¡Albricias!, ya casi se van


Ya casi, ya casi llegamos al final de este gobierno. Pronto, finalmente, se irán el Presidente y los demás funcionarios a descansar (tanto trabajo que han desempeñado) y a dedicarse a sus quehaceres favoritos: la finquita, las consultorí­as y los trabajos ocasionales que Dios en su infinita misericordia quiera ofrecerles. Ya dejaremos de verlos en los medios de comunicación y dejarán de vivir a expensas del erario público. Dios bendice a Guatemala cada cuatro años.

Eduardo Blandón

Eso sí­, pronto los veremos de profetas en algún medio escrito. Ya los tendremos criticando al futuro gobierno, sugiriendo ideas e indicando el mejor camino frente a cada dificultad. «Nosotros iniciamos esos esfuerzos, dirán, pero le toca al nuevo gobierno, si no quiere equivocar la senda, continuar con lo que hicimos». En poco tiempo estarán indicando las metas que tienen que alcanzar los nuevos polí­ticos: la lucha contra el narcotráfico, la estricta disciplina en el manejo de los fondos, la amenaza de la violencia, el cáncer de la impunidad y la importancia que tiene la inversión en educación y salud. Súbitamente se convertirán los polí­ticos salientes en profetas del nuevo siglo.

Lo malo está en que cuando han gobernado no han hecho mayor cosa. Han pasado cuatro años ejerciendo el poder polí­tico desde donde pudieron hacer cosas importantes, pero no han hecho casi nada (o nada, si uno quisiera ser radical). Claro, es más fácil escribir columnas de opinión desde la comodidad del hogar (como lo hacemos los columnistas) que ensuciarse las manos, poner la cara y emprender acciones concretas para cambiar las cosas. Los polí­ticos salientes tuvieron su oportunidad de cambiar el mundo, nuestro mundo, Guatemala, pero dejaron escapar las posibilidades.

No faltará gente que diga, para suerte de los que ahora se van, que al menos en este gobierno no se ha robado. Lo dicen con cierto escepticismo, sabiendo que eso de «no se ha robado» quiere decir «no tanto como en los anteriores gobiernos». «Quizá ha habido despilfarro, dicen sotto voce, tráfico de influencia, malversación de fondos, pagos dobles, viajes gratis o salarios fantasmas, pero eso es lo ’normal’. Parece que no han sido tan voraces». A los guatemaltecos nos ha ido tan mal que nos conformamos con que los muchachos al menos dejen los inodoros en las instituciones públicas.

Tanta indulgencia no deberí­a existir en un mundo en donde se habla tanto de eficiencia, eficacia y éxito. ¿Estarí­a contenta una empresa con un administrador que «al menos no ha robado»? ¿Cómo se sentirí­an los dueños del capital frente a un administrador que «al menos dejó construida una cafeterí­a» (eso es lo que ha hecho este gobierno en términos generales en cuatro años)? ¿Cómo puede ser exitoso un administrador cuando su empresa es uno de los lugares más inseguros del mundo y no ha hecho nada para mejorar las cosas? Es evidente, que el examen de este gobierno es de reprobado.

Los que se van están tristes, no tanto porque su trabajo haya quedado inconcluso o por los «pecados de omisión», sino porque dejarán de figurar, ya nadie los buscará para entrevistarlos, su opinión será una más y su capacidad de ejercicio del poder será cosa del pasado. Es muy triste ser un Eduardo más o un í“scar común y corriente. ¿Entonces qué se puede hacer? Convertirse en «analista polí­tico», tratar de continuar teniendo presencia y jugando a profetas.

Hay algunos que no soportan tanta desdicha y, entonces, se preparan con ánimo para volver a gobernar o tener un puesto importante en otro gobierno. Desafortunadamente algunos tienen suerte y ahí­ están desde hace mucho tiempo, si no mire a don Efraí­n Rí­os y a ílvaro Arzú.