Como suele suceder con mucho de lo vivido, tengo la tendencia a idealizar mis recuerdos de la casa de mi abuela en San Antonio Suchitepéquez y cuando lo hago me entra la nostalgia. En esa casa nací y pasé en ella buena parte mi niñez y también de mi vida de juventud.. La había construido mi abuelo Pancho al que sus paisanos asturianos llamaban Pachín allá por los primeros albores del siglo XX y lo había hecho con sus propias manos algunos años después de haber dejado a sus padres en Candaz, una aldea de pescadores en provincia de Asturias, en donde con el resto de la familia -tenía 20 hermanos todos hijos de mi bisabuela; vivían de pescar sardinas.
Cuando yo era niño la casa de mi abuela ya estaba llena de fantasmas, esos fantasmas que en toda familia recuerdan historias de alegrías y tristezas, de épocas de bonanza y de carestía . Le decíamos la Casona y a mi me parecía encantada, me parecía ver en ella al fantasma del abuelo al que ni mamá ni yo conocimos; el murió 40 días antes de haber nacido mi madre a quien bautizaron María Francisca recordándolo a él que se llamaba Mario Francisco y por la misma similitud le decían Pachina. La casa estaba rodeada por una hermosa arboleda en donde resaltaba un frondoso árbol de mango de Manila que alfombraba el piso de frutos y que había sido traído de Filipinas, en aquel entonces era una variedad rara. Estaba sembrado junto a la vía del tren que pasaba lamiendo la cerca y haciendo temblar La Casona hasta terminar en la Estación a solamente una tirada de piedra y por eso las gentes de mi pueblo le decían La Casona de la Estación. Tenía cuatro corredores y el piso exterior era de ladrillo, el interior de un azulejo italiano tirando a ocre para hacer juego con el caoba de los ventanales. En esos ventanales para refrescar la casa cabían dos hombres con los brazos extendidos y llegaban del artesonado del techo hasta unos 20 centímetros del suelo, para entrar y salir de la casa era tan fácil hacerlo por las ventanas como por las puertas y el paso del aire le daba un frescor inigualable. Los corredores con sillones de lona y canapés de mimbre le daban espacio a cualquier cantidad de macetas en donde predominaban las exuberantes Colas de Quetzal y las hojas de Mano de León. Los dormitorios estaban todos comunicados y le daban espacio a una amplia sala con un comedor independiente circundado por cedazo fino. Hacia atrás un escritorio permitía ver el jardín que se extendía en un terreno de casi dos manzanas que terminaba junto al río que atravesaba el pueblo. Aprovechando el caudal mi abuelo construyó en ese lugar la primera fábrica de jabón que existió en Guatemala y más tarde la misma rueda hidráulica le sirvió para generar energía a una fábrica de banano deshidratado que exportaba a los Estados Unidos una empresa que la arrendó. junto a la casa y bajo techo se había construido una hermosa pila que usábamos a falta de piscina y en donde por supuesto se llevaban a cabo los menesteres propios de lavar la ropa. En los servicios sanitarios no se utilizaba el clásico inodoro de taza que ya había sido puesto en boga en Francia y en los Estados Unidos, disponíamos de lo que se llamaba excusado, una letrina de doble asiento con unas argollas para sostenerse y tomar puntería según decíamos los niños en plan de broma. En esa casa nacieron y vivieron mi madre y su hermana Gasparina hasta que las dos se matrimoniaron y allí también nacimos cuatro de los cinco hermanos Castejón García Prendes.
Contaba mamá que desde La Casona veían llegar a la Estación cuando eran niñas, con algarabía de pitazos y campana, un Vagón Especial de primera clase fletado por don Delfino Morales «El Tigre» – personaje de una novela del escritor Flavio Herrera-, señor de San Agustín Ixtacapa, con sus invitados que como la gente decía, «venían desde las Europas» para engalanar la fiesta patronal de la finca. Se pasaban los invitados enfrascados en un sinnúmero de entretenimientos desde jaripeo hasta carreras de cintas. Caballos finos y sementales de marca se vendían en el mercado de ganado y no podían faltar las peleas de gallo en un palenque construido para el efecto. Sin embargo, para los invitados y para las bellezas locales un atractivo especial eran los bailes del inicio y del final, amenizados por conjuntos llevados de la Capital y de Tapachula. Para los señores el mayor atractivo era la mesa de poker que abría a las siete de la noche y terminaba con el desayuno Ahí en una jugada sin precedentes don Raimundo Zollikofer perdió la Finca Chitalón, algo más de 500 caballerías que principiaba en Mazatenango y terminaba cerca del mar y también en esa mismo mesa Gonzalo Tojo el hermano mayor de mi abuela perdió la Finca San Antonio Tululá, parte de patrimonio familiar con todo el ganado y su correspondiente ingenio.
En esa Casona de la Estación escuchamos historias de la familia ligadas con los acontecimientos que vivió Guatemala en casi medio siglo. La I Guerra Mundial y lo que trajo ese mundo de la posguerra. La gran depresión de 1936 que se hizo sentir creando nuevos pobres y que en la costa sur coincidió con la caída del banano. La llegada de los alemanes al Ingenio Azucarero de Palo Gordo durante el auge del nazismo en Europa. Luego la II Guerra mundial y la venida de los gringos para la construcción de la base militar en el Aeropuerto de La Aurora que fue la razón por la cual emigramos con mis padres a Guatemala en busca de mejores oportunidades. El álbum familiar guardó algunas fotografías de aquellos años y yo recuerdo una que siempre me impresionó; una linda niñita muy rubia de unos 6 años que se llamaba Inge y era hija de un químico alemán de Palo Gordo que visitaba nuestra casa, sus padres y ella regresaron a Alemania atraídos por el auge del III Reich y en uno de los bombardeos masivos sobre Bremen durante la guerra una bomba desapareció a la familia entera.
Esta es solamente una divagación para variar un poco, las historias tejidas alrededor de aquella casa las estoy tratando de reunir en una especie de bitácora familiar, que pienso dar a conocer y dejar como legado a mis nietos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos, quizás algunos de ellos al pasar junto a lo que fue la Estación allá en mi pueblo y conociendo la historia digan: «Aquí estuvo La Casona en donde nació mi abuelo, el viejo que está en aquella foto».