Alicia en el paí­s de las maravillas (fragmento)


Lewis Carroll

«–¡Qué sensación más extraña!» –dijo Alicia–. Me debo estar encogiendo como un telescopio.

Y así­ era, en efecto: ahora medí­a sólo veinticinco centí­metros, y su cara se iluminó de alegrí­a al pensar que tení­a la talla adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardí­n. Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguí­a todaví­a disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa. «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «Â¿Qué serí­a de mí­ entonces?» E intentó imaginar qué ocurrí­a con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podí­a recordar haber visto nunca una cosa así­.

(…)

Mientras decí­a estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada. Lo primero que se le ocurrió fue que se habí­a caí­do de alguna manera en el mar. «Y en este caso podré volver a casa en tren», se dijo para sí­. (Alicia habí­a ido a la playa una sola vez en su vida, y habí­a llegado a la conclusión general de que, fuera uno a donde fuera, la costa inglesa estaba siempre llena de casetas de baño, niños jugando con palas en la arena, después una hilera de casas y detrás una estación de ferrocarril.) Sin embargo, pronto comprendió que estaba en el charco de lágrimas que habí­a derramado cuando medí­a casi tres metros de estatura.»