Arrebato de alcalde


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Es sumamente cómodo mandar en un escenario de ciudadanos subsumidos, donde la crítica no se alza porque se impone la falta de dignidad. La relación de mando y obediencia en contextos con pobre cultura política es una relación que rápidamente tiende a la imposición.

Julio Donis


El que manda no asume el poder como forma representativa de la voluntad popular, lo detenta porque lo cree parte de su legado, mismo que ha despojado al país. El que obedece por su lado, se halla sometido conscientemente porque sus valores no lo han politizado, lo han precarizado. Los que se levantan adversos a ese poder, muy probablemente lo hacen movidos por un interés particular y sectorial; a la menor oportunidad mandarán de la misma forma que el que ocupa el poder actualmente. Es como en la finca del siglo XIX y XX, el patrón establecía la relación de poder en función de una unidad productiva que debía generar riqueza. Los mozos colonos  no contradecían el orden establecido por la relación de dependencia en condiciones miserables. Con el tiempo, la finca sería el factor de explotación alrededor del cual se fueron delineando las relaciones sociales de producción de este país. Los ciudadanos de la capital ven de reojo, nunca de manera directa, la gestión del alcalde Arzú. La critican en voz baja, elevar la voz los pone en contradicción. Ha pasado tanto tiempo que el color verde fluorescente  se lo asume inmediatamente con la autoridad municipal. La frase “yo dirijo la Muni como me da la gana”, es igual que el arrebato del padre que grita “Yo mando esta casa y aquí se hace lo que yo digo”; es la misma del jefe que alza la voz a los empleados y les amedrenta con la frase “aquí solo hay un jefe”, es idéntica a la amenaza del novio que le grita a la pareja “eres mi mujer y harás lo que yo diga”.

Cómo imaginar actitud y práctica democrática en alguien que se levanta de la mesa que él mismo preside, al escuchar cuestionada su gestión. Tanto el Alcalde, el padre, el jefe, el marido, son producto acabado y finamente sellado con los valores conservadores de la moral religiosa y política, por tanto es completamente normal somatar la mesa, arrebatar el poder y hacer berrinche ante cualquier señalamiento. No somos una sociedad que se haya apropiado de la dimensión pública, es por eso que la rendición de cuentas de los que administran poder local y nacional, no es una preocupación o una demanda ciudadana, en este tiempo solo es una actitud políticamente correcta inducida por la cooperación internacional. Los arrebatos del Alcalde sobre la negativa de hacer público el destino y el manejo de los fondos de la ciudad, son equiparables a la somatada de mesa de un padre autoritario, y aspirar a que eso cambie implica la transformación de la cultura democrática de los guatemaltecos; eso pasaría por desarrollar por ejemplo, una ciudadanía fiscal e implicaría que el empresariado dejara de ser oligárquico para modernizarse y ver más allá de los límites de sus dividendos. A pesar de los altos niveles de debilidad institucional del sistema de partidos y a pesar de la democracia electoral, el Alcalde ha sido electo consecutivamente pero su poder no radica en el respaldo de una base consolidada de su partido, que por cierto solo tiene un diputado en el Congreso, sino en las aspiraciones y vacíos de miles mentes colonizadas. No es posible esperar una crítica de desaprobación pública sobre los ademanes del Alcalde, cuando lo que hemos tenido es una sociedad complaciente y conservadora que repite en el seno de su pequeña finquita familiar, los mismos arrebatos.