Célebre fue la expresión de José Cecilio del Valle, conocido como el Sabio, pidiendo que se apresuraran los mal llamados próceres a declarar la independencia de Guatemala, antes de que la misma fuera declarada por el pueblo que ya empezaba a mostrar deseos independentistas. En otras palabras, se trataba de cooptar, como ahora se dice, al movimiento que impulsaba la independencia y adueñarse del mismo para controlarlo y así limitarlo a lo que convenía a la clase dirigente de la época, a los criollos y peninsulares que eran algo más que miembros de una sociedad de amigos del país porque se sentían y actuaban como si fueran una sociedad de dueños del país.
ocmarroq@lahora.com.gt
Ese origen de Guatemala como país independiente ha marcado mucho de nuestra vida a lo largo de los años transcurridos desde 1821 hasta la fecha, en los que la ausencia de una verdadera identidad cívica no es casual sino producto de un modelo de dominación que, hay que reconocerlo, ha sido inteligente, perdurable en el tiempo y transmitido de generación en generación y muy productivo para quienes lo mantienen.
Y es importante recordar la expresión de Valle, apresurando a que los dirigentes de la época tomaran la iniciativa en declarar la independencia antes de que lo hiciera el pueblo, porque ahora que en Latinoamérica empiezan a surgir movimientos fuertes que desde la base de los pueblos indígenas tratan de proyectar una fuerza política que ha tenido su máxima expresión en Bolivia, con la elección de Evo Morales, pareciera como si de nuevo estamos viviendo el mismo fenómeno. Antes de que sean los propios pueblos indígenas quienes decidan de pronto lanzar una candidatura propia para la Presidencia de la República, mejor proponer una bajo ese concepto de algún control que prevaleció en tiempos de la independencia.
Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz y Embajadora de Buena Voluntad del gobierno empresarial del presidente Berger, está a punto de convertirse en candidata a la Presidencia de la República en lo que es, evidentemente, un movimiento ladino que recuerda el origen de nuestra independencia. Antes de que lo hagan ellos, antes de que los indígenas puedan crear un movimiento autónomo y fuerte, mejor tener uno bajo la dirección de alguien que se ha identificado plenamente con un régimen conservador. Al fin y al cabo, la misma Rigoberta Menchú se congració con la clase dominante cuando avaló el violento desalojo de los invasores de Nueva Linda, lo que le valió ganar la confianza de quienes pueden financiar una campaña electoral de tal forma que puedan controlarla y establecer hasta dónde puede llegar dentro del modelo de dominación existente.
Una de las ventajas de esta candidatura es que la corrección política llama a no cuestionarla, a no criticarla para que no señalen al crítico de racista, de discriminador de la mujer indígena. No se puede negar que hay inteligencia en una acción que está prevista y proyectada para el largo plazo, para afianzar el mismo modelo que dio origen al país como Nación independiente y que, a pesar de los pesares, se ha mantenido sin variaciones importantes que rompan el molde. Cuando alguien se sale del guacal e intenta cambios novedosos y no avalados por el «Gran poder de Dios», inmediatamente se producen acciones correctivas que nos vuelven al redil. Y es que si algo tiene que reconocerse a los grupos dominantes en Guatemala es que pueden ser extremamente conservadores y hasta obtusos, pero nunca se han apartado de su línea y han ido heredando la estafeta con disciplinada compostura.