¿Asesinos o colaboradores?


El primer caso en que la justicia guatemalteca conoció la figura del «colaborador eficaz» dejó una pésima impresión a quienes un violento cambio del término «asesino» que pasa al de «colaborador» no concuerda o mejor dicho, confunde y distorsiona la realidad, aparte de romper los principios éticos y morales ampliamente reconocidos, trastocando el significado de justicia, virtud que inclina dar a cada uno lo que le pertenece, en especial cuando sin lugar a dudas el asesinato del Lic. Rodrigo Rosenberg fue vilmente concebido y planeado por sus ejecutantes.

Francisco Cáceres Barrios

Por mucho que la nueva legislación lo permita, no comparto el criterio de los legisladores, mucho menos cuando el juez encargado del caso argumenta que dos de los sicarios, ambos asesinos confesos de la muerte del licenciado Rosenberg, en vez de purgar por tan deleznable hecho varios años de cárcel y por ello merecer la pena de muerte, ahora, tan solo por haber «colaborado», al denunciar cómo sucedieron los hechos y demás detalles, por cierto muchos aún no confirmados plenamente, podrán salir libres con la sola entrega previa de algunos ví­veres y pañales para ancianos, la única prohibición de usar armas de fuego y como complemento, recibir tratamiento psicológico, como un curso de capacitación en una entidad especializada.

¿Será ejemplar, positiva y novedosa esta forma de hacer justicia?, ¿solo así­, con tan poca solidez de criterio, se podrá combatir eficazmente a la criminalidad que nos azota?, ¿esta monstruosidad no va a producir efectos totalmente contrarios a los esperados, propiciando que los delincuentes que andan sueltos lo aprovechen para seguir haciendo de las suyas y si en dado caso los llegaran a capturar, cosa muy difí­cil en estos tiempos, con solo contar cuanta cosa se les ocurra, incluso haciendo acusaciones falsas, podrán beneficiarse de ser «colaboradores eficaces», saliendo libres al poco tiempo, con buen dinero entre la bolsa?

Algo que no he olvidado todaví­a son los principios básicos que desde el inicio nos inculcaron en la universidad, como aquel que dice que las normas deben ser claras, bien definidas y sobre todo sobradamente aplicables de tal manera que, los malos se vean obligados a comportarse bien y los buenos sigan actuando correctamente. Alguien podrá argumentar en contra de lo expresado que estoy viejo, obsoleto, que mi criterio estaba bien para el siglo pasado o que debiera modernizarme un poco, pero quien diga esto, olvida a propósito que no es suficiente aparentar en cuanto al esclarecimiento de crí­menes se trata, sino que las evidencias deben ser irrefutables y originar sanciones a los verdaderos responsables, tanto materiales como intelectuales, cosa que en el caso del licenciado Rosenberg, hasta el momento no ha quedado probado del todo. Finalmente cabe preguntarse: ¿será bueno seguir manteniendo tantas dudas que flotan en el ambiente?, ¿hasta cuándo podremos saber lo que realmente pasó? Bien dijo Saavedra Fajardo:»Quien no duda no puede conocer la verdad».