«La torre del Reformador es un bibelot -lo dijo Manuel José Arce. Es una torre Eiffel chaparra, hecha a la medida de nuestro provincialismo; es un esqueleto negro, a caballo de nuestra miseria, ¡a dos cuadras de la Terminal, precisamente! A dos cuadras del putrílago, sin arco del triunfo, sin plaza de la estrella, sin tener ni siquiera un su napoleoncito criollo».
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La anterior frase la extraje de la novela «Después del tango vienen los moros» de Luis Alfredo Arango, novela de los 80 que aborda el choque entre el ayer y el hoy de Guatemala, especialmente de la ciudad capital.
Lo cito porque me llamó la atención la frase sobre la Torre del Reformador, un verdadero signo de provincianismo nuestro, en donde toda la vida nos hemos quedado con la boca abierta ante el esplendor extranjero, pero poco hacia lo nuestro.
Y es que, hace algunos días, pude observar (desde la tele, por supuesto) la primera «alfombra roja» realizada en Guatemala, debido a que se lanzó oficialmente (porque ya tenía tiempo de circular) la revista «TvyNovelas-Centroamérica», una emulación del tabloide mexicano.
Me pareció risible, incluso al punto del enojo, que nuestras estrellas faranduleras sean los presentadores de los noticieros, de los programas para señoras de la mañana (que las señoras no miran porque están haciendo el oficio), los gorditos locutores de los partidos de futbol, y chefs de cocina internacional especializados en rellenitos y café de olla.
El querer emular la cultura de otros países, tal como La Torre Eiffel o la farándula, nos hace lucir ridículos. Siempre detrás del glamour internacional, oliendo la retaguardia, sin voltear a ver a lo nuestro.
Tampoco hablo del Himno Nacional cantado en versión gospel gringo, que buscaba emular al himno estadounidense, para provocar que en los estadios la gente aplaudiera de orgullo; ni siquiera -quiero decir- del Himno entonado en marcha chafarotesca, moda traída de Europa en los tiempos que se compuso la música… Siempre detrás.
En la alfombra roja de TvyNovelas, Carlos Peña (o nuestro Carlitos Peña, como dicen algunos) se presentó luciendo pasado de kilos, con la cara demacrada (¿por mucho trabajo? ¿por muchas alfombras rojas con cocteles?) después de vender un disco que buscaba rematar el engaño de mercadeo que un canal de televisión nos quiso hacer creer. Con poco jugo aún por sacarse, se paseaba como la estrella mayor, creyéndose un Jon Secada en potencia, sobre nuestra alfombra roja centroamericana.
Por cierto, la revista TvyNovelas-Centroamérica fue lanzada para Centroamérica, ¿sabía? Porque a la hora de unir fuerzas políticas, artísticas, deportivas, etc., el Istmo se dividió desde que España nos soltó la mano, separación propiciada por los caudillos regionales. Pero a la hora de vendernos al mercado, ahí sí, estamos integrados centroamericanamente; para TLC y para Acuerdos de Asociación, para esos menesteres agachamos la cabeza y nos tomamos de la mano como cinco hermanitos (siete, si se suman Panamá y República Dominicana; cuatro, si Costa Rica se hace para atrás).
El mercado nos ha pegado duro; nos ha obligado a consumir farandulería extranjera, mezclada con la vida y obra de una presentadora de televisión nacional, y la casa de un futbolista que tiene tres meses de no recibir pago alguno por jugar en un equipo guatemalteco.
Nos siguen imponiendo las construcciones de torres Eiffel enanas, y no sobre una avenida llena de tráfico, sino sobre nuestra identidad. Seguimos creyendo que Guatemala debería integrarse globalmente dejando nuestra identidad, y adoptando valores de mercado universal. Nuestras estructuras mentales lucen aldeanas (y lucrativas) en el mercado global.