Arturo Ruano: la nueva escultura popular


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Ayer viernes en la galería Andante se inauguró la exposición personal del escultor Arturo Ruano, titulada “Tropel de sueños”, que alude al tema obvio de las obras que presenta (caballos) y quizás también a las emociones que despierta en el artista el hecho de exponer por primera vez su trabajo en forma individual; emociones atropelladas que tienen que ver con el orgullo por los logros, el temor a la crítica, la alegría de la creación y la duda sobre la aceptación del público.

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POR JUAN B. JUÁREZ

El caso es que Arturo Ruano se decidió a realizar esta muestra casi a petición popular: sus obras han tenido una gran demanda entre un público al que le complace la frescura de su trabajo de escultor.

Tal frescura artística proviene sin duda de la personalidad del escultor Arturo Ruano, de su mentalidad abierta y su imaginación sin ataduras, que a su vez explican  la actitud  desenfadada, sin complejos, alegre, directa y práctica, con la que asume su trabajo creativo y la clase de problemas que se resuelven felizmente en su obra, ajena a los tormentos teóricos y estéticos que agobian a los escultores académicos.

Autodidacta, con un trato íntimo y prolongado con los materiales y los procedimientos en la atmósfera de un taller de fundición al servicio de los grandes escultores de Guatemala, la mente abierta de Arturo Ruano absorbió algo más que los rudimentos del oficio: los temas, las preocupaciones, las aspiraciones, los ideales del arte y de los artistas.  Su imaginación de técnico y de artesano, en cambio, realizó sin mayores complicaciones intelectuales las transformaciones que exigían la tradición escultórica culta y popular para actualizar sus vínculos profundos vitales con la sociedad y la cultura guatemalteca contemporánea.

Los sueños del escultor transforman sus experiencias y sus deseos de persona sencilla, con los pies en la tierra y abierta a su entorno con el mismo sentido práctico, alegre y vital con la que cotidianamente vive, trabaja y se divierte. Sus caballos, por ejemplo, están hermanados, quizás sin saberlo, con los de Nahualá y los de los carruseles de las ferias de su barrio, pero también con los pegasos y unicornios de la antigüedad clásica, y sobre todo con los de las películas del Oeste , los circos y los documentales Hollywood. La imaginación suelta de Arturo Ruano les pone, sin embargo, algo más a los caballos de sus sueños y que proviene directamente de su experiencia cotidiana: motores y alas, sacados de automóviles de desecho, que no les agravian en su gracia y elegancia, ni en su inteligencia ni en su nobleza, ni siquiera en su alto y antiguo simbolismo de energía en libertad; al contrario, los asimila a la más pura y noble cultura popular de nuestros días.