En la guerra contra el crimen organizado la demanda generalizada por resultados rápidos se sustenta en factores emocionales y no en análisis objetivos. Peor aún ahora que estamos a las puertas de un nuevo evento electoral, y donde la seguridad se convierte en el tema por la consecución de votos. Sin embargo hay que abstraerse de las declaraciones electorales y focalizarse en la racionalidad del tema. En el sentido más general el tiempo que se requiere para controlar el problema es directamente proporcional al tamaño, la penetración y las raíces del crimen organizado en el país, y en ese orden es necesario tener como referentes a otros países con problemas similares.
Diputado Unionista
El tamaño del problema del narcotráfico para México está determinado por su vecindad con Estados Unidos, y extensivamente nuestra vecindad con México. EE.UU. es el mayor consumidor de drogas del mundo, y ello trae como consecuencia más demanda, flujos de dinero y armas. La frontera del crimen organizado transnacional ya no es México-EE.UU., hoy es Guatemala-México. Por tanto, la suma del narcotráfico, el tráfico de personas, el contrabando, las extorsiones, los secuestros, el lavado de dinero, el fraude y otros delitos permite dimensionar la magnitud del crimen organizado en Guatemala,
En cuanto a las raíces del fenómeno, el problema comenzó a gestarse, en algunos departamentos %u2014particularmente en Petén, Izabal y Zacapa%u2014, desde hace años, pero la mayor expansión del crimen organizado comenzó hace 9 años por el cierre de la ruta Caribe de la droga, el desmantelamiento de las fuerzas de seguridad e inteligencia, el abandono del territorio nacional a partir del 2004, y la indolencia de los últimos 3 gobiernos.
Colombia sigue en guerra y a Medellín, su ciudad más violenta, le ha costado 18 años y más de 70 mil muertos comenzar a revertir una situación de deterioro que tuvo a la sociedad en vilo; Italia lleva muchas décadas de lucha contra las mafias; Brasil, durante ocho años de gobierno de Lula, no ha podido resolver el problema de las pandillas, y El Salvador y Honduras se muestran incapaces de enfrentar a las maras. Teniendo en cuenta lo anterior, podemos afirmar que Guatemala apenas inicia una nueva guerra, con costos aún incalculables. Por supuesto, lo anterior presupone que hay voluntad y deseo verdadero de parte del Estado y la sociedad guatemalteca de enfrentar este devastador flagelo que significa el crimen organizado.
La nueva dimensión de la guerra contra el crimen organizado lo muestra el resultado de las operaciones en México en los últimos tres años. Los cito para dimensionar la magnitud del problema, y tratar de ajustar tal realidad a la nuestra. Se han destruido 227 laboratorios, decomisado 389 millones de dólares, 30 mil 500 armas de guerra, 24 mil 900 armas cortas, 409 aeronaves, 310 embarcaciones, 22 mil 900 vehículos y cinco mil toneladas de drogas que incluyen 90 mil kilogramos de cocaína, 4.8 millones de kilogramos de mariguana, cuatro mil 500 de metanfetaminas, 27 mil de efedrina y 18 mil de pseudoefedrina. Se han extraditado 286 narcotraficantes y capturadas 89 mil 500 personas que incluyen siete líderes, 47 financieros, 60 lugartenientes, dos mil 61 sicarios y 600 funcionarios involucrados. El dinero es casi el monto del Plan Mérida; las armas son más que las de los ejércitos de Guatemala y El Salvador juntos; las aeronaves equivalen al 50% de la flota de American Airlines; las embarcaciones son el doble de la armada de México y los vehículos superan a las flotas de policía y ejército de toda Centroamérica.
En una planificación adecuada, primero se aciertan golpes a las estructuras delictivas, y no se aspira a una reducción de la violencia, sin lo primero no se puede alcanzar lo segundo. En este orden de ideas, la Ley de Extinción de Dominio es el instrumento llamado a golpear esas estructuras delictivas.
En todas las guerras, el azar y la casualidad juegan un papel, a veces en contra y a veces a favor. En toda guerra se ganan y se pierden batallas, pero a la larga, lo que determina el resultado es quién tiene la iniciativa estratégica y quién está golpeando la moral, las fuerzas y los medios materiales de su contrario. En el caso de la guerra contra el crimen organizado, tiene que buscarse que todos estos factores están a favor del Estado, aunque suele suceder que de forma esporádica las bandas y narcogavillas sorprendan con acciones y golpes que generan temor y tienen un gran impacto mediático y político (veamos lo sucedido en Petén y Cobán en las últimas semanas). La regla básica en toda guerra es que el acoso y la presión sobre un enemigo conducen a éste a la desesperación, al error e incluso al terrorismo. El crimen organizado actúa de forma defensiva y no ofensiva, su política es cooptar policías, no matarlos. Cuando combaten directamente contra el Estado facilitan el trabajo, porque ayudan a cohesionar moralmente a los miembros de las fuerzas del Estado.
En el tipo de conflicto que tiene que afrontar el Estado guatemalteco, hay que tener claro que el crimen organizado es fuerte cuando controla sin combatir y puede pasar desapercibido para la mayoría de la población. Por el contrario, cuando reacciona y se vuelve visible, su posibilidad de controlar y operar libremente se debilita y los enfrentamientos internos aumentan; esto no es una muestra de fortaleza sino de debilidad, a pesar de que la violencia salga a flote y genere incertidumbre social. Por ejemplo, cuando el crimen organizado empieza a usar submarinos para transportar droga se hace una lectura errada. La percepción simple es que los criminales demuestran su enorme capacidad y poderío construyendo submarinos. Sin embargo, la realidad es que la capacidad de introducir drogas vía puertos y aeropuertos se cierra, y por ello se recurre a mecanismos más complejos y difíciles de operar el tránsito y almacenamiento de droga. En este sentido «más sofisticado» no implica, necesariamente, una mejoría.
Continuará.