Hace 45 años completamos la carrera de medicina, fueron años intensos pasados en la vieja casona de la 2ª. avenida de la zona 1 con sus hermosas columnas de pie haciendo guardia ante el antiguo Paraninfo Universitario. Sin duda fue el edificio emblemático de la Universidad de San Carlos en aquellos tiempos, aún más que aquel otro también señorial: la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales frente con frente al Congreso de la República. Esos ocho años vividos los pasamos visitando casi a diario la vieja Facultad de Medicina y durante todo ese tiempo vimos correr mucha agua debajo del puente de la vida nacional.
Hace algún tiempo apadriné a un amigo en su graduación y visité la nueva Facultad de Medicina de la Ciudad Universitaria. La verdad es que se me encogió el corazón al ver aquel desorden en donde prevalecía la anarquía: paredes con pintas, puertas y vidrios rotos, suciedad por doquier y al final un acto deslucido sin la solemnidad que tenían las graduaciones en el viejo Paraninfo gracias al protocolo iniciado cuando fue Rector el doctor Carlos Martínez Durán.
En la década de los 70 compartiendo la Cátedra de Crecimiento con el doctor Gustavo Castañeda, nos contaba de sus tiempos cuatro décadas atrás, cuando la disciplina y el respeto existente entre maestros y alumnos era cosa natural, la veneración a la Escuela y su cuidado eran parte de la tradición universitaria en medio de la algarabía estudiantil.
Hoy los viejos maestros han desaparecido, nadie sabía nada del doctor Mauricio Guzmán el famoso anatomista, ni del doctor Miguel Molina manejando las minuciosidades de la neuroanatomía, o las amenas clases que más que de patológia eran de ética del mencionado doctor Martínez Durán. También se echa de menos las enseñanzas de Pilo Tejada Valenzuela con el cigarrillo en la boca, hurgando entre las vísceras del cadáver para verificar las causas de muerte sin olvidar el curso de Técnica Quirúrgica con el doctor Roberto Arroyave.
Esa faceta de casi ocho años de estudio traía el paso obligado por los hospitales para complementar el aprendizaje intramuros con la práctica. Los Centros obligados eran el San Juan de Dios conocido por todos como el Hospital General construido después del terremoto de 1919 y el Hospital Roosevelt que entró en funcionamiento allá por 1957.
Los comentarios sobre los maestros, al estilo de los viejos «patrones» de la Escuela Francesa caminaban de boca en boca, algunos todavía usaban el clásico delantal blanco a la cintura. Era proverbial el diagnóstico certero de los doctores Ernesto Alarcón y José Fajardo La pulcritud quirúrgica de los doctores Pablo Fuchs y Eduardo Lizarralde. Las excelentes cátedras del doctor Francisco Bauer Paiz. La auscultación cuidadosa de los soplos cardíacos y su significado por el doctor Gerardo Alvarado Rubio. El juicio clínico y la técnica del doctor Rodolfo Herrera Llerandi, además de la destreza ortopédica del doctor Jorge Von Ahn. La admirable entrega a sus pacientes de Carlos de la Riva y las visitas al lado del enfermo de mis maestros Pediatras Carlos Monzón Malice, Víctor Argueta Von Kaenel y Juan Wyss. Por último la presencia jovial del doctor Ramiro Gálvez Asteguieta cirujano todavía en funciones con sus casi 75 años.
Fuimos más de 50 los médicos graduados en 1962 y dentro de ellos surgieron grandes especialistas a quienes reconozco sus capacidades y también el éxito obtenido. También reconozco a otros, a lo mejor menos afamados y con menos éxito económico, pero que igual han servido a la sociedad en forma impecable quizás desde modestas posiciones, ellos hacen honor a las palabras de aquel juramento que emocionados pronunciamos ese día: Juro solemnemente consagrar mi vida al servicio de la humanidad.