El caso de los mineros chilenos atrapados y rescatados con vida ha merecido, ciertamente, variedad de interpretaciones, antagónicas unas, complementarios otras, según puntos de vista que van de lo psicológico a lo tecnológico, sociológico, religioso, político, moral, científico, laboral, metafísico, antropológico, económico, mercadológico…
El mercado mediático, precisamente, ha hecho descubrimientos explotables posrescate o mientras eran extraídos por la famosa cápsula telúrica: el minero que canta, el minero que baila, el minero maratonista, el minero polígamo, el minero escritor, el minero poeta…
Dejaron sepultado su anonimato en las galerías subterráneas. Con su liberación les brotó un nombre en letras de molde y un rostro para la imagen. (Otros muchos mineros -antes, durante e incluso después- han dejado sus vidas anónimas, para siempre ignoradas, en lo duro y oscuro de otras profundidades.)
Pero el diablo no duerme. Con tanto homenaje y agasajo a los mineros chilenos que volvieron del purgatorio, el sistema quiere amnistiarse, lavar su mala conciencia del polvo cavernario, utilizarlos como rarezas en el parque de atracciones mediático. Con tanta publicidad usurera les anestesian la memoria, amputan la raíz de su genuino sufrimiento, ponen prótesis tardías a su inclaudicable esperanza soterrada. Dinero, fama, luces, cámaras, aplausos de utilería, solicitudes de entrevistas, autógrafos… El oxidado circo posmoderno… ¿Y mañana…? El olvido se frota las manos.
«Los mineros salieron de la mina/ remontando sus ruinas venideras (…) Era de ver sus polvos corrosivos!/ Era de oír sus óxidos de altura! (…) Son algo portentoso los mineros/ remontando sus ruinas venideras (…) Salud, oh creadores de la profundidad…!» (César Vallejo).
(Al final de la historia heroica, nadie vio, nadie pudo ver, allá en la profundidad minera, clausurado el escenario, sellado el túnel de salida, ante la cámara fija todavía encendida, el leve asomo de una sombra furtiva.)