Algunos datos acerca de Cristóbal Colón


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Es interesantí­simo conocer el trasfondo humano, social, polí­tico y religioso de los acontecimientos que desembocaron en el descubrimiento de América. Se acerca una vez más, la celebración de dicho aniversario en las escuelas e institutos, donde se hará un resumen de manera repetitiva acerca de los viajes de Colón, enfatizando en aspectos que no muestran su verdadera razón y el sentido peliculesco de la travesí­a.

Por Fernando Mollinedo

En principio permí­taseme indicar que varias naciones reclaman a Cristóbal Colón como hijo suyo; “los habitantes del pueblo de Cuba, en el sur de Portugal, están convencidos que nació allí­ y seis años atrás estuvo proyectada la inauguración de una estatua en honor al explorador.  Los cubanos creen que Colón era el hijo ilegí­timo del Duque Fernando de Beja, y que su madre fue Isabel Gonsalves Zarco, hija de un navegante portugués de origen judí­o.

Algunos habitantes recuerdan que a comienzos del siglo pasado (1900) todaví­a habí­a gente que decí­a que Colón habí­a sido bautizado en la iglesia de Cuba.  Según algunos historiadores portugueses, Colón en verdad se llamó Salvador Fernandez Zarco.  La razón por la que se habrí­a cambiado el nombre y se habrí­a hecho pasar por genovés  habrí­a sido para recibir el apoyo de los reyes españoles, que eran enemigos de la corona portuguesa. Los catalanes además de los genoveses también reclaman a Colón como propio”. (ElPeriódico 26 de Octubre 2006).

Miles de millones de palabras se han escrito acerca de Colón, pero en nuestra Guatemala, en el aspecto histórico, aún nos falta consultar bibliografí­a que nos acerque a las teorí­as más creí­bles respecto al navegante; por ello presentamos a continuación, algunos otros datos y para el efecto cito la contraportada del libro 1492 El mundo De Cristóbal Colon  del autor Newton Frohlich, la cual dice: “1492 pone en escena a los grandes protagonistas de la epopeya del descubrimiento de América; Cristóbal Colón, la reina Isabel de Castilla, el rey Fernando de Aragón. 

Las figuras más sobresalientes de su entorno fueron: la esposa (Felipa Moniz y Perestrello, cristiana, quien le abrió las puertas de la sociedad y contactos muy útiles); su amante (Beatriz Enrí­quez de Arana, judí­a, prima del gran inquisidor), sus hijos (Diego y Fernando), su hermano (Bartolomeo), Tomás de Torquemada (cristiano nuevo, cura dominico con sangre judí­a, prior del monasterio de la Santa Cruz, quien se opuso a que el dinero judí­o requerido por la reina a los banqueros judí­os fuera utilizado para realizar el viaje de Colón), los comerciantes y banqueros judí­os que financiaron el viaje (Familia Santangel, cuya cabeza visible fue Luis de Santangel, contralor inversor y tesorero de la Santa Hermandad) el caballero Rodrigo Ponce de León (capitán general del Ejército de la reina quien visualizó el aspecto estratégico del dominio del mar mediterráneo).

El franciscano fray Juan Pérez del monasterio de La Rábida (su intercesor para conseguir patrocinio del Duque de Medinaceli para su expedición y posterior confesor de la reina Isabel) y el pueblo llano que volcaba su odio hacia la comunidad judí­a  sindicándolos de ser los responsables de los altos gravámenes en la recaudación de impuestos pues los judí­os eran los recaudadores; siendo ellos quienes suministraban la carne de cañón para las batallas y tripulantes para las expediciones navales del incierto destino.

Las conspiraciones cortesanas estaban a la orden del dí­a, tanto entre los cristianos como entre los moros.  La sed de riquezas estimulaba las aventuras transoceánicas y la mezquina incautación de bienes ajenos con pretextos religiosos.  El largo brazo de la inquisición  no respetaba ni siquiera a los protegidos por la Corona.  Y en medio de ese torbellino de odios entre religiones y culturas antagónicas, un hombre, Cristóbal Colón, preparaba obstinadamente la expedición que habrí­a de cambiar la faz del mundo, inaugurando un nuevo capí­tulo en las relaciones entre seres humanos, las naciones y las civilizaciones”.

Cristóbal Colón consiguió el apoyo económico del Duque de Medinaceli para realizar su viaje, reconociendo el origen de su fortuna como botí­n de sus ataques corsarios contra los comerciantes árabes en el mar mediterráneo y poniendo a su disposición tres barcos, y no uno como pretendí­a Colón; sin embargo, la reina Isabel decidió patrocinar el viaje ante la solicitud de autorización que le hizo el navegante, pues no podí­a permitir que tan jugosos beneficios fueran a parar a manos particulares y mucho menos, en caso de una negativa a su solicitud, realizar viaje a Parí­s para exponerle su proyecto al rey de Francia.

