Una madre en busca de su hija o un empleado sin poder ubicar a sus dos colegas eran situaciones como tantas vividas hoy por los habitantes de Padang, donde miles de personas se encontraban desaparecidas después del violento sismo de anoche.

Con los ojos enrojecidos, la mujer mira expectante hacia los socorristas que trabajan en medio de las vigas y restos de un muro.
«Estoy esperando aquí desde ayer. No he vuelto a mi casa y no hago más que rezar para que mi hija esté viva», confió Andriani, una madre de 49 años que sólo espera ver salir de los escombros a su hija de 14 años.
Ayer a las 17:16 horas, cuando se produjo el terremoto, la muchacha estaba en cursos de recuperación.
El violento sismo de magnitud 7,6 arrasó la pequeña escuela, como cientos de otros edificios de Padang.
El tercer piso se desplomó sobre dos salas de clases, dejando atrapados a decenas de alumnos.
Orientándose por los gritos que salían de los escombros, los socorristas consiguieron sacar a nueve muchachos sanos y salvos. Pero también los cadáveres de otros ocho.
Al exterior, los servicios de socorro han entregado sacos de color naranja y verde para colocar allí los otros cuerpos que deben ser extraídos.
Escenas como ésta se han hecho habituales en Padang, una gran ciudad portuaria con más o menos un millón de habitantes que, como la mayoría de las ciudades indonesias, viven en febril actividad día y noche.
En las afueras del principal hospital, decenas de cadáveres están alineados en sacos de color amarillo.
Temiendo la peor de las realidades, aquellos que buscan a algún desaparecido dan vuelta alrededor tratando de adivinar algún signo familiar.
En el hotel Mariani, de ocho pisos, su propietario Arif Husein relata cómo tranquilizó a un cliente que se encontraba atrapado entre los escombros del vestíbulo.
«Le dije que no se agitara mucho para guardar sus energías. Esta mañana, a las 08:00 horas una excavadora comenzó a remover los escombros del hotel», explicó.
Por todas partes se ven mantas, así como restos de los equipos de aire acondicionado y de camas.
No muy lejos del centro de la ciudad, un gran trozo de muro está caído sobre un montón de vigas dislocadas de un garaje de cuatro pisos del cual no quedan más que dos metros de escombros. Al exterior, tres automóviles aparecen con el techo aplastado.
La mayoría de los quince empleados que trabajaban en él consiguieron evacuar a tiempo el edificio, pero dos de ellos no tuvieron tanta suerte y sus cuerpos fueron recuperados durante la noche.
«Tengo miedo de que haya otros atrapados allí» comentó Herli, de 24 años, el guardián del inmueble que pasó la noche al exterior del local.
Si bien se felicita de estar, él y su familia, sanos y salvos, se pregunta también de qué va a vivir en el futuro.
«No se lo que va a ocurrir ahora que el garaje está en este estado», se pregunta.
Cruces en tumbas improvisadas emergen de un paisaje desolador de cadáveres y piedras que da la impresión de que el fin del mundo llegó a Lalomanu, una pequeña localidad turística de las islas Samoa aniquilada por el tsunami.
«Es un desastre para Samoa. Jamás había visto algo igual», dice Tony Hill, responsable de una agencia encargada de las operaciones de socorro.
De las pequeñas casas típicas y de los hoteles al borde de la playa sólo quedan muertos y escombros. En este pueblo en el que vivían hasta hace 24 horas varios cientos de habitantes, no hay un solo edificio en pie.
Según un nuevo balance, el tsunami que azotó el martes las islas Samoa causó 150 muertos.
Entre los escombros, los socorristas encontraron una mochila que contenía fotos de familia, en el mismo lugar de donde habían sacado varios cadáveres poco antes.
«Seguimos encontrando cuerpos. Hoy ya sacamos 30 ó 40» de las ruinas, dice a la AFP Lapa Tofilau, voluntaria de la Cruz Roja.
«Y eso sin contar los que la gente saca por sí misma y lleva al hospital o entierra. Hacemos todo lo que podemos para encontrar a las personas desaparecidas», agrega.
Policías y socorristas del ejército australiano recorrieron las colinas aledañas y las ruinas del pueblo en busca de cuerpos, en tanto un avión del ejército neozelandés sobrevuela las costas para tratar de localizar eventuales víctimas en el mar.
En las playas, los policías sondean con bastones los montones de desechos.
Hasta hace dos días, estas playas eran paradisíacos lugares de arena blanca que acogían turistas.
En las islas Samoa, el panorama de desolación es idéntico en todas partes.
A poca distancia, en el pueblo de Poutasi, los aldeanos están traumatizados todavía por el descubrimiento de los cadáveres de una mujer y de su hijita, lanzadas contra los árboles por las olas gigantes.
Un habitante cuenta que su tía fue lanzada por las aguas contra un barco con tal fuerza que se fracturó el cráneo.
Los equipos de socorro que trabajan con una grúa hacen una pausa al pasar una procesión religiosa en honor de las víctimas de la catástrofe.
«No hubo alerta, no sonó ninguna sirena. En solo un minuto, apenas alcanzamos a ver la enorme ola cuando ya había caído sobre nosotros», dice a la AFP Lonnie Mai, una habitante del pueblo.
«No sé de qué manera describir lo que pasó, es como si una montaña saliera del océano», cuenta Meleisea Sa, concejal del pueblo de Poutasi.