Amor incomparable


No cabe el ofuscamiento por una pasión referente al amor incomparable que brinda a manos llenas la Madre. Es una auténtica vivencia por ella generada que satura el entorno de un encantamiento único en su género. Tampoco caben parangones ni similitudes al respecto, en virtud que huelgan calificativos a tí­tulo de la última palabra.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

El calendario fugaz a la altura del mes de mayo, consagra justo la fecha 10 de dicho mes, como homenaje merecido en nuestro medio al ser extraordinario. Imposible resultan las cinco letras del vocablo con el propósito de compendiar toda su finalidad, plurales y hondas responsabilidades que implican de principio a fin sus acciones.

Cinco letras conforman el tierno término de Madre, al igual que el nombre de Marí­a, la Madre de Dios. Las mieles del amor puro, sincero y fiel emergen de su alma con generosidad abundante y abnegación desde el alba poblada de robustez, hasta el ocaso aparejado de sombras, antesala presurosa de la noche exigente de cobijo maternal.

A partir de la concepción y después durante la vida intrauterina, la autora de nuestros dí­as prodiga ternura y amor incomparables. Constituye para ella el destino que habrá de hacerse verbo cada vez. Doble tarea representa ver y velar simultáneamente por su propia persona y la del ser que viene a corto plazo con relatividad.

Esa gestación que abarca un promedio normal de 9 meses constituye la condición sublime de formación y calidad de maestra por una noble vocación. La espera depara sacrificios múltiples, denodados esfuerzos y privaciones inclusive, resultante precisamente del amor incomparable. Por su propia naturaleza propicia elementales signos formativos.

La Madre y su amor incomparable demuestran paradigmáticamente este sentimiento inscrito en renglones y sobre todo, hechos notorios cuando cumple con la admirable lactancia materna a su bebé de género femenino o masculino. Contemplar con ojos de reconocimiento el cuadro humano en mención, rebasa cualquier sentido de esas imágenes.

A manera de significativa reciprocidad, en la misma lí­nea amorosa el ser de sus entrañas pronuncia el primer vocablo de su incipiente lenguaje al calor grandilocuente del momento. Qué instantes ubicados en el nivel afectivo por excelencia cuando se escucha la armoní­a y explosión de ternura de la aludida voz de «Mama» (sin tilde).

Relega por voluntad propia sus intereses y necesidades, con tal de atender noche y dí­a a su criatura. Sin afectarle en lo más mí­nimo desvelos, dedicación por completo a su vástago. Arrullarlo es dale aliento y vida necesaria, lo mismo que atenderlo con mil caricias, o bien proporcionarle cucharadas de algún medicamento.

Los casos frecuentes en la actualidad de Madres solteras, consecuencia del ambiente, objeto directo de la descomposición social, puntualizan mucho más sus sacrificios. Es capaz de quitarse de la boca el alimento, con tal de dárselo a sus hijos que le piden pan. Redobla sus actividades a fin de la consecución de superarlo todo.

También en la actualidad, una mayorí­a visible además de su condición de Madre, junto al hecho de brindar amor incomparable a sus hijos, desempeña menesteres extrahogar. Ello para cumplir los gastos del presupuesto familiar, sin obviar la naturaleza de ser progenitora, coherente con las exigencias económicas sociales de la época.

Empero, arriba a edad de adulto mayor la Madre y prosigue con enorme voluntad y apremio ostensible, en el sentido de cuidar con esmero a los hijos, a quienes considera aún merecedores de sus cuidados y preocupaciones. Jamás de los jamases deja de ser Madre. Reciban sinceras felicitaciones y reiterado homenaje en su Dí­a.