La angustia crecía entre los habitantes de Puerto Príncipe tras el anuncio de Estados Unidos de que reducirá su despliegue militar en Haití, en medio de advertencias sobre la irrupción de pandillas en la capital destruida por el sismo del 12 de enero.
«Si se van los estadounidenses, habrá muchos problemas después» en términos de seguridad, dijo Lucien Samedi, de 23 años, un sobreviviente del sismo que se refugia en uno de los tantos campamentos custodiados por soldados estadounidenses.
El martes responsables militares anunciaron que un buque-hospital estadounidense dejará aguas haitianas en los próximos días tras una misión humanitaria de siete semanas, en la que desempeñó un papel clave ayudando a víctimas del sismo.
El «USNS Comfort» partirá de Haití hoy y llegará a Baltimore (Maryland, este) el domingo, informó el Mando Sur del Departamento de Defensa estadounidense, pues se lo necesita menos ahora que las infraestructuras médicas y los hospitales de campaña en Hatí son capaces de asumir un mayor papel.
Estados Unidos anunció además que prevé reducir de 11 mil a 8 mil el número de militares desplegados en Haití para labores humanitarias.
«Esperamos que el contingente de Estados Unidos se reduzca a alrededor de 8 mil soldados a finales de semana», dijo Jose Ruiz, responsable de las operaciones militares del Comando Sur en la zona.
Durante las operaciones internacionales de ayuda humanitaria, Estados Unidos llegó a desplegar hasta 20.000 soldados en Haití a causa del sismo que dejó unos 220.000 muertos.
«No puedo especular sobre lo que pasará después del fin de semana», agregó el también portavoz militar, y señaló que el Comando está evaluando constantemente el número de tropas necesarias en Haití.
El retiro de soldados preocupa a una población traumatizada por el sismo en un país de violencia rampante. La policía advirtió sobre la irrupción de violentas pandillas, reforzadas con la fuga de presos peligrosos de las cárceles durante el sismo.
«Estos presos fugados son un peligro para la población. Están armados», advirtió el inspector de policía Rosemond Aristide, a cargo de la seguridad del barrio de Cité Soleil, la mayor villa miseria de América Latina y donde se esconden muchos de ellos.
«Los estamos buscando. Ya hemos recapturado a unos 20. Pero no nos animamos a entrar a buscarlos por miedo a los daños colaterales», añadió.
Uno de los fugados, que pidió el anonimato debido a su situación, destacó que había pocas posibilidades de que los detuvieran dentro de los límites de Cité Soleil.
«Estamos en nuestro territorio aquí, protegidos por los locales», aseguró este joven.
Otro fugado, muy conocido en el hampa de Haití bajo el nombre de Ti Blanc, dijo por teléfono a la AFP que los temores de las autoridades estaban infundados, y que ellos habían cambiado de estrategia.
«Hemos regresado con una nueva visión de las cosas. Le decimos No a la violencia. Sólo promovemos la fe en Dios», dijo este convicto, quien fue condenado a cadena perpetua por homicidio y secuestro, y que había sido extraditado desde Francia.
Los locales se niegan a comentar sobre la presencia de criminales en el barrio.
«No son un problema para nosotros. Y nosotros no queremos ser un problema para ellos», comentó un vecino de Cité Soleil.
Pero para la mayoría de los habitantes de Puerto Príncipe, la presencia de soldados estadounidenses era una garantía.
«Me da pena que se vayan, por que hacen mucho para ayudar a la gente aquí, sobre todo en la seguridad», comentó Natascha Sincere, de 22 años, mientras colgaba la ropa en un campamento instalado en lo que fue otrora un campo de golf.
Pero para algunos soldados estadounidenses la estadía fue más que suficiente.
«Me quiero ir cuanto antes», dijo el militar Michael Bennet.
Con los ojos desorbitados y los miembros agitados la mujer comienza a cacarear como una gallina aterrorizada y se pone bruscamente en cuclillas.
En una casa de Cité Soleil, un barrio de chabolas de Puerto Príncipe, la ceremonia vudú está en su punto máximo. Alguien ata una tela roja al brazo de la mujer, que deja de sacudirse.
Para los fieles, la mujer está poseída por un espíritu de los fallecidos -uno de los 220.000 que se estima murieron en el terremoto de enero en Haití- y en cierta forma está entonces bendecida.
Cuando toma un cuchillo oxidado y comienza a recorrer la pieza, tomando sorbos de una botella que contiene alcohol con sabor a cereza, no se alejan. En cambio, la abrazan y la besan. Y de esa forma también son bendecidos.
Pese al fervor compartido en este rincón de Cité Soleil, un barrio extremadamente pobre duramente afectado por el terremoto, los practicantes de vudú se sienten acosados.
Su culto, proveniente de Africa occidental y que llegó a Haití con el comercio de esclavos, es acusado por algunos seguidores de los cada vez más extendidos cultos cristianos -evangélicos, adventistas del séptimo día, bautistas- como la causa de la ira de Dios que golpeó a su país.
«Dicen que somos los que causamos el terremoto. Pero nosotros sabemos que no somos responsables, porque es una catástrofe natural», explica a la AFP Willer Jassaint, uno de los sacerdotes vudú, llamados houngan.
Las acusaciones se volvieron violentas cuando el 23 de febrero un grupo de cristianos evangélicos lanzó una andanada de piedras a quienes celebraban una ceremonia vudú en Cité Soleil.
Dos días después Max Beauvoir, jefe supremo del vudú haitiano, prometió «una guerra abierta» si había una nueva agresión.
Por ahora nada de esto ha ocurrido, pero en las calles y las atestadas iglesias de la capital haitiana se percibe la animosidad contra los cultores del vudú.
Gran parte proviene del hecho de que el vudú tiene más seguidores entre los sectores más pobres de Haití, una estigmatizada mayoría en el país más pobre de América.
La práctica también le recuerda a muchos el reino del terror instaurado por Francois «Papa Doc» Duvalier y su hijo Jean-Claude «Baby Doc», que entre 1957 y 1986 se apoyaron en esta creencia para mantener su dictadura.
Hoy el vudú sigue siendo una religión oficial y se estima que más de la mitad de la población practica al menos algunos de sus elementos, a veces mezclado con el catolicismo.
Frente a una iglesia atestada de gente el domingo, varios haitianos cristianos estuvieron de acuerdo en que acusar al vudú de los males de Haití era tan supersticioso como el propio vudú.
No obstante, para Vilherne Petitfrere, una fiel que asistía a la misa del domingo, el terremoto generó una mayor devoción en la gente.
«Cuando tienes miedo, le rezas a Dios, es la naturaleza. No acudes a nadie excepto a Dios. Por eso la iglesia ha estado llena en los últimos días», dijo.
En la ceremonia vudú, en tanto, los cánticos y bailes terminaron. Pero los sacerdotes anuncian que quieren realizar ceremonias más grandes en los próximos días, para liberar a los espíritus de los muertos.
«Tenemos que mantener nuestra religión ahora (…) Porque nuestra religión es nuestra alma, es parte de nosotros», asegura Willer Jassaint.