Sin querer pecar de ingenuo o escéptico, a mi entender la crisis financiera más que una crisis del mercado es una crisis de valores que se traduce en un ciclo vicioso de especulaciones que únicamente se romperá cuando se empiece a generar confianza dentro de la economía y se lancen señales positivas. El buen economista no solamente hace uso de sus conocimientos sino también se deja llevar por ese extraño instinto que pocos entienden, eso es lo hermoso de la economía, la fusión de lo cuántico y lo filosófico.
En los últimos dos años las señales inequívocas de que nos aproximábamos a una crisis se vislumbraban. El menú incluía, crisis hipotecaria, desaceleración económica, crisis crediticia y para rematar unos precios desproporcionados del petróleo nunca antes vistos.
Se ha iniciado un proceso de rescate financiero en el sistema internacional, algunas economías han blindado el andamiaje que las sostiene, se han inyectado capitales con la finalidad de posibilitar el crédito y sacar adelante a la economía mundial del paro cardio respiratorio profundo en el que se encuentra, el proceso de recuperación, a mi entender, será prolongado, acompañado de una serie de medidas dentro de las que no se descartan algunas intervenciones mayores, es decir algunos procesos quirúrgicos que requerirán paciencia.
Ahora bien, los efectos colaterales del tratamiento se harán sentir más temprano que tarde. El desempleo será el efecto inmediato, en algunos casos procesos inflacionarios como resultante de la inyección de capital no generado de actividad productiva. Si echamos un vistazo entonces encontramos por un lado una contracción económica con recesión y por otro, pérdida de capacidad adquisitiva.
Mi hijo Ignacio me preguntaba recientemente cuál era la diferencia entre crisis económica y recesión, con palabras simples intente simplificarle los conceptos. Crisis es cuando me encuentro sin posibilidades de pagar las tarjetas de crédito, no puedo ahorrar, un mes me alcanza para pagar la renta y el otro el colegio, dejo dos meses sin pagar la luz y antes de que me la corten dejo de pagar la letra del carro, viviendo en una especie de malabarismo económico. Por otro lado, la recesión es más grave aún, no sólo me encuentro a «tres menos cuartillo», sino para colmo pierdo mi capacidad de pago, sea por la pérdida de empleo o porque simplemente no me encuentro produciendo ni el mínimo para satisfacer mis necesidades inmediatas.
Cuando magnificamos este escenario a escala mundial, se imaginan los millones y millones de individuos atravesando por esta crisis. Las economías acostumbradas a la recesión y el bajo consumo indudablemente serán las que menos sufrirán. Las economías acostumbradas al consumo exacerbado tendrán que adaptarse a un nuevo patrón de consumo que privilegie el reciclaje, la austeridad, entre otros.
La turbulencia económica que atravesamos trae consigo una serie de consideraciones, que más que predicciones propias, dejo a ustedes como elementos que espero sirvan para su propio análisis y conclusiones: ¿Cuáles son las naciones que más se perjudican de la crisis, las economías desarrolladas o las de menor desarrollo? ¿Cómo se afectan los planes de la lucha contra la pobreza y la desigualdad social? ¿Se verán afectados los mecanismos de cooperación para el desarrollo? ¿Cuánto durará la crisis? ¿Cómo se afecta la gobernabilidad mundial como resultante de la crisis? No me cabe la menor duda que estas consideraciones se pueden tomar como punto de partida para una serie de consideraciones teóricas, partiendo por supuesto desde la formulación hipotética.
Antes de estudiar política, tuve la oportunidad de estudiar economía internacional en Costa Rica, desde entonces «mis fumadas», mi preocupación ha sido no la formulación de un modelo mixto o intermedio, sino más bien un modelo que sepa responder, en primer lugar, a las demandas objetivas del individuo, generar bienestar, desarrollo y equidad. La crisis económica mundial que se atraviesa, tomando nuevamente el ejemplo del enfermo, debe ser vista como una posibilidad para atacar todos los males del paciente y posibilitarle una vida mejor, no solamente sacarlo del shock, repetir el error puede conducirnos a consecuencias más lamentables.