Al acercarse el fin de año algo extraño nos invade dejando en la boca un sabor a frutas de ponche, unas dulces y otras ácidas.
Acuden a la mente a tropel personas, sucesos que han dejado en nuestra vida acuarelas y óleos llenos de luces tenues y explosivas como las pinturas de Van Gogh con sus girasoles.
Es bueno tener un libro de recuerdos y fotografías que nos traigan el pasado en un instante; pero hay muchos sucesos que están grabados en la memoria y al ponerlos frente a nosotros causan aquella alegría que sentimos cuando al destapar una caja, encontramos una cosa que creíamos perdida. En la juventud, el pasado está tan próximo que no amerita pensamiento; por otra parte al estar en la edad de alta productividad la mente está llena de hechos y sucesos inmediatos tan absorbentes que no dan margen a ocupar el tiempo en recordar; es al estar en la tercera edad en la que el pasado se yergue entre la bruma y proyecta a todo color las distintas etapas de la existencia, con sonidos y olores peculiares.
Lo que conviene es escoger aquellos recuerdos sobresalientes, fijarlos y enmarcarlos para poder disfrutar de lo que fue y de lo que pudo ser y adornarlo con flores de pascua y olor a manzanilla.