Por Juan B. Juárez
Una de las plataformas crítico-conceptuales más socorridas para caracterizar el modo de vida que propicia la sociedad tecnológica actual es señalar el poder infinito de los medios de comunicación masiva en la determinación de las conductas individuales y colectivas. De acuerdo a ella, se dice que los ilusorios valores que propone el sistema de esa forma tan atractiva, insistente e insidiosa se concretan, de hecho, en un estado de alienación del hombre común tan completo y profundo que la conciencia de sí y de los otros ha llegado a ser prácticamente inexistente. Siguiendo esta postura, en nuestra época la existencia auténtica como posibilidad del ser humano se ha precipitado, como diría Heidegger, en el mundo vacío, impersonal y anónimo de la publicidad en el que se diluye hasta la anulación total todo proyecto legítimo de ser; y se concluye, finalmente, que la inautenticidad es una característica estructural del modo de vida actual.





Hay, sin duda, mucho de verdadero en esta postura crítica, por ejemplo, la dimensión social de la conciencia y la dimensión humana de la realidad. La realidad, en efecto, no es algo situado frente a la conciencia sino que propiamente es el mundo dentro del cual la conciencia se determina como conciencia de los otros. De manera que la sustitución de la realidad a manos de la tecnología y los medios de comunicación masiva implica necesariamente que la conciencia, escindida de la realidad, no tiene instancias para determinarse como conciencia, o sea que lo que tenemos ahora es una conciencia falsa, lo que es un contrasentido absoluto que la crítica cotidiana atenúa diciendo que se trata de una conciencia que evade la realidad, fórmula ésta que tampoco logra eludir la contradicción lógica.
Situada en el núcleo de esa plataforma crítico-conceptual y de las contradicciones que se derivan de ella, las composiciones fotográficas de Alejandro Noriega señalan de hecho la persistencia de la realidad y la conciencia, que ahora elaboran, en el mismo lenguaje y con los mismos recursos, respuestas irónicas a los esfuerzos del sistema por escamotearlas y falsificarlas. Se diría que ellas son el producto de la conciencia de la evasión de la realidad y, al mismo tiempo, la denuncia de los métodos que la posibilitan como tal y de los falseamientos que propicia. En efecto, en sus imágenes creadas a partir de la tecnología digital se operan una sustitución de segundo grado: es la irrealidad concreta -la ilusión que ofrecen los medios- la que se ve sustituida virtualmente por la ubicua e insoslayable realidad, o mejor dicho, en tales imágenes aparecen en el mismo plano virtual tanto la realidad brutal que se quiere evadir como los insustanciales modelos y valores de vida a través de los cuales se consuma la evasión. No hay, pues, en estas imágenes, ni conciencia falsa ni realidad evadida sino simplemente la conciencia de los mecanismos de exacerbación de los deseos, ejemplarmente ilustrada.
Obviamente Alejandro Noriega no es filósofo profesional sino simplemente un artista, y como tal sus reflexiones no son el desarrollo coherente de una postura teórica sino la consecuencia de una vivencia significativa expresada con medios artísticos. Recientemente viajó a España para depurar sus técnicas expresivas, específicamente la manipulación digital de imágenes. Lo que encontró en Europa fue el gran mundo que todo artista latinoamericano imagina como ideal de vida artística e intelectual, y también el sentimiento cierto de su ajenidad a ese mundo glamoroso que más bien le hizo volver la vista a la realidad, más propia, de Guatemala. Fue un poco como detenerse frente a la vitrina de un almacén famoso en la que se exhiben objetos fascinantes e inalcanzables, como estar enfrente -pero afuera, siempre- del objeto de sus deseos y declinar las poderosas sugerencias por la conciencia de las propias limitaciones. De allí que el título y el concepto del trabajo que realizó en España y que ahora se muestra en Cantón Exposición sea «Adentro/out side».
Ni el Adentro (la vida en los asentamientos marginales de la ciudad de Guatemala), ni el Out side (las vitrinas de las glamorosas boutiques de Madrid), significan una opción personal ni tampoco una apropiación ideológica sentimental de esas realidades, sino en conjunto señalan una concepción más amplia de la realidad, que engloba ambas posiciones existenciales al mismo tiempo que problematiza la actitud y la comprensión de quien se sabe y se siente consciente de estar afuera y adentro en cada situación vital.
Por otro lado, la técnica para la composición de esas imágenes en las que convergen aspectos de la realidad tan contrastantes y contradictorios sobre el fundamento de un concepto más amplio de «realidad» -que es precisamente lo que rige la ejecución de la obra- es ciertamente de actualizada tecnología digital, pero su puesta a tono en un mismo plano es un procedimiento que tiene mucho de artesanal en el sentido de que manipula sus materiales virtuales con la misma meticulosidad y cuidado con que un artesano logra que los elementos formales concretos se integren en un todo significativo que es propiamente lo que constituye la obra. Y de allí que el mérito artístico de Alejandro Noriega resida en ejecutar con precisión formal, material y expresiva una obra eminentemente «conceptual», ejecución que la distingue de la chapucería que parece ser la regla de este ambiguo género artístico contemporáneo.