. La mujer le dijo que ella le iba a conseguir trabajo. Así sucedió, se fue a vivir a la zona 12, y el 23 de enero le ofreció llevársela a Nicaragua para trabajar allá como empleada doméstica.
«Ella me sacó una cédula falsa porque yo no tenía», cuenta la joven, quien ni siquiera está muy segura de cuántos años ha cumplido ni de si los datos del documento corresponden con la realidad.
Cuando llegaron a Nicaragua, Renata se dio cuenta de que las promesas eran falsas. Nunca la llevó a trabajar a ninguna casa, ni a un negocio decente, sino que la hizo recorrer los bares de la costa, bailando y pidiendo dinero. «Todo el dinero se lo tenía que dar a ella y me reñía si no le pedía más a los clientes», dice, sin ahondar en los detalles sobre sus encuentros con los hombres que la contrataban. «Para que no pudiera irme me quitó la cédula, porque yo le dije que aquello no me gustaba», añade Renata. Para que la joven se tomara su nuevo «trabajo» con más gusto, la obligaba a consumir alcohol y otro tipo de drogas.
Debido a la rebeldía de Renata, su proxeneta intentó venderla a otro hombre nicaragí¼ense, pero Renata lo amenazó con denunciarlo a la Policía. «Yo le dije que era menor de edad y que me dejara ir».
Al fin de al cabo, Renata pasó unos meses en Casa Alianza de Nicaragua, mientras se tramitaba su traslado a Guatemala y se llevaba a cabo el juicio contra su explotadora. «Yo quiero volver con mi familia, pero me preocupa un poco qué van a pensar de todo lo que ha pasado», reconoce Renata, quien a sus 17 años ya ha aprendido qué significa el engaño y el abuso.