Con siete mil horas de vuelo, 56 años como piloto aviador y 84 años cumplidos, Alfredo Cohen conserva su espíritu joven y su alma primaveral. En el mes de febrero de 2008, mi esposo Carlos-Rafael Pérez Díaz, y yo, recibimos una agradable invitación del empresario Alfredo Cohen, para volar en su potente avión personalizado marca Beechcraft, modelo Bonanza A36, que posee un poderoso motor Continental B550 de 300 caballos de fuerza, 6 cilindros horizontales, con acabados de cromo. Además, equipado con una eficiente hélice «Hartzell scimitar», de tres aspas en forma de cimitarra o sable oriental. En el extremo de cada ala le fue colocada una alita, las dos llamadas «Winglets», que aumentan el rendimiento del aeroplano y que me recordaron las que lleva Hermes, el mensajero de los dioses, en su cabeza. Pero lo más impresionante es que Alfredo Cohen aún lleva el timón de este maravilloso monoplano. Ese día llegamos al aeropuerto «La Aurora», en horas de la mañana, con Alfredo y su hijo Félix, para abordar la magnífica aeronave con destino al puerto de Iztapa. Dependiendo del clima, el vuelo duraría más o menos de veinte a veintidós minutos en la ida y también en la vuelta. Habrá que disfrutarlo al máximo, pensé, pues es demasiado corto. Se llevó a cabo todo un procedimiento para alistar el avión antes de enrutarlo hacia la pista de despegue; se revisó la gasolina, el motor, el fuselaje y se hicieron los trámites necesarios. Todo perfectamente planeado, perfectamente calculado con un seguimiento estricto y seguro. Por fin nos encontrábamos listos para el despegue. Con Alfredo al frente de semejante nave, sentimos la fuerza del motor y la euforia de partir hacia el cielo así de repente. ¡Qué emocionante! Al momento alcanzamos las alturas y se comenzaron a ver los alrededores de la gran ciudad de Guatemala, pequeñísimos, y las nubes comenzaron a crecer, a verse grandes, como si pudiésemos tocarlas con las manos, como grandes algodones flotantes. Parecíamos adentrarnos a un mundo de grandes hazañas como en la novela de Jonathan Swift, «Los viajes de Gulliver», pues allí Lemuel Gulliver, visita países imaginarios en donde los habitantes son diminutos. La vista es sorprendente, volamos cerca del volcán de Pacaya, el cual contemplé como a un monarca: regio y erguido. Así también las grandes humaredas por la roza de la caña de azúcar. El panorama es admirable, el río María Linda, desde las alturas, se puede observar en toda su anchura y extensión. Una de las mejores experiencias del vuelo, fue observar la magnificencia del Océano Pacífico y la curvatura del planeta Tierra. A sus 84 años, Alfredo maniobra perfectamente su avión. Al aproximarnos a la hermosa pista de grama, las formas parecían agigantarse, imaginé que estábamos llegando a los territorios de los titanes, personajes mitológicos de las narraciones del poeta griego Hesíodo. Cuando finalizaba el descenso, los árboles y palmeras pasaban tan rápido, que al momento del aterrizaje era imposible verlos; en menos de un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en las instalaciones del Aeroclub, en Iztapa, Escuintla. Enseguida degustamos un exquisito desayuno para relajarnos un poco, e intercambiar impresiones sobre el viaje. El tiempo pasó tan rápido que ni se sintió. Luego, llegó la hora de volver. El regreso estuvo a cargo de Félix, heredero directo de las hazañas, estrictas rutinas y experiencias de vuelo de su padre, pues como piloto, Alfredo se las sabe todas, desde su primer aeroplano Ryan Navion, pasando por el Beechcraft Bonanza V35 (icono aeronáutico de cola en «V»), hasta el estupendo avión A36, color amarillo, negro y blanco, con matrícula de Guatemala, TG-MAA. Y para cerrar con broche de oro este cuento de hadas, Alfredo Cohen, quien es uno de mis amigos sabios, me obsequió una réplica auténtica del fantástico avión de pasajeros anglo-francés «Concorde», en honor a mi composición lírica: «Poesía en Titanio».