Todo su mundo le viene de dentro, pero el de afuera, el ordinario, lo observa con la precisión de una mirada que no se cansa de buscar. La seducción que provoca está en el misterio que trasmite; en sus zonas incoloras, que sólo a él le pertenecen. No es de nadie, es de él, pero para Los Otros.

Ante las posibles críticas de la Iglesia Católica hacia Alejandro Amenábar por su última película «ígora», que se estrenó en octubre pasado, el director nos explica el sentido de este filme. Asume que no ha querido ofender, asegura que es un pretexto para mostrar la importancia del diálogo, la única vía para el entendimiento. La exposición, «El esplendor de Alejandría», que reúne el vestuario de ígora, ha sido el pretexto para la aparición en público del director español, quien aparece con menos esplendor, ya que recién aterriza de Toronto. Se le ve cansado, tiene ojeras, camina como si arrastrase un cambio de horario testarudo. Pese a ello, el director pareciera que está hecho de tiempo y paciencia. Ante cada pregunta, solicitud de autógrafo o fotografía con fans, dice que sí, acepta sin remilgar.
Amenábar traga saliva antes de contestar, cada pausa es paso en su respuesta, nunca retrocede porque sabe qué contestar. Le preguntamos si se llevaría un traje a su casa, ahora que ya vive solo, responde con una sonrisa tibia: «No, todavía no, están muy bien aquí.»
La fama, si le hace algo es enfriarlo, camina con sigilo, saluda apenas levantando su mano. Ante esta manera de ser, casi monacal, de niño aplicado, casi superdotado, geniecillo, le preguntamos si es con timidez o con miedo como vive la fama. Responde seguro, más con los ojos que con la palabra: «La fama es una consecuencia de tu trabajo y se vive con ello, hay que aprender a aceptarla». Insistimos, sí, pero ¿es timidez o miedo? «Miedo no», asegura con una media sonrisa que es fórmula para aceptar su timidez. Cuelga de su hombro un morral de pana. Mantiene sus brazos cruzados que le llevan a una inmovilidad al completo, sólo se le mueven los músculos de su cara cuando sonríe y asoma el diente que acentúa su sobriedad.
Parece concentrado. Dice sí, sí, sí, a todo autógrafo, como si supiese que la educación, a veces, es la mejor correspondencia. Por ello le preguntamos: ¿Cuáles son tus lados opuestos? «Tendría que pensar la respuesta, pero yo creo que todos estamos hechos de contrarios. Un lado no es todo. Cada lado perfila otro y en esa suma de lados, algunos iguales y otros opuestos es la única manera como podemos vivir, siempre y cuando aceptemos todos esos lados que suman uno mismo, lo que nos hace ser quienes somos».
Amenábar no tiene canas. Todo en él es natural, tanto y tan bien que sus pantalones se le caen casi a la mitad de los glúteos, no es moda, es distracción. Camina con miedo, despacio, como pidiendo permiso permanentemente. Mira a los ojos cuando responde, pero sobre todo, cuando escucha, quizá lo que más hace. Mira más de lo que habla, como si ver fuese la mejor manera para permanecer.
Respecto a la temática de la película, aclara que no quiso ofender a la Iglesia Católica, mucho menos al cristianismo; sin embargo, asume que el filme participa de una visión particular: «No he querido ofender al cristianismo con esta película, porque además no me gusta ofender a nadie. Me gusta defender mis ideas y las defiendo con tesón, pero precisamente las defiendo para poder dialogar con el que tengo delante. Lo que yo no pretendo es decirle a nadie lo que piense y mucho menos con un palo, no me gusta imponer mis ideas. Está película evidentemente tiene una visión y está basada en una mujer que no se quiso bautizar. Pero la película lo que condena es cuando alguien, de un lado o de otro, recurre a la violencia para defender sus ideas. Lo que se trata es de conversar».
Alejandro Amenábar no se arruga ante el mundo que le toca lidiar, un mundo de señoras, la mayoría de edades maduras que piden con insistencia ser retratas con el ídolo. A pesar del mundo fan, del mundo maruja, del mundo de admiración que le apresa, acepta sin huir. Trae consigo un bolígrafo pequeño y de plástico que utiliza para estampar su firma en cada autógrafo que se le pide. Después se lo guarda disciplinadamente. Viste al natural, con americana de terciopelo, camisa a rayas, pantalones de moda tenue. Cuando se tiene que ir, para decir lo siento, arrodilla sus cejas y alarga su sonrisa.
Antes de desaparecer, al director de Mar Adentro – película ganadora de un Oscar-, le preguntamos sobre las divisiones entre religiones, sobre las guerras, expulsiones y demás atropellos que se cometieron a lo largo de la Historia en nombre de éstas. Amenábar asume que está bien que haya divisiones, pero aclara, «siempre y cuando se asuma como diversidad, sabiendo que hay cosas diferentes. La clave está en que todo eso se relacione y se enriquezca. El problema es cuando divide y te impide poder saludar a la persona que vive enfrente de tu casa». El director, después del chaparrón admirativo, va yéndose como aquellos seres que tienen metido un mundo por descubrir, o, acaso, porque el mundo que vive no le llena y entonces se inventa otro que rueda.
En el Egipto del siglo IV, dominado por el Imperio Romano, las violentas revueltas religiosas alcanzan en Alejandría a su legendaria Biblioteca. Atrapada tras sus muros, la brillante astrónoma Hipatia lucha por salvar la sabiduría del Mundo Antiguo con la ayuda de sus discípulos.
ígora ha sido rodada en Egipto en inglés. Tiene un presupuesto 50 millones de euros. Sus protagonistas principales son Rachel Weisz y Max Minghella.