De seguir así, pronto se va a terminar la algarabía popular del 5 de noviembre porque la época electoral por fin había terminado y porque gran parte de nuestra gente abriga esperanzas de que Guatemala pronto pueda retomar la senda de corregir tantos entuertos de los últimos años. Es que a la gran mayoría de guatemaltecos no nos entra en la cabeza que el Congreso vaya a seguir siendo un organismo inoperante, como exageradamente grande y costoso (más de Q1 millón 600 mil diarios). Desde que aumentaron a 158 los diputados su función va de mal en peor pero, los gastos en alquileres que en el 2003 eran de 1.3 millones de quetzales ahora superan los 6 y, cuentan las malas lenguas, que ya se cabildea un aumento a sus remuneraciones porque ¡desde hace ocho años su sueldo se estancó! ¿Qué decir de los gastos administrativos, de operación o de alimentación?
Es penoso analizar el bajo rendimiento de los diputados, pero más disgusto causa saber que encima de la mensualidad de Q29,300 perciben viajes, viáticos, gastos de representación, combustibles y muchas otras ventajas más, aparte de poder desempeñar sus ocupaciones habituales, por ejemplo, sus fructíferos negocios de gasolineras. Pero ¿qué decir de los trapos sucios que lavan en sus curules, por ejemplo, con eso de la ley de adopciones o de favorecer al Instituto de Previsión Militar para asignarle Q770 millones, durante 12 años y de olvidarse que el Estado no ha cumplido con la obligación constitucional de pagar su cuota y su deuda al Instituto Guatemalteco de Seguridad Social?
El Congreso debiera ser el foro en donde desde hace rato se hubiera discutido qué hacer para evitar la avalancha de accidentes de tránsito que a toda hora y todos los días están ocurriendo en el país; las salidas que el Estado debiera haber encontrado a estas alturas ante la prolongada crisis derivada del incremento al precio internacional del petróleo y hasta qué legislación es necesaria para que los mentados canchinflines y demás mal llamados «juegos» pirotécnicos sigan causando las tragedias por todos conocidas. Pero no, para los diputados hay otras cosas más importantes que hacer. Primero, capacitarlos (como si no fuera obligación previa de todo aspirante a un cargo público) para saber cómo y cuándo debe levantar la mano; segundo, pensar qué tendrán qué hacer para «sobrevivir» con el pinche ingreso mensual cercano a tres decenas de miles de quetzales y tercero, cómo le van a hacer para asumir su curul sin tener que presentar su finiquito que fastidiosamente la Contraloría de Cuentas les está exigiendo. Se supone que los diputados son dignatarios de la nación porque representan a su población y en todo ese palabrerío que rodea el término de democracia pregunto: ¿qué hacer para que lo hagan dignamente?