De niño conocí a doña Rosario Lem, verdadero icono poqomchí, de cabecita de algodón. Tuvo aIto perfil, trabajadora incansable, cariñosa, amable atenta, sirvió de nana a gente de elevada condición social; estimada por la comunidad, tanto en el mercado como en su casa del barrio de San Sebastián, correspondiente a la villa de San Cristóbal Verapaz.
En mi adolescencia constaté que superando los 80 años proseguía firme en condición de romera y para tal finalidad, sin falta alguna, los preparativos incluían dos pares de caites de suela de hule y desde luego el bastimento en sus alforjas contenía: carne, cecina, tamales de maíz, frijoles fritos y tayuyos, además buena provisión de pixtones y suficientes tortillas.
Gozó de amplia popularidad entre ladinos y congéneres poqomchís, quien siempre de manera respetuosa alcanzó la escala de Tí, calificativo merecido a señoras de la tercera edad. Para mayores datos importantes a ella el tratamiento resumido consistía en llamarla Ti Rux Lem, porque el grupo étnico al cual perteneció significa, equivalente a señora Rosario Lem.
Todo un ritual específico, sin duda apegado también a sus antiguas teogonías era llevado a cabo, en medio de los escaparates de sus imágenes católicas, abundante incensario de la habitación especial a base de pom, incienso abundante hasta la respectiva saturación, con miras a implorar las bendiciones atinentes a lo largo del viaje en jornadas diversas.
Frente al Cristo Negro solía permanecer de rodillas, ajena a ocupar una banca para el necesario descanso, sin siquiera parpadear, con la vista fija al Cajau-Dios, cuyo significado es obvio en la lengua de Cervantes representa Señor Dios, pero en una expresión de alto valor y calidad. Hizo reiteradas visitas a la bella imagen del arte imaginero de la época colonial.
Nunca jamás trascendió en sus paisanos le sucediese algún percance en los aludidos viajes romeristas, ayudada fielmente por su firme fe y espíritus religioso, merecedor de ejemplo verdadero. Pero el tiempo inexorable no hace excepciones por nada del mundo. Tras corta y penosa enfermedad que la tuvo postrada, servida por su familia unida y numerosa.
Sectores poblacionales numerosos estuvieron al tanto del proceso final. Diversos turnos se formaban con el propósito de timbre social consistente en visitar a los enfermos, subrayado por la labor social en estos tiempos.
Cuando ya la tarde declinaba y daba paso a la negra noche expiró ante el dolor de toda su gente que en vida fue objeto de amplio y reconocido respeto y estima generalizada. En un semanario ya desaparecido editado en Cobán fueron publicada unas letras postreras en su homenaje, merecedor de reconocimiento, precisamente con el encabezamiento de Se fue la Ti Rux Lem.