Añorada paridad


«Ignorar necesidades es reproducir discriminación.»

Cuando se habla de «pueblos indí­genas» o de «género», en muchos paisanos surge incomodidad y hasta rechazo. Seguramente porque pegado a estos términos aparecen apelativos que les sacan una especie de urticaria: racismo y machismo. Estos últimos, nos guste o no, han sido motores para ejercer la hegemoní­a histórica del poder de nuestra Nación. Si retrocedemos en la historia, podemos encontrar cómo las primeras Asambleas Constituyentes que levantaron nuestro Estado, estaban integradas únicamente por hombres, ladinos y metropolitanos. Sus discusiones en torno a mujeres e indí­genas eran plenamente paternalistas y asistencialistas.

Anabella Giracca

Siglos después, encontramos que la mayorí­a de las mujeres indí­genas siguen siendo pobres; únicamente han completado el cuarto grado de educación primaria y son las más desfavorecidas: matrimonios precoces, educación interrumpida, analfabetismo, embarazos frecuentes, aislamiento social, opciones de vida limitadas, feminicidio y pobreza crónica. ¿Será casualidad? Seamos claros: en esta situación hay una enorme dosis histórica de racismo y de machismo que se refunda una y otra vez.

Sin duda, hay que transformar las estructuras sociales en ví­as de la inclusión y la paridad. No podemos negar que nuestro entorno es discriminatorio y que hemos sido educados para la homogeneidad, cuando lo que tenemos es diversidad. En un Estado democrático, la diversidad no es negociable y debe prevalecer sin atropello, sin que se acentúen los estereotipos propios de la discriminación. La construcción de la patria se da con la participación de todos los ciudadanos, y, obviamente, mujeres e indí­genas son parte toral de ese «todos».

La aceptación de la paridad se da con el intercambio de formas de entendimiento, desde el corazón del sistema. No podemos seguir gobernando nuestro paí­s con hombres blancos o mestizos únicamente. Hasta la fecha hay bajos aprovechamientos de las polí­ticas compensatorias que realmente son necesarias e indispensables para no seguir promoviendo una ciudadaní­a de tan baja intensidad. Si no hay una polí­tica general de inclusión, entonces será muy difí­cil la inclusión. No olvidemos que ignorar necesidades ¡es reproducir discriminación!

Debemos construir sujetos de derecho capaces de desarticular las bases socioculturales de la discriminación y el machismo. Y eso se logra con una ciudadaní­a capaz de comprender la paridad. Capaz de promover identidades libremente elegidas, no confrontadas. Preparada para edificar nuevos referentes para la interacción social. Una ciudadaní­a preparada para la convivencia social sobre nuevas bases. Alentadora de la empatí­a y con la suficiente capacidad para ver que la participación polí­tica de mujeres e indí­genas es una verdadera necesidad.

Cuando aparece el gabinete de gobierno ante las cámaras, se pinta de cuerpo entero la exclusión en el ejercicio del poder. Como si estuviéramos reinventando el pasado una y otra vez. Qué bello el discurso de la inclusión; qué maravillosos comunicados publicitarios, cuando la realidad, en realidad, puya, pica, duele, arde, pincha, porque las palabras no se incorporan, ¡no logran volverse piel!

PD: Abrazos a Ewa Werner, Embajadora de Suecia. Reconocimiento por su compromiso y lucha por una auténtica paridad. Que le espere un buen y feliz camino.