Asquerosamente cierto


En los últimos meses he tenido la oportunidad de compartir con guatemaltecos residentes en el extranjero, sus historias, que si bien son diversas también existen puntos en común que dejan de manifiesto sobre la existencia de un delgado y fuerte hilo que hay con la tierra donde se nació.

Eswin Quiñónez
eswinq@lahora.com.gt

Me encanta conversar con estos chapines. Tienen la energí­a que quizá en este paí­s nunca hubieran podido manifestar, y aunque tienen sus preocupaciones han logrado desarrollar un bienestar en un paí­s ajeno. Todos, o casi todos, coinciden en que ver a Guatemala desde lejos genera un hondo dolor y un sentimiento de asco por quienes han llevado al paí­s a donde se encuentra.

Y hablando de asco, recientemente llegó a mis manos el retrato de El Salvador de posguerra dibujado en la novela «El asco» del escritor cuscatleco Horacio Castellanos Moya y publicado por primera vez en 1997. Obra, por demás actual y llena de sentimientos compartidos por quienes venimos de conflictos que limitaron la prosperidad de su gente, de los pobres de toda la vida.

El protagonista es un emigrante salvadoreño que se asentó en Montreal, Canadá, en un exilio voluntario. Autoalejado de una realidad a la que considera nunca haber pertenecido, y donde se ve obligado a retornar dieciocho años después únicamente por la muerte de su madre.

Castellanos Moya, elogiado por el mismo Roberto Bolaño, adoptó el estilo del escritor austriaco Thomas Bernhard, para hacer una crí­tica feroz de la sociedad salvadoreña y justificando su posición de inmigrante como una forma eficaz de abandonar sus orí­genes injustos.

Quizá esos sentimientos son compartidos por un grueso número de centroamericanos que, con causas distintas, se han visto obligados a arriesgarse el pellejo por acercarse a un entorno menos nocivo y paranoico.

Castellanos Moya se aleja de los nacionalismos que llenan de conformismos y de esperanzas en que las cosas cambiarán algún dí­a, aunque ese dí­a sea cada vez más nublado y lejano.

«El asco», con sus estilismos lingí¼í­sticos quizá genere algún escozor en el lector, es capaz de pintar con un roce de acidez y humorismo una realidad tóxica a la que nos vemos sometidos aunque, por la costumbre, no seamos capaces de identificar.

El personaje de Castellanos Moya, difiere con los chapines de los que mencioné al inicio de estas lí­neas, sin embargo, hay algunos que bien podrí­an identificarse con él y reafirmar que la novela es asquerosamente cierta.