Amor y recuerdo de nuestras madres


De las fechas que celebramos en el mundo actual, el dí­a 10 de mayo es con toda seguridad la de mayor trascendencia e importancia, ello se deriva a que es la celebración del Dí­a de la Madre.

Juan Francisco Reyes López
jfrlguate@yahoo.com

Hombres y mujeres nacemos, nos gestamos y desarrollamos durante nueve meses en el seno de nuestra madre. De ella recibimos los nutrientes que determinan nuestro desarrollo fí­sico y en parte recibimos la genética que nos da muchas de nuestras caracterí­sticas.

 

Al nacer no hay persona a la que nos encontremos más ligados, más cercanos que nuestra madre, es ella quien nos cuida, educa y transmite la formación inicial. Difí­cilmente hay quien nos influencie más o quien esté más pendiente y dispuesta a todo sacrificio por nuestro bienestar y comodidad. 24 horas al dí­a, 365 dí­as al año, está a nuestro lado, ama y protege a sus hijos de igual forma: al más grande porque nació primero, al de en medio porque es el segundo y al más pequeño por esa misma razón.

 

No importando cómo los hijos y las hijas sean, una buena madre no les niega su amor y comprensión. Las heridas morales o fí­sicas que recibe de su prole busca explicarlas y justificarlas, al extremo que como lo relata una fábula, un mal hijo que hiere de muerte a su madre, al hacerlo se lastima un dedo; la madre moribunda, sin preocuparse de sí­ misma, cuando este hijo malvado le arranca el corazón le pregunta al verlo herido levemente ¿Te has hecho daño hijo mí­o?

 

Cada uno de nosotros tiene la vivencia de lo que en su vida ha sido su madre y son muy raros los casos en los que la vivencia es negativa. En lo particular, no hay ser del que pueda yo decir que tengo un mejor recuerdo, una mayor admiración: Mi madre fue una mujer que desde los 15 años afrontó la vida, se convirtió en un ejemplo, en una matriarca que apoyó y ayudó a su esposo, a sus hijos, a sus hermanos mayores, a mis primos, a sus nietos y bisnietos que alcanzó a conocer. Esa hormiga dedicó su vida a trabajar los 365 dí­as del año, a servir a su familia, a su prójimo y a no servirse de ellos; a Dios gracias, no fue una cigarra.

 

Recordar su ejemplo, la trascendencia que tuvo para propios y extraños me obliga a testimoniar mi respeto y admiración por todas las madres, en especial por las madres guatemaltecas, multiétnicas, multiculturales y multilingí¼es. En su memoria, en su recuerdo visité uno de los asilos existentes en la capital y entregué un obsequio a cada una de esas bellas personas a las que Dios las ha coronado con una blanca cabellera, con un rosario de recuerdos y la piel marchita pero enriquecida de los dones que le han entregado a su familia, en especial a sus hijos y a sus nietos.

 

Espero que mis compatriotas, sin distingo de credo, raza o posición social, hayan elevado una plegaria al Altí­simo y si tienen a su madre le hayan depositado un beso en la frente. El 10 de mayo es un dí­a que debimos haber tratado que transcurriera en familia y de ser posible en el seno del hogar donde nuestra madre viva, para que así­ rodeándola todos y cada uno de los integrantes del núcleo familiar, hayamos expresado nuestro amor y nuestro respeto, repitiendo «Madre sólo hay una y como ella ninguna».

 

Si por el contrario, ese ser tan especial ya no está fí­sicamente presente, debemos tomar un momento para agradecerle a Dios el tiempo que  la tuvimos, el ejemplo que nos dio, el amor que de ella disfrutamos y emulando el momento en el que en la misa nos damos la paz, miremos a nuestro alrededor y démosle un abrazo, una muestra de respeto y de cariño a una o varias de las madres que sin dudarlo se encuentran a nuestro alrededor.