Anton Corbijn resucita a Joy Division


Melancolí­a frí­a, romanticismo negro y desesperanza post-industrial: el fotógrafo Anton Corbijn hace revivir el universo sombrí­o del grupo inglés de «cold wave» Joy Division en su pelí­cula «Control», que rememora el destino trágico del cantante Ian Curtis y es bastante más que una simple biografí­a filmada.


«Control» inauguró la sección paralela Quincena de Realizadores del Festival de Cannes este jueves, ví­spera del 27 aniversario de que Curtis se ahorcara a la edad de 23 años.

La pelí­cula, muy bien recibida, habí­a despertado gran expectación. Joy Division, nacido en las cenizas aún calientes del movimiento punk, influenció a muchos grupos. Por otra parte, Corbijn, holandés de 52 años, que firma su primera pelí­cula, es un gran nombre de la foto y de los videoclips de rock, colaborador de Depeche Mode y de U2.

«Al principio no querí­a hacer una pelí­cula relacionada con la música porque me parecí­a demasiado previsible», cuenta a la AFP.

«Pero también fui consciente de la importancia de los años setenta y ochenta en mi vida, esta pelí­cula es una manera de cerrar cierta parte de mi vida», añade.

«La pelí­cula contiene música pero no es un musical», recalca Corbijn. «Espero que los espectadores entiendan que he intentado hacer una pelí­cula de verdad y no una biografí­a rock».

Al estilo de Gus van Sant en «Last Days», basada en el suicidio del cantante de Nirvana, Kurt Cobain, Corbijn se concentra en el sufrimiento y la soledad de Curtis, más que en la mitologí­a rock.

«Crecí­ en un medio protestante y todo estaba vinculado al hombre y a su manera de reaccionar en relación con su entorno», explica. «Resulta flagrante en mis fotos, sobre todo las primeras: no tienen como objeto la dimensión orgásmica de los conciertos, sino la creación y cómo le influyen las dificultades de la vida».

Joy Division vení­a de Manchester y, en los años setenta, Corbijn encontró en el norte de Inglaterra un terreno abonado ideal para este tipo de sentimientos.

«Inglaterra era muy pobre y los que elegí­an la música lo hací­an para escapar de esta vida», apunta. «En mi caso, la foto era lo único que me interesaba, y enseguida conecté con esta gente que sentí­a lo mismo que yo respecto al arte».

La pelí­cula está jalonada por las canciones más conocidas de Joy Division, de «Love will tear us apart» a «Atmosphere» pasando por «She’s lost control» (que inspira el tí­tulo de la pelí­cula) y «Transmission».

«Control» debe mucho a la interpretación de Sam Riley en el papel de Curtis. El actor inglés habí­a encarnado a un cantante de la órbita post-punk mancuniana, Mark E. Smith de The Fall, en «24 hour party people», de Michael Winterbottom, en 2002.

Corbijn ha optado por un blanco y negro muy contrastado, caracterí­stico de su estilo fotográfico. La puesta en escena es sobria y elegante, muy alejada de la estética «clip», que se hubiera podido esperar.

Un homenaje, en definitiva, digno del grupo Joy Division, transformado en New Order después del suicidio de Curtis, que ha influido de forma decisiva a grupos actuales, de Bloc Party a Interpol pasando por Editors.