Esta semana conocí a una niña que a lo sumo tendrá 12 años. Ella no estudia, contribuye al sostenimiento de su casa con su trabajo vendiendo fruta con miel cerca de donde yo trabajo.
Su mamá no podía sostenerla en la escuela, aunque lo intentó, dice ella, había que comprar los útiles, pagar algunas cosas, comprar uniformes, no alcanzaba. Ahora les va mejor, eso cree ella, aunque momentos después sonriendo diga con nostalgia “aunque a mí me gustaba mucho ir a clases y aprender cosas nuevas”.
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Y es que aunque las cifras del Ministerio de Educación nos muestren mejoras en cuanto a asistencia, menos deserción y más cobertura, la realidad es otra. La verdad es que la educación en Guatemala no es asequible para todos, la dichosa gratuidad no es tal. En las listas de útiles de una escuela de la colonia Atlántida zona 18 se incluyen libros de la Editorial Santillana, maravillosos, pero casi impagables para muchos de los padres y madres de los niños de este establecimiento. Les solicitan cuadernos empastados, y quien va a una librería o un supermercado sabe que por el solo hecho de la pasta se multiplica el costo hasta tres veces su precio. Requieren crayones, pegamento, lápices y lapiceros especificando la marca y piden entre otras cosas artículos para la limpieza de la escuela y la higiene de los alumnos como papel higiénico, bolsas de basura, jabón y también artículos para primeros auxilios.
¿Qué pasa entonces con todo ese discurso de hacer asequibles los centros educativos a la población?, ¿a dónde va el presupuesto que exigen cada año? Bueno, en teoría a los salarios de los maestros, aunque sabemos que no es así.
Los materiales de lectura, que dicho sea de paso, son excelentes, llegan tarde, al igual que la refacción escolar. Los pizarrones, escritorios y paredes dan vergüenza, los que hay, porque muchas escuelas no cuentan con escritorios, pizarrones y ni siquiera paredes.
Los baños son tema aparte, la falta de agua y de mantenimiento los hace sitios inadecuados, y sin embargo se utilizan.
Así son las cosas de quienes estudian o pretenden hacerlo. Esta niña que a lo sumo tendrá 12 años, ya no tiene cabida en ese mundo –que no apetece la verdad–, por falta de recursos. Lo que viene en su vida de “comerciante”, es quizá un nuevo impuesto, dinero que no la beneficiará en absoluto, porque al igual que lo demás que se recauda en Guatemala, se va directo al bolsillo de unos cuantos que al viajar se hospedan en hoteles de cinco estrellas, viajan en aviones privados e inscriben a sus hijos en colegios privados en donde el papel higiénico jamás falta en los baños.