Alimento y Reforma Agraria


La luz del sol sobre la milpa de occidente en los atardeceres de fin de año forma un hermoso espectáculo dorado. El tallo del maí­z ha sido doblado quedando la punta de la mazorca señalando al suelo donde hace algunos meses se sembró un grano del que brotó abundante alimento. Se renueva la vida. El maí­z fue doblado por manos campesinas para evitar la humedad en los granos y evadir el piqueteo de los zanates.

Pablo Siguenza Ramí­rez

El oro de los campos de maí­z hace un juego estético con los verdes claros y oscuros de las parcelas de hortalizas. Al fondo del espacio visual el horizonte es delimitado por las altas montañas y volcanes en donde se cultiva el café de calidad mundial. Es un hecho que estos y otros productos de la economí­a campesina, en donde la agricultura es central, son mayor fuente de empleo en las áreas rurales que cualquier otra actividad humana.

Con la virtud que la riqueza generada por este trabajo es creada en el territorio para su dinamización en el mismo territorio lo que genera un proceso de distribución de riqueza que potenciándose podrí­a ser una ví­a segura para sacar de la pobreza, la miseria y la desnutrición crónica a una cantidad considerable de la población guatemalteca.

La economí­a campesina genera además de riqueza socialmente distribuida, alimentos para toda la población. Por eso a la hora de que desde la ciudad, la academia, los medios de comunicación, la opinión pública, los mercados y los centros de trabajo urbanos se observan, se juzgan y condenan algunos hechos sucedidos en el campo, hay que detenerse a comprender cómo esos hechos afectan a millones de seres humanos incluidos no sólo los habitantes del campo, sino también nosotros los y las citadinas.

Concretamente me refiero al fenómeno social de la recuperación y ocupación de tierras por parte de campesinos y campesinas sin tierra. En Guatemala la concentración de la tierra en pocas manos es descomunal y aberrante.

Ha sido un mecanismo de poder y dominio de una clase social sobre otra. Obliga al campesino a trabajar en las grandes fincas de producción para la agroexportación en condiciones infrahumanas y recibiendo un pago muy por debajo de lo necesario para vivir con dignidad. Condenando a la mujer rural a trabajar sin reconocimiento social ni salarial del trabajo doméstico y de la labor productiva.

Siendo tal la cantidad de familias sin tierra y habiendo tanta tierra ociosa y subutilizada en el paí­s, las organizaciones del campo se plantean que el producto de la tierra debe ser de las manos que la trabajan.

Y es una injusticia social que aquellos que tienen los conocimientos para hacer producir la tierra, no tengan donde sembrar sus alimentos y los alimentos de la población en general. Por ello se recuperan tierras que por siglos fueron de propiedad colectiva campesina e indí­gena y de la que fueron despojados por los trucos y artimañas de la legalidad concebida para proteger intereses terratenientes.

Hay que tener mucho cuidado de no caer en el juego del discurso empresarial y finquero de la protección de la propiedad privada. Todos tenemos derecho a la propiedad individual, pero toda sociedad debe condenar la acumulación avorazada de dinero, tierra y poder. El actual sistema de justicia acusa de usurpadores a los campesinos y campesinas que ocupan tierra ociosa. De esa forma garantizan los privilegios mezquinos del terrateniente. Por ello la exigencia de Reforma Agraria y la creación de leyes agrarias siguen siendo vigentes y más necesarias que nunca. Es hora de transitar por nuevos caminos para la construcción de un paí­s diferente. ¿Usted se anima?