Los principales argumentos que Colón arguyó a los reyes españoles para que fuera autorizada su expedición se resume en dos aspectos: lo económico, pues se abrirí­a una nueva ruta hacia oriente, pues no podí­an comerciar sin plegarse al control de rutas al oriente y al control de precios impuestos por los árabes; se tendrí­a el control de todas las rutas comerciales captando el comercio mundial de la época con la única ruta que no pasaba por aguas musulmanas, librando a España y a toda la cristiandad de la hegemoní­a árabe.

Lo anterior significarí­a que se podrí­a invertir en Tierra Santa una parte de la gran riqueza que obtendrí­an comerciando con oriente y por supuesto con el objetivo principal de reconquistar Jerusalén, el centro de la fe cristiana que no habí­a sido liberado desde las Cruzadas.

En lo espiritual, Colón recurrió a la Biblia para fundamentar sus cálculos matemáticos que fundamentaban la certeza de su viaje; recitaba el pasaje de Isaí­as que dice: “Escuchadme, oh islas, oí­dme, oh hombres lejanos. El señor me llama para nacer… Y él ha hecho mi boca afilada como una espada… y ahora dice el Señor, también alumbraré a los gentiles, que tú seas mi salvación hasta el fin de la tierra”.

Además hizo referencia del Profeta Esdras en el Apócrifo II, 6, de la creación del mundo (“Al tercer dí­a, Tú diste la orden/de que las aguas se retiraran a la séptima parte/de la tierra. Seis partes Tú desecaste y cuidaste/de que en ellas Dios fuese plantado y cultivado/para que a Ti te sirvieran”)  dice que sólo una séptima parte de la superficie de la tierra está cubierta de agua.  Si esa profecí­a fuera cierta, ello significarí­a que lo que queda de mar abierto, el océano al oeste, no podí­a ser tan grande como la gente creí­a.

Por lo tanto, pensaron que si sólo una séptima parte de la superficie de la tierra está cubierta de agua, y si el agua se distribuyese entre las áreas del globo que están al norte y al sur del Ecuador, entonces, de acuerdo de acuerdo con el profeta Esdras, solo habrí­a una cuarentava parte de la superficie de la tierra entre Portugal y las Indias.

En el aspecto técnico/profesional  Colón fundamentó su viaje utilizando su teorí­a sobre los vientos y los cálculos del sabio árabe Al Farghani  sobre la distancia real que se debí­a considerar para los cálculos de distancias;  pues habí­a confusión al utilizar en forma indistinta las millas árabes y las romanas, ya que entre éstas existí­a una diferencia de un veinticinco por ciento respecto del cálculo de la medición del globo terrestre, lo cual ampliaba considerablemente el error de cálculo.

Manifestó Colón que, descubrió desde Porto Santo, los vientos soplan no de oeste a este, como hacen en la costa de Portugal viniendo de las Azores, sino que soplan de este a oeste.  Entonces no sabí­a por qué ni tampoco hasta dónde continúan soplando, mar adentro, en esa dirección.  Pero a partir de ahí­ navegó mar adentro para comprobar su teorí­a, es decir, para ver si los vientos del este se mantienen a considerable distancia.  Eso lo convenció de que podí­a aventurarse a seguir navegando al oeste hasta encontrar tierra firme.

Colón manifestó a la reina que como recompensa al resultado positivo de su expedición, deseaba ser nombrado almirante de todos los océanos y virrey de todas las tierras que descubriera, tanto insulares como continentales, con derechos y privilegios iguales a los del Gran Almirante de Castilla. Y que esos tí­tulos, además, fueran transmisibles a su hijo mayor y de él a su hijo y así­ sucesivamente por siempre. Pretendí­a tener como virrey el derecho de decidir todas las querellas sobre el comercio y los asuntos con él relacionados, con el poder de nombrar a tres personas para cada gobierno local.  De esas tres personas, la reina podrí­a designar a una de ellas. La reina accedió.

Como un recurso para la reducción de costos de viaje, la reina Isabel ordenó que se confiscaran tres barcos a los armadores del puerto de Palos, por haberse negado a pagar derechos de aduana y falta de pago de multas; los mismos fueron escogidos y puestos a disposición de Colón.

Lo demás… ya es historia de la historia.  OJ (así­ sea) AL큠 (Dios) que los datos aquí­ aportados sirvan para promover la inquietud de quienes gustan por la historia.