Antes de nacer ya era predestinado para la polí­tica


El joven hijo de la lí­der opositora Benazir Bhutto, Bilawal (centro) atiende a los miembros de una familia no identificada dí­as después del magnicidio que lo obligó a salir a la palestra polí­tica.

Tan incierto como el futuro inmediato de Pakistán, donde parece haber amainado el temporal polí­tico, es el porvenir que le espera a Bilawal, un joven de cejas pobladas que hereda de su padre la pasión por la hí­pica y de su madre un legado polí­tico rico en sinsabores.


A sus 19 años, Bilawal Zardari no sólo se quedó huérfano de madre, la asesinada ex primera ministra y lí­der opositora Benazir Bhutto, sino que recibió la herencia de una trágica dinastí­a acostumbrada a gobernar en Pakistán, desafiando un destino que se ensaña con el clan.

El joven, que se llamará a partir de ahora Bilawal Bhutto Zardari por las circunstancias, comenzó el año de luto.

La muerte de su madre en un atentado suicida encendió la mecha de la violencia en un paí­s que se preparaba a celebrar elecciones legislativas y provinciales el 8 de enero, aplazadas finalmente hasta el 18 de febrero.

El asesinato dio un vuelco en la vida de un universitario que, siguiendo los pasos de su madre, estudiaba en Oxford, lejos de los entresijos de la convulsionada polí­tica paquistaní­.

Sus ocho años pasados en Dubai, donde se exilió su madre hasta que en octubre pasado decidió regresar a su patria por motivos electorales, lo mantuvieron alejado de su tierra natal.

Pese a ello y a su juventud, la cúpula del Partido del Pueblo Paquistaní­ (PPP) de Bhutto lo eligió presidente del movimiento, un cargo que en la práctica queda en manos de su padre Asif Ali Zardari, nombrado copresidente y que cumplirá la función de regente hasta que termine su formación.

«La larga e histórica lucha por la democracia continuará», pronosticó Bilawal, vestido de riguroso luto y flanqueado por su padre, durante una conferencia de prensa el domingo pasado.

Aunque las últimas voluntades de Bhutto contenidas en su testamento polí­tico designaban como sucesor a su marido, la estrategia electoral del partido quiso que las miradas se girasen hacia el hijo, libre de sospechas de corrupción.

Y es que el viudo estuvo años entre rejas y se le conoce como el Señor 10% por el cobro de comisiones cuando su esposa era primera ministra.

Pese a su inexperiencia y a su larga estancia en el extranjero, se puede decir de Bilawal Bhutto que mamó la polí­tica en la cuna. Más aún, que la lleva en la sangre por parte de su abuelo materno, Zulfikar Ali Bhutto, el primer jefe de gobierno elegido por el pueblo en Pakistán que acabó depuesto y ahorcado por los militares en 1979.

Esta tragedia desató una rueda de desgracias que se ha cobrado las vidas de dos de los tí­os del benjamí­n del clan, muertos por envenenamiento o a tiros, además de la de Benazir Bhutto.

Al igual que sucede con otras sagas vecinas, como los Gandhi en la India, los Bhutto luchan por el cambio en el sur de Asia, una región donde la violencia parece haberse enraizado en la polí­tica.

«Mi madre siempre dijo que la democracia es la mejor venganza», declaró el domingo Bilawal.

Una venganza, que en palabras de su padre, consistirá en la participación en las elecciones, que ya ha confirmado su partido pese a estar en desacuerdo con el aplazamiento electoral.

La oposición paquistaní­, liderada por el PPP y la formación del ex primer ministro Nawaz Sharif, echa un pulso al presidente Pervez Musharraf, reelegido en octubre para un segundo mandato por sufragio indirecto.

Con su popularidad por los suelos, Musharraf, principal aliado de Estados Unidos en Asia en su guerra contra el terrorismo, no acaba de levantar cabeza.

A las consabidas presiones internacionales, cabe añadir las acusaciones internas que le acusan de estar implicado, al menos por negligencia, en la muerte de Bhutto. í‰l se defiende y dice que ni su gobierno ni los servicios de inteligencia tuvieron nada que ver en ella.

Mientras unos y otros se encontraban inmersos en una campaña electoral de desenlace incierto, entre acusaciones de fraude, Bilawal Bhutto partió con sus hermanas Bakhtawar y Asifa a su casa en el exilio de Dubai, donde residí­an antes de la muerte de su madre.