Eduardo Blandón
Si nos atenemos a aquello que dicen escribió san Agustín, obispo de Hipona, en relación a que «la verdad, hállese dónde se halle, proviene del Logos», es posible que en un libro proveniente de la fe neoliberal, también encontremos algún barrunto de «verdad» para el provecho de nuestro conocimiento.

Creo que los lectores saben que el señor Oppenheimer proclama su devoción regularmente en los artículos que escribe, publicados en varios periódicos del mundo. Desde ellos, hay que reconocer su honestidad, el autor proclama a los cuatro vientos los salmos repetidos como antífonas del ideario libertario, base del desarrollo y crecimiento de los pueblos (según él).
Digo que se repiten porque efectivamente hay un leitmotiv en los cánticos. Se dice, por ejemplo, que la privatización conviene a las naciones progresistas e inteligentes. La experiencia ha demostrado, indica, que el Estado es mal administrador y debería dedicarse a pocas cosas. Igualmente, se sugiere que el camino del desarrollo viene por la vía de las inversiones. Un país que no abre sus puertas, explica, difícilmente podrá atraer a las empresas que tanto bien hace a los países.
Por otro lado, el autor se maravilla por el «boom» de las naciones que salieron de la pobreza y revolucionaron sus economías. La admiración es incontenible frente al milagro asiático, Polonia e Irlanda. Para el periodista tal salto cualitativo se debe convertir en modelo para los políticos que buscan fórmulas de desarrollo en lugares equivocados.
No hay nada qué inventar, sugiere. Irlanda y Polonia fueron países tan, o más pobres, que Argentina y México, sin embargo, con una visión clara de sus gobernantes y sacrificio de la población en general, se convirtieron en economías de crecimiento casi imparable. Basta con tener cuidado en el gasto público, no se despilfarrador, trabajo fuerte y mucha educación para asegurar un futuro mejor.
Para Oppenheimer el tema de la educación no es accesorio. Esos países, ahora promisorios, son lugares en ebullición educativa. Los niños tienen un sistema educativo bien concebido, los colegios se concentran en el idioma inglés y los universitarios se aplican en carreras prácticas, como la tecnología, por ejemplo. Sólo los países que invierten sabiamente pueden progresar, asegura.
Y, por ejemplo, en el tema educativo, critica a países como México cuyo presupuesto universitario es desproporcionado. Un sistema así es errático, dice, porque hace que demasiado dinero se vaya por el caño. Lo que sucede, explica, es que México (como otros países del hemisferio), no cuidan el dinero, lo gastan mal. Más que en profesores en personal burocrático.
Pero, además, arguye, nuestras universidades no realizan ninguna selección de estudiantes. Son centros donde todo mundo entra. Así, están abarrotadas de aspirantes que, en muchos casos, no tienen ninguna calidad. De hecho, amplía, hay alumnos que pasan años, sin aprobar cursos. Ese es un drenaje inútil para la economía de un centro de estudios.
La prueba de lo dicho, según el columnista del Miami Herald, es que hay pocas universidades en América latina reconocidas mundialmente. En el caso de México, indica que la universidad estatal ocupa el lugar doscientos, dentro de la constelación de centros de capacitación profesional global. No es buena universidad, dice, porque gasta irresponsablemente.
«La UNAM de México y la UBA de Argentina son dos vacas sagradas en sus países, que pocos se atreven a criticar, a pesar de que son monumentos a la ineficiencia y una receta para el subdesarrollo. Cuando se publicó el sondeo de The Times de Londres, por ejemplo, la mayoría de los periódicos mexicanos publicó la noticia -tomada de los jubilosos boletines de prensa de la UNAM- como si la evaluación hubiera sido excelente. El titular en la primera plana del Reforma, el periódico más influyente de México, decía: «Está la UNAM entre las doscientas mejores». «La Universidad Nacional Autónoma de México es una de las doscientas mejores del mundo y es la única institución de educación superior latinoamericana en un estudio realizado por el suplemento especializado en educación superior del diario londinense The Times», decía el artículo».
Otra idea capital de Oppenheimer tiene que ver con las opciones de los estudiantes en la escogencia de sus carreras. Es inaudito, señala, que en América latina las universidades estén a reventar de aspirantes a la psicología, al derecho, la literatura y/o la filosofía. Estas no son carreras de mucho provecho, expresa. Los países inteligentes preparan a los jóvenes en ingeniería, matemática, química, sistemas… pero no, en derecho.
«En China, por ejemplo, se gradúan 350 mil ingenieros por año y en India unos 80 mil. Comparativamente, en México se gradúan 13 mil, y en Argentina 3 mil, según datos oficiales. Claro que China e India tienen poblaciones muchísimo más grandes y por lo tanto producen más ingenieros. Pero su cantidad de graduandos en ingeniería es un factor importante en la economía global: a la hora de escoger en qué países invertir, las empresas de informática y otros productos sofisticados van a buscar a aquéllos que tengan la mayor mano de obra calificad disponible, al mejor precio».
El autor deja ver que el sistema educativo tiene que reformarse para ampliar no sólo la cobertura sino orientar a las generaciones en profesiones de futuro. Ninguna economía desarrollada tiene tantos psicólogos como las nuestras, reprocha. Y, si seguimos así, evidentemente no progresaremos, continuaremos siendo economías basadas en la agricultura y materias primas.
«Los países que más patentes registran, claro, son los que más invierten en ciencia y tecnología. En esa categoría están Estados Unidos, que invierten 36 por ciento del total mundial destinado a investigación y desarrollo, la Unión Europea, 23 por ciento, y Japón, 13. Comparativamente, los países latinoamericanos y caribeños invirtieron apenas 2.9 por ciento del total mundial destinado a investigación y desarrollo en 2000, según la publicación Un mundo de Ciencia de la Unesco».
Cuentos Chinos es un libro muy bien redactado y ampliamente documentado. Pero si usted siente poco ánimo en leer un texto apologético de la doctrina neoliberal, excluya la empresa. A los demás, se lo recomiendo.