El 20 de octubre se conmemorará un aniversario más de la gloriosa Revolución de 1944, que dio fin al abusivo y excluyente régimen de Jorge Ubico Castañeda. La fiesta roja sigue y seguirá despertando las críticas y menosprecios sobre todo de aquellos que vieron sus intereses particulares truncados (entiéndase la oligarquía nacional) por la propuesta del gobierno revolucionario cuya visión del desarrollo era integral.
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Aquella Revolución fue, entre muchos aspectos, el resultado de un proceso de lucha y de reivindicación de las y los oprimidos por la tiranía ubiquista, y es en este punto en el que intentaré hacer algún planteamiento.
Los gobiernos de corte militar se caracterizan por la persecución sistemática de quienes «se atreven» a pensar distinto: los regímenes militares plantean básicamente que el derecho a la vida es sólo para quienes «obedezcan» y «callen». La cultura de miedo y silencio son la principal herramienta coercitiva de este tipo de sistemas, y claro, el de Ubico no fue la excepción.
Durante aquel gobierno, la libre expresión era inmediatamente reprimida con tortura y hasta con la eliminación física; y durante años, la persecución contra todo ciudadano o ciudadana que se «atreviera» a expresar a través de cualquier medio un pensamiento en teoría «opuesto» a lo que ordenaba ese sistema, fue una constante. Es desde ahí, desde ese hastío por la tiranía donde se empezó a gestar la Revolución.
La libertad de expresión de pensamiento y creación por medio de la música, la poesía, la literatura e incluso del periodismo, es un factor fundamental en el desarrollo social y la libertad de un Estado; y esos hombres de mano temen a ese elemento sensible y liberador que es la creación, de ahí, la restricción sistemática del mismo. En ese marco, el arte, como máximo factor de la expresión humana, se convierte en el oasis del desierto generado por el régimen militar.
Los grandes movimientos artísticos que han sobrevivido durante décadas hasta nuestros días, iniciaron como una sencilla generación espontánea de expresiones que respondían a la necesidad de libertad de los oprimidos y esclavizados.
El arte, específicamente aquel que es sincero y no es creado como un artículo de compra y venta, es equivalente a una Revolución; pues transforma, incluye, crea y nos hace consecuentes y sensibles.
Los logros sociales que el país alcanzó con la Revolución de 1944 son innegables, pero estos han sido poco a poco debilitados intencionalmente por ese sistema manejado por pocos. El arte, es uno de ellos; por ejemplo: a nivel educativo el arte es limitado al aprendizaje operativo, restringiendo con ello la capacidad creadora. En las escuelas enseñan a ejecutar un instrumento o interpretar un poema, pero no impulsan la creatividad del alumno; lo que forma en el pequeño artista una visión intransigente y no concreta del arte.
Por eso, a nivel global, las grandes expresiones artísticas son convertidas por el Sistema en una «moda» regulada por el mercado, con ello no podrán trascender más allá de un «pasatiempo» y la «catarcis», tanto del emisor como de los receptores del arte será superficial y no generará ninguna consecuencia.
Entonces, es clara la razón por la que los gobiernos posteriores a la Revolución del 44 han ignorado y sacrificado el arte. Sin embargo, este es y debe seguir siendo el medio (y el fin) para reivindicar nuestro derecho a las utopías, a la continuación de esa construcción que empezaron los revolucionarios de octubre de 1944. ¡Arte para la Revolución! Y viceversa.