Suele suceder que cada vez que hay un crimen que nos conmueve hablamos de la pérdida de la capacidad de asombro, de la memoria corta de nuestro país, de la siempre trillada historia sobre otro crimen que quedará impune y hasta atribuimos a la suerte lo acontecido bajo la frase «estaban en el lugar y hora equivocados».
Si cada una de las víctimas de la violencia pudiera hablar, quizás agregarían más versiones a lo que pasó y por supuesto pudieran buscar en el destino o la suerte, esa respuesta que no se encuentra, ¿Por qué yo? ¿Por qué ese día no me levanté por el lado izquierdo de la cama?, ¿Por qué no dejé de responder aquella llamada?, o como la pequeña vendedora de dulces que murió la noche del sábado, ¿Por qué insistí en vender ese último caramelo? No soy muy creyente en la suerte o el destino y no me resigno a pensar en que ese debe de ser el consuelo para los que lloran a los que ya cayeron víctimas de la violencia, debe de haber una fórmula, por supuesto no para ser aprovechada electoralmente como ya hacen algunos partidos políticos que ante la enorme necesidad social de seguridad, ya nos venden, sin siquiera existir campaña, recetas, leyes o planes, no para salir del problema sino pura propaganda y demagogia. Uno de los atributos que menos me gusta que nos pongan a los guatemaltecos es que somos un pueblo estoico, aguantador, no me gusta, pues entre eso y desinteresado, miedoso, abusado o cobarde hay una corta distancia, tan corta que a veces se pierde de vista. ¿Pero qué hacer?, implementar la pena de muerte, incrementar las penas a todos los delitos, emitir leyes de moda como la ley antimaras, sólo por que otros lo hacen, armarnos hasta los dientes, elevar las paredes de las casas, vivir en ciudades amuralladas, transitar en carros blindados, enseñar a nuestros hijos a matar primero… En mi opinión, en nada de lo anterior está la solución, no son más que parches para este globo de helio llamado Guatemala que es llevado por las distintas corrientes de viento a diestra y siniestra. Guatemala ha perdido el rumbo, en tanto no comprendamos y enseñemos a nuestros hijos que debemos de volver a los principios morales, que una vida es sagrada, que las ideas se combaten con ideas, que el fin no justifica los medios, que solo en base a sacrificio, trabajo y esfuerzo podemos optar a buscar la riqueza, que todos tenemos derechos y obligaciones pero que no podemos exigir aquellos sin cumplir las últimas, que nadie es superior a la ley y que si esta existe y queremos vivir en un Estado de Derecho, es por que este nos distingue de un grupo de trogloditas que se matan los unos a los otros, como lo hacemos hoy. Hasta entonces nunca, lamentablemente nunca, tomaremos el control de nuestro destino, la suerte y de este globo de helio que tenemos por país.