DESDE LA REDACCIí“N
Es una afirmación tajante, lo sé. Pero cada vez en Guatemala hay muestras de que para hacer política no hace falta tener colgado un cuadro de glorias académicas ni menciones ganadas a pulso del conocimiento nacional. Mucho menos valen los deseos de cambiar la estructura que mejoren las condiciones de vida de quienes han depositado la confianza en el candidato. No es mera gana de criticar el sistema, porque el mismo sistema hace puntos para desnudarse y presentarse ante la sociedad como la única alternativa para ostentar el poder, y como son la única alternativa, pues jódanse y déjenlos hacer lo que a su antojo protagonizan.
Sí, es cierto que en este país hay un abanico extenso de partidos políticos, y cuando no se logra reunir firmas para montar esta empresa, pues los ansiosos de poder se avientan un comité cívico y pescuecear una tajadita del sabroso pastel de quetzales. En algunas sociedades es saludable para su democracia oxigenar la tribuna electoral con opciones político partidistas y presentar ante los votantes sus propuestas, sin embargo, en Guatemala se ha vuelto una piñata en donde es muy difícil llegar a asimilar las verdaderas intenciones de cada político.
Hago la anterior argumentación a propósito del descalabro que tuvo el partido oficial esta semana. La partidocracia chapina permite que el que tenga una camisa de equis agrupación política con ínfulas de ideología importante, en cualquier momento se la quite y se ponga la de sus oponentes con ideologías distintas: de la noche a la mañana su forma de ver la vida cambió. Y, no hay nada más representativo que el cuadrilátero llamado Congreso de la República.
El sistema, permite en primer lugar que los ciudadanos no participen en elegir a sus candidatos que realmente los representen. Aquí, un grupo cualquiera se reúne para formar cualquier Partido-íšnico-Para-Salvar-a-Guatemala-de-Nosotros-Mismos e imponen una figurita de cara bonita y habla más o menos entendible. Con algo de razón dirían por ahí que eso es usurpar la voluntad de los ciudadanos.
Las instituciones políticas como tales; con solidez y trayectoria; con respeto y credibilidad; con trabajo y proyección; con ideologías fuertes y propuestas de cambio reales, son utópicas. Guatemala lo que tiene es meras plataformas que empujan caritas bonitas y los coloca a un costado de la ubre del Estado y los engorda cada cuatro años. No por nada somos el país latinoamericano -sino del mundo-, en donde se fabrican y se reciclan más partidos políticos.
El partido oficial dio muestras esta semana que independientemente de la figura que tenga cobijado -ya vimos a Eduardo Meyer y Rolando Morales-, no demuestra una verdadera cohesión política. Diez diputados se salieron por diferencias internas y el mismo presidente ílvaro Colom aseguró que «estorbaban» en sus filas. En corrillos se sabe que no son los únicos que han pensado retirarse, pero ya están poniendo orden dentro de las filas para no debilitar su fuerza y control político en el Legislativo. La fisura interna que recibe la UNE es un mal mensaje para la población acerca de la labor legislativa que se impulsa y de cómo se llevan las riendas de esta nación. Aquí, donde tal como dice el encabezado de estas líneas, no hay partidos políticos, sino meras caricaturas.
POR ESWIN QUIí‘í“NEZ
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