La idea de movilizarme desde el Centro Histórico de la ciudad hasta el remoto salón 10 del tercer nivel del edificio J del campus central de la Universidad Rafael Landívar para ver “Los confines del fuego verde”, una instalación saturada de significados de Alfredo Ceibal,


Me pareció muy acorde al espíritu de la obra de este artista que plantea recorridos interminables por diversos mundos como metáfora de su vida de migrante y, al mismo tiempo, una especie de ritual propiciatorio para despojarme de hábitos —no sólo mentales— demasiado arraigados y acceder a la sabiduría que se desprende del andar por el camino. Allí, en esa área lejana y propicia de la facultad de Humanidades, su obra transparente llama a reflexiones y lecturas más rigurosas que las que ha provocado en los ámbitos no académicos en los que también la he visto, demostrando con ello “la naturaleza mutable de los contextos y los significados”, como dice Marcia Vásquez, curadora de la exposición.
En ese pequeño salón de exposiciones, una pintura en tonos verdes, de angustiante atmósfera onírica, de tema vagamente mítico, doblemente encerrada en un recuadro blanco y un marco con motivos estelares, parece ser el punto de partida o del final de una línea que recorre los muros blancos abriendo a su paso un paisaje suspendido en el tiempo que comprende campos, valles y hondonadas, montañas y barrancos, lagos, ríos y volcanes, pequeños pueblos rurales y complejas ciudades industriales; paisaje total que articula en un contínuum todos los escenarios posibles que esa línea incesante sorprende, por así decirlo, en medio de la vida que les es propia en cada instante. Dos marcos más privilegian, seccionándolos arbitrariamente, otros tantos segmentos del paisaje interminable, recorrido por esa línea tangencial que, como el tiempo, no se detiene en ningún punto del espacio que ella misma instaura.
Nacido en Guatemala, Alfredo Ceibal se hizo artista en Nueva York, sin asistir a ninguna academia ni pretendiendo aprender un oficio y ejercer una profesión, sino simplemente como una manera de marcar un territorio desconocido con los signos remotos y precisos de su origen. Más adelante, sus grafitis en lugares públicos fueron financiados por galerías e instituciones diversas; recogidos, reproducidos en revistas y comentados con lucidez participaron en la dinámica cultural de esa ciudad cosmopolita que es el destino de millones de migrantes desarraigados de todos los lugares del mundo. De manera que por su espontaneidad y su origen vital, de sobrevivencia, la obra de Ceibal se relaciona más con las expresiones de la cultura popular y las imágenes intuitivas y poéticas de un artista ingenuo que con la tradición culta del surrealismo y la pintura metafísica europeos o el realismo mágico latinoamericano.
Teniendo en la mente esa referencia a su experiencia vital y artística, la obra actual de Alfredo Ceibal, y no sólo la que ha instalado en la Universidad Rafael Landívar, se deja interpretar ya no sólo como paisaje sino también y más adecuadamente como recorrido, en el que lo significativo no es el espacio sino la historia que narra a medida que lo recorre. De allí que no sea el dibujo el protagonista de sus creaciones sino el avanzar incesante de la línea y los rastros que deja en el muro, el papel o en la mente. En “Los confines del fuego verde” es, en efecto, esa línea tenue y delicada, trazada limpiamente con lápiz fino la que sube montañas, recorre los campos, bordea los lagos, desciende a los barrancos, cruza los puentes, atraviesa los pueblos y ciudades y regresa al cuadro mítico del que partió; esa línea incesante que nos ha involucrado en su itinerario circular y nos introducido en el interior de la visión poética y existencial del artista.
Diríase que, más allá de las conocidas propiedades y funciones descriptivas, definitorias, formales, didácticas, conceptuales y expresivas de la línea, Alfredo Ceibal descubre y cultiva otra, quizás más esencial: la narrativa, que se funda en el desplazamiento manual en el que concretamente se origina, en las necesidades vitales e intelectuales a las que satisface por su naturaleza abstracta y simbólica y en el carácter teóricamente infinito de su recorrido interminable. Naturalmente, las historias a las que se accede desde la línea y desde la sensibilidad de Ceibal resultan por lo menos extrañas para los que habitamos permanentemente en el interior de uno estos mundos habituales que el artista recorre tangencialmente, de paso a… Historias nómadas que nos exigen un acomodo mental bastante difícil: un ajuste de la perspectiva del punto fijo al punto de vista inestable de la línea vital en movimiento.
Para quienes se aventuren a experimentar las emociones y reflexiones que suscita la extraña perspectiva vital de Alfredo Ceibal, les informo que la galería de la Universidad Landívar abre de 10 a 12 de la mañana y de 4 a 7:30 de la tarde.