En Guatemala mucha gente está acostumbrada a venerar la fama y las grandes fortunas obtenidas a base de ilegalidades, injusticias y corrupción, a alabar a falsos héroes que nada o poco hacen para aportar al desarrollo de nuestra sociedad y por el contrario, ignoramos o no damos la importancia que merecen las cosas positivas.
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Llevamos unos meses hablando de Ricardo Arjona debido a su nuevo disco y la forma en la que pintó a Guatemala, pero generalmente es un personaje olvidado en la colectividad positiva del chapín y debemos preguntarnos cuántos meses más seguiremos hablando de él luego de transcurridos sus dos conciertos.
Arjona es una persona que se forjó la vida que tiene hoy a base de trabajo, dedicación y creatividad. De orígenes artísticos humildes, empezó a componer su música en medio de recursos limitados y de la misma manera realizaba la producción de sus videos.
El artista nunca ha sido funcionario o contratista del Estado y por tanto su fama y fortuna vienen de ahí; no ha usado su popularidad para andar metido en “clavos” cotidianos; no vende sus discos sin dar facturas y tampoco ha perdido su ruta chapina o el contacto con nuestra realidad.
Que si el sonsonete es el mismo, que si falta a veces creatividad o que si debería venir a Guatemala y hacer conciertos gratuitos, son cosas que dan para las sobremesas, pero no deberían nublarnos respecto a lo que en realidad representa el cantante para el país.
Lo mismo pasa con nuestros migrantes. Hablamos de ellos por las deportaciones, las remesas y de vez en cuando por las políticas migratorias de Estados Unidos, pero no valoramos lo que son.
Son seres humanos extraordinarios que en medio de las mayores adversidades, logran llegar a su destino, conseguir trabajo a pesar que muchos no hablan inglés, trabajan todos los días en condiciones complicadas hasta en dos o tres lugares, duermen y viven en las peores incomodidades y pensando cuándo será el día que los agarren o logren legalizarse, pero aun así dan la cara por su familia, por el país y aquí nos tienen a flote.
¿Cada cuánto nos penemos a pensar lo que significa dejar todo para aquellos que desean buscar oportunidades? ¿Cuándo hablamos de esas causas que motivan a los nuestros a buscar nuevos horizontes? ¿Reparamos en nuestra incapacidad de generar oportunidades? ¿Nos damos cuenta que una vez alguien se labra su propio camino tendemos a minimizar o ignorar esas situaciones positivas? El día que realicemos que en las cosas positivas cotidianas está el futuro de nuestro país, será el día que tengamos nuevas y mejores rutas de desarrollo.
Y no solo Arjona y los migrantes son las cosas positivas de nuestro país. Todo aquel que día a día permanece en el lado correcto de la vida y con empeño y fe sigue caminando, le hace un tremendo aporte a la sociedad, mismo que lastimosamente no hemos tenido la claridad y determinación para valorar y agradecer de forma constante y ahí, fallamos colectiva y rutinariamente.
Sobre esas cosas positivas debemos cerrar filas si queremos mejorar como país, para que sea esa misma unión la que nos permita condenar los hechos deplorables de unos pocos que encima son vistos como héroes por un torcido sector de la sociedad.
Arjona bien dice que él quiere cambiar para cambiar lo que no le gusta. Lo único que le hizo falta es recordarnos que hoy somos culpables de lo que tenemos y únicos responsables de un eventual cambio.
Tenemos la excusa perfecta para sumergirnos en las cosas negativas y que sean estas las que nos absorban porque siendo tantas, en realidad tenemos justificación; pero como decimos en La Hora, de nosotros depende unirnos alrededor de lo positivo, ser cada día más los que nos podemos sentar en una mesa a “cranear” cómo incidimos en el bien y a partir de ahí, cambiar las condiciones para generar un avance. Arjona y los migrantes, son uno de los miles de ejemplos a seguir.