No tengo claro cuántos no lo quieren reconocer, pero sí parece evidente que son muchos a quienes el pontificado del Papa Francisco tiene inquietos. La semana pasada, por ejemplo, The New York Times publicó un extenso artículo que expresaba la preocupación de algunos cristianos, entre ellos notables personajes del ámbito teológico, relativa al rumbo de la Iglesia según las declaraciones del nuevo pontífice.
Hay cristianos en nuestros ambientes que no lo reconocen públicamente. Recientemente estuve en una reunión entre allegados al Opus Dei y al hablar de ello se mostraron políticamente correctos al expresar que la supuesta preocupación es infundada. “Nada de lo que ha dicho el Papa es contrario a lo afirmado en el Catecismo de la Iglesia”, me explicaron.
Pero sus expresiones no mienten y mientras más tratan de racionalizar sus respuestas, en el fondo rechazan las formas en la que el Papa jesuita se comunica con la gente. Incluso en una entrevista reciente al Arzobispo de Los Altos, Mario Alberto Molina Palma, habló de esa forma “tan espontánea” de hablar de Francisco. Y cuando se le pide que explique el significado de algunas expresiones, prefiere decir no sin cierta molestia que es mejor preguntárselo a él.
Es inocultable que muchos conservadores no se sienten felices con este Papa y se vuelve claro cuando suspiran al hablar de Juan Pablo II y Benecito XVI. Ellos son para el Opus Dei, por ejemplo, los guardianes de la fe, los líderes religiosos valientes que contra viento y marea condujeron atinadamente a la Iglesia. Algo que dudan en el fondo que haga el Pontífice actual.
¿Por qué esa actitud poco sincera de nuestros cristianos en comparación con las expresiones de los religiosos norteamericanos? Supongo que es cuestión de carácter o malformación religiosa. Creo que los cristianos estadounidenses no se sienten traidores a la Iglesia ni a su fe si comparten su malestar a los cuatro vientos, mientras que los nuestros sospechan ser imitadores de Judas Iscariote si se muestran inconformes.
La Iglesia actual tiene que vérselas como en la antigüedad no solo con adversarios externos, en aquellos tiempos los poderosos emperadores romanos que combatieron a la Iglesia e intentaron aniquilarla, sino también con enemigos internos, ideólogos del conservadorismo que no son menos peligrosos y crueles que aquéllos. Esa es la batalla que libra hoy el Papa Francisco y está por verse si logrará salir airoso de esos pocos angelicales desencuentros.