Amargados


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La persona con amargura manifiesta un disgusto constante acompañado de tristeza y enojo por no haber podido satisfacer sus necesidades o deseos. Por lo cual vive con dolor que considera una injusticia hacia sí misma.

Ana Cristina Morales


La alegría, los triunfos, el bienestar de los demás se coloca en un plano superficial. No es de interés para ella, es tal vez, una manifestación más de falta de justicia. Ya que si ella no puede ser feliz, ¿por qué ha de serlo alguien más? Se coloca en un centro de criticismo, obteniendo deleite en juzgar y colocar en un lugar de menosprecio a los demás.

Su consigna es hacer infeliz al otro con el fin de demostrar su valía. Mientras de manera aparente escala un peldaño superior en una escala propia que califica a unos y a otros por debajo de su supremacía. Más intensa se siente y la vida se torna con importancia porque ya tiene un fin: “Ver la paja en el ojo ajeno”.

Ella posee una manera inflexible de observación del mundo. Un pensamiento de todo o nada, la cosas suelen ser o blancas o negras. Todo depende de su propia percepción. En el cual se ubica como un personaje central. Los demás son considerados como secundarios. Buena gente si está a favor de sus intereses o mala si es lo contrario. Por lo que al igual que la persona con un trastorno paranoide de la personalidad crea subcomunidades que le rodean. Los buenos y los malos.

También esta actitud de observarse como una víctima social le hace semejante al trastorno de personalidad sociopática. En el cual como víctima pretende tomar revanchas con otros miembros de la sociedad y así acercarse a la justicia social que no obtuvo de buena fe.

La amargura de la persona es posible que sea un estado transitorio en su vida, pero también cabe la posibilidad de que sea una expresión clínica de un trastorno de personalidad en el cual, las áreas de desempeño social se encuentran con disfunción; es decir su actitud litigante, pasiva/agresiva, desconfiada, envidiosa, vanidosa, egoísta, negativa y ante todo crítica entorpece cualquier expectativa de contacto interpersonal.

Su negativismo e hipercriticismo suele ser repulsivo para su entorno. Las personas le repelen y todavía no entiende ¿por qué? Suele opacar el mundo de los humanos, restar brillo a la vida, no mostrar la mínima expresión de empatía o de consideración.

El error mínimo de los otros es satanizado y tiranizado como causa de su disconfort y aún puede ser visto como una acción premeditada que lleva alevosía y ventaja en contra de ella.

La realidad es que es muy difícil convivir con las personas que se sienten amargadas. Al parecer también poseen un halo de contagio y obstaculizan la felicidad ajena.

Se quejan frecuentemente y son intolerantes ante la vida y las personas. Su autoestima baja no es notoria para ellas. Tratan de ridiculizar, envilecer a los otros tomando en cuenta que se sienten en un grado de superioridad que se han conferido a ellas mismas.

Cuando el mundo las trata de ignorar, utilizan malabares para hacerse ver. Buscando alegatos por ínfimas cosas con el fin de perturbar la serenidad de otros. Y con ello obtener el goce de ser visibles y mejor aún, enturbiando la vida de sus semejantes.

La persona amargada convive con un resentimiento crónico producto de lo que considera un dolor inmerecido en su existencia provocado por una injusticia hacia ella.