El premio de literatura recientemente otorgado al escritor peruano Mario Vargas Llosa, demuestra con creces nuestra capacidad, la de los latinoamericanos, para la ficción y la poesía. El intelectual no es sino uno más del pulular de escritores que abundan en nuestros pueblos.
En realidad, aunque no todos sean escribidores, estos pueblos tienden hacia lo artístico. Hay entre la población un sentido estético que los conduce, de una u otra manera, hacia el arte. Así, unos escriben poesías, otros novelas, algunos cuentos y menos quizá, se dedican al ensayo.  El caso es que, es raro en la indagación biográfica, que alguno nunca se haya planteado ser artista.
Los encuentra en todas partes. En las cantinas, por ejemplo, hay quienes desde la música, a través de composiciones propias, hacen sus pinitos creando, dejándose llevar por los latidos del corazón, animando a quienes beben para olvidar la triste vida. Hay arte también entre los jóvenes de tierna edad que se lanzan a escribir versos románticos a esa mujer de difícil acceso.
Lo que mata quizá en esas incipientes vocaciones artísticas, es la poca disciplina que nuestro carácter parece condenarnos. Creo que no hace falta indicar que toda profesión requiere de dedicación, esfuerzo, constancia y perseverancia. El escritor debe saber ser monje, enclaustrarse, guardar silencio y dedicarse al trabajo. «Ora et labora», debería ser la máxima del obrero de las letras.
Obviamente, la literatura nace de la constancia. Y esto falta, a veces, a quienes desean ser escritores. Las obras maestras no nacen de la nada, exigen sudor más que inspiración. Cierto, «el diablo» en las letras es importante. Quien no sabe soñar ni trascender la realidad, es un fracaso caminante. La sensibilidad para ver más allá es una exigencia «sine qua non» para quien desea aproximarse a lo bello.
Pero sucede que, artistas natos, estetas excepcionales y artistas de promesa se condenan a sí mismos por la falta de trabajo, por la vida bohemia, por el despilfarro de talento. Confunden, los cándidos, la vida artística con la borrachera, el desaliño y una vocación profunda por el «dolce far niente». Pierden el tiempo en discusiones banales y esperan el toque de suerte en las cafeterías conversando de cualquier cosa.
Escritores desperdiciados, talentos frustrados, abundan por la calle. Son esos muchachos, a veces adultos jóvenes, en la espera permanente de las musas. Evocan aquel grabado de Francisco de Goya, titulado: el sueño de la razón produce monstruos. Ese hombre somnoliento, narcotizado y sedado que, no obstante la bendición de los dioses, fracasa por la morriña de su vida.
Pero, insisto, Mario Vargas Llosa no es sino uno más de la cantidad de artistas que se dan en nuestros países. Y si bien es cierto, va a costar mucho que obtengamos un premio Nobel de Economía o de Física, sí podemos ficcionar su posibilidad y hasta imaginarnos un día llegar a la Luna.