Sí; tendrán razón quienes me reprocharán por fusilarme el contenido de un correo que circula en el ciberespacio; pero también la mayoría de mis contados lectores no tiene acceso a la Internet y quizá no están enterados de esta anécdota muy aleccionadora, cuyo nombre del autor desconozco, infortunadamente; mas podría constituir una especie de reflejo de la conducta de numerosos guatemaltecos que no pasan de murmurar, condenar y maldecir en su fuero interno a la casta política, especialmente a funcionarios corruptos, así como a órganos de administración de justicia.
El mensaje que recibí de mi amigo Paco Sierra relata este caso: Cuando comencé mi primer año en la facultad de Leyes, en la inicial clase, Introducción al Derecho, estábamos los estudiantes sentados al entrar el profesor al aula, de muy mal talante. Lo primero que hizo, sin siquiera saludar, fue preguntarle el nombre a un alumno que estaba sentado en primera fila:
-¿Cómo te llamas? -Me llamo Juan, señor, respondió. -¡Vete de mi clase y no vuelvas nunca más! Vociferó el desagradable catedrático. El estudiante, desconcertado, se levantó torpemente, recogió sus objetos y salió del aula. Todos estábamos asustados y enojados, pero nadie protestó. El maestro era un hombre mayor, pero se le veía imponente. Nosotros, excepto pocos de más edad, éramos jóvenes casi adolescentes, recién egresados de la secundaria.
-Está bien. ¡Ahora sí! Comencemos con la clase, anunció el catedrático y lanzó la pregunta: -¿Para qué sirven las leyes? Seguíamos asustados; pero paulatinamente comenzamos a responder a la interrogante. –Para que haya orden en nuestra sociedad, dijo alguien. -¡No!, replicó el profesor. -Para cumplirlas –intervino otro alumno. -¡No! -Para que la gente mala pague con sus actos, comentó otro. -¡No! ¡Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta! exclamó el profesor.
-Para que haya justicia, se atrevió a decir tímidamente una chica. –¡Por fin! Eso es, para que haya justicia –repuso el maestro. -Y ahora, ¿para qué sirve la justicia? Todos dimos muestras de estar molestos por esa conducta tan grosera. Sin embargo, seguíamos respondiendo. –Para salvaguardar los derechos de los individuos.-Bien ¿qué más? volvió a preguntar el jurista.
-Para distinguir lo que está bien de lo que está mal –Sigue, insistió el profesor. -Para premiar al que hace el bien. –De acuerdo. Ahora –enfatizó-, respondan ¿Actué correctamente al expulsar de la clase a Juan?. Todos nos quedamos callados.-Quiero una respuesta fuerte, decidida y unánime, exigió el catedrático. -¡Noooo!, dijimos todos a la vez – ¿Podría decirse que cometí una injusticia? -¡Síiii!
–Entonces –agregó- ¿Por qué nadie hizo algo para defender a Juan? ¡Ni siquiera el propio Juan, el afectado! ¡¿Para qué queremos leyes y reglas si no disponemos de la valentía para llevarlas a la práctica?! Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar ante la presencia de la injusticia. Todos ustedes ¡no vuelvan a quedarse callados nunca más! ¡No pierdan su dignidad!
Pidió por favor que fueran a traer a Juan, con quien se disculpó.
(El ciudadano Romualdo Tishudo reflexiona: -Si todos los guatemaltecos defendiéramos nuestros derechos y nuestra dignidad frente a la cínica casta política y nos enfrentáramos a los funcionarios corruptos, coludidos con la plutocracia codiciosa y la arrogancia del militarismo autoritario, otra sería nuestra realidad